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Aunque soy porteño, nacido en Puente Alsina, me ha tocado vivir parte de mi vida en algunos pueblos chicos: La Banda (Santiago), Fisherton (Rosario) y Arroyo Seco. A la hermosura y variedad de sus paisajes hay que agregarles la belleza de su gente que, aunque humilde, tiene el sentido de la hospitalidad y la nobleza de un conde ruso. Caes de improviso a la hora de comer y te ponen en la mesa lo que tienen para el día siguiente. Increíble. Pero la anécdota que más me quedó grabada en el recuerdo se refiere a Buenos Aires y ocurrió en un día muy especial. Yo la estaba pasando en casa de mi hermana, cuando mi cuñado -que es fanático de Boca- nos invitó a ver la final con River en la cancha de Independiente. Era un partido nocturno, termino tardé y ganó Boca. De pronto, una multitud (inmensa) cubrió la avenida Montes de Oca, de vereda a vereda, marchando en manifestación hacia la Boca, a festejar. Nuestro auto era una desventaja y para cuando llegamos a la Boca los boliches estaban todos cerrados con llave, llenos de punta a punta con gente cantando, bailando, comiendo y bebiendo. Algunos afortunados habían alcanzado a manotear alguna pizza y la comían sentados en la vereda. Nosotros habíamos comido algo temprano y ya teníamos el estómago pegado a la espalda. Hasta mi cuñado se había olvidado de Boca. Anduvimos dando vueltas por el sur, pero todo era igual, hasta que en una esquina de San Telmo, detrás de una vidriera empañada, vimos unas mesitas y el reflejo rojo de unas botellas de vino. Parecía haber gente adentro y cuando probamos la puerta, ésta estaba abierta. ¡Albricias! Adentro había unos viejitos tomando vino, dos guitarras y un bandoneón. Por encima de nuestro hambre flotaban las notas de “A la gran muñeca”. Tocaban muy bien y la audiencia parecía estar en éxtasis. Antes de llegar al mostrador estábamos gritando: ¡pronto tres sándwiches, o lo que sea!. El mozo nos miró esbozando una sonrisa de compasión y dijo: “acá, lo único que hay es vino y tango”. Nos tomamos un vaso de vino, que nos cayó como una patada en la nuca y salimos frustrados, a seguir dando vueltas. Eran las dos de la mañana y había comenzado a llover; de pronto, al entrar en una calle muy angostita, vimos reflejada en el agua que bañaba el parabrisas una luz que parecía ir atenuándose, ¡Pizzeria! grito mi cuñado, y dando una vuelta al mejor estilo Fangio, apareció estacionado en un solo movimiento, con dos ruedas sobre la vereda. Corrimos hasta el local, chiquito como una caja de fósforos, en donde un flaco bigotudo, con cara de cansado, estaba bajando la cortina metálica. ¡Necesitamos algo de comer! dijo mi cuñado Héctor. El pizzero (Emilio) movió la cabeza y dijo: “Ya terminé el día, y fue muy largo”; mi hermana lo interrumpió con su voz más compungida: “pero hace 14 horas que no comemos nada”. El flaco largó un suspiro y dijo: “Pasen, cuidado con la cabeza”. Metió dos pizzas grandes en el horno y trajo cuatro botellas de vino. Después de devorarlas y absorber el vino como esponjas, con el estómago relajado, vinieron algunos chistes y cuentos, y la hora de irnos. Debía ser la hora de aclarar, aunque no lo podía determinar por los nubarrones. Héctor, decidido a dar un ejemplo generoso, peló la billetera, pero el flaco puso la mano por delante y movió la cabeza. “Esto es en nombre de la casa”, dijo y agregó: “Igual tenía que cocinar algo para mí”. Al despedirnos nos abrazamos como amigos que se conocían de toda la vida, y nos fuimos. Ya en la calle, esquivando algunas baldosas flojas, rumbo hacia el auto, con la cabeza gacha y las solapas levantadas para protegernos de la lluvia, mi cuñado levantó la cabeza y pegó un grito con toda su voz: “Solamente en Buenos Aires, hermano, solamente en Buenos Aires” Ø
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