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Comunicar es la posibilidad de hacer referencia a posiciones, a fondos éticos, a principios. Posibilidad de la palabra, de la lengua, de comprometernos con lo que pensamos, con lo que somos. Hoy, época más mediática, la lengua es lo que sentimos como un infinito ruido que nos aturde. ¿Hoy quién da su palabra como pacto de cumplimiento? Guardamos en la memoria que la palabra para nuestros abuelos significaba que lo dicho iba a ser. El lenguaje es hoy una instrumentación de significados divorciados de la realidad, palabras que languidecen de desconfianza.
Lo visible se transformó en simulacros en manos de comunicadores profesionales. Pero hemos dedicado mucho tiempo y esfuerzo en denunciar el pensamiento único, más falso que lo falso, y poco a rescatar la palabra comprometida entre la montaña de escombros que es hoy. El relato de una sociedad que vuelva a encontrar caminos de solidaridad y proyectos colectivos, está más en manos de poetas y literatos, que del discurso político. Como se sabe, la libertad de expresarse la da el poder adquisitivo, y los mass media hacen su negocio con la palabra y con el silencio. Para entrar en ese negocio deberíamos callar frente al saqueo y a la traición de los mejores logros de la lucha de nuestro pueblo, como por ejemplo, la reforma constitucional de 1949, y en especial su Artículo 40. Cuando no pueden negarnos del todo, nos etiquetan descalificándonos como nostálgicos de tiempos superados. A riesgo de generalizar, la población de los grandes centros urbanos como Buenos Aires, tiene instalada una visión que llega hasta la punta de su nariz. Es así que la inseguridad es un problema que generan los delincuentes a la salida de sus casas, o la catástrofe ambiental es la escasez de agua para ducharse. En los medios de comunicación ya no hay clase trabajadora y desocupados, sino “vecinos” con mala o buena gestión de funcionarios, candidatos, políticos reciclados. Entre Gran Cuñado y la escena montada de “nosotros o el caos”, no hay mucha diferencia. Las dos tienen la teatralidad que deja a sus espectadores “entretenidos” con la comicidad burlona, o boqueando falsas opciones entre el neoliberalismo y el progresismo. La posición del neoliberalismo es muy conocida, no sólo intelectualmente sino también sufrida en nuestra carne por sus consecuencias de desempleo y pobreza y por el encumbramiento de un pequeño sector privilegiado de la sociedad. No sucede lo mismo con el progresismo. En su nombre se han dicho y hecho construcciones políticas que han renovado frustraciones y desencantos de amplios sectores populares. La intervención del Estado no conduce necesariamente a un Estado de Bienestar. En este sentido, es falso que el modelo kirchnerista sacó al país del modelo neoliberal, pues la matriz económica sigue siendo la misma. La intervención del Estado en el modelo Kirchnerista es básicamente el de darse una política cambiaria del tipo de dólar alto, en un contexto internacional donde los precios de los productos primarios tuvieron una suba espectacular. La devaluación de la moneda no garantiza competitividad en el mercado internacional, y depende de sus momentos de bonanza. De hecho, Brasil, con una moneda sobrevaluada, tuvo proporcionalmente un crecimiento en el sector exportador infinitamente mayor que la Argentina. La devaluación es reconocer el menor valor del trabajo local, de manera que mal se puede hablar de una expansión o crecimiento de la economía real. Como la devaluación crea inflación, el gobierno interviene, subsidios mediante, destapando un agujero para tapar otro. Así, el problema de los precios de la canasta familiar se traslada a las finanzas estatales. Por eso es tan importante hacer caja, entre otras cosas, con las retenciones. De otro modo sería, como ellos dicen, que un bife de lomo costaría una fortuna para cualquier familia. La intervención del Estado no es en sí misma una palanca de cambio. Con la devaluación, que este gobierno sigue sosteniendo, se transfiere riqueza de la masa de asalariados a los sectores concentrados de la economía. A pesar de ello hemos visto un avance importante en el mercado laboral y en la dinámica general de la economía. Es necesario definir con precisión qué tipo de intervención se debe operar para hablar de un cambio de modelo. En nuestra historia, en la década del 45 al 55, la intervención del Estado recayó sobre la capacidad productiva del capital y eso sí fue, vía inversión estatal, un salto cualitativo, que tuvo como consecuencia la expansión de la infraestructura y una distribución de la riqueza nunca más igualada. Aumentar la capacidad productiva es abaratar la fuerza de trabajo y no reducir salarios vía devaluación, ya que los alimentos, la vivienda, la vestimenta o el transporte se hacen más baratos porque opera en esos sectores una revolución tecnológica que reduce la cantidad de trabajo necesario para producirlos. El cambio sería saltar los límites históricos de la Argentina que asienta su economía sobre una sola rama con capacidad competitiva, a saber, el agro, y pasar vía revolución tecnológica, a una productividad del capital amplia y diversificada. Esto no garantiza en sí mismo la distribución del ingreso, pero sí se contaría con una masa de riqueza que con voluntad y proyecto político mediante, solucionaría los problemas más acuciantes de pobreza y marginalidad. Para poder hacer una economía planificada acorde a las necesidades reales de nuestro pueblo, es imprescindible un Estado soberano sobre la renta de nuestros recursos naturales, así como del comercio exterior y el sistema financiero. En este escenario, donde el Estado recupera de las manos del mercado la decisión política, es posible un verdadero debate sobre el rumbo que debería tomar el país para lograr una sociedad más justa. Por eso decimos que hoy no se debaten modelos antagónicos entre el neoliberalismo, que expulsa trabajadores destruyendo parte del aparato productivo de los capitales sobrantes, y el modelo kirchnerista que cambia salarios por ocupación. Un proyecto político, que se eleve por encima de la lucha entre facciones de la burguesía rentista y parasitaria debe tener, como piedra basal, la recuperación de esta decisión soberana del Estado, llevada adelante por quienes no tienen intereses ligados a esas facciones y que por el contrario han padecido sus políticas enanas. No hay sufrimiento que nuestro pueblo no haya padecido. Tampoco hay discurso político mentiroso que no haya escuchado, así como han sido silenciadas y difamadas las voces que el pueblo ha reconocido como propias. Quizás hoy han encontrado otras armas, tanto o más eficaces que las de la pólvora, en los discursos y toda la parafernalia de la comunicación. Batalla al fin con miles de desaparecidos sociales y de los otros, con miedos y desconfianza en nuestros huesos, estilos de vida individualista-hedonista, asesinos de sueños que, a pesar de todo, insisten en nuestra memoria, como los de Alem, Yrigoyen, Mosconi, Lisandro de la Torre, Perón, Evita y tantos miles de otros que entregaron lo mejor de sí mismos para unirse en el anhelo del bienestar común.© |