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Glorias del deporte argentino: “El Loco” Gatti Imprimir E-Mail
lunes, 01 de diciembre de 2008

Hugo Orlando Gatti, conocido y apodado por sus seguidores, como el “Loco”, nació el 19 de agosto de 1944 en la ciudad de Carlos Tejedor (Provincia de Buenos Aires), Argentina. Hugo era el menor de cuatro hermanos. Comenzó su carrera futbolística allá por los primeros años de la década de los 60 en el Club Atlanta, en donde jugó 38 partidos, para pasar luego a integrar el plantel del Club Atlético River Plate, defendiendo la valla en 90 encuentros; de allí a Gimnasia y Esgrima de La Plata, cuidando el arco en 224 oportunidades, a Unión de Santa Fe, donde jugó 45 partidos, y por último, con una importante actuación en el arco del Club Atlético Boca Júniors desde 1976 hasta 1988. El Loco Gatti decía que él no era arquero, sino un jugador que podía usar las manos. Lo suyo siempre fue diferente a lo común de la época. Descarado en sus declaraciones, extravagante e irrepetible, Gatti podía gustar más o menos, pero no dejaba indiferente a nadie.

 

Personaje único, irrumpió en la escena del fútbol argentino en 1962, con 18 años, jugando, como ya hemos dicho, en Atlanta, un equipo chico de Buenos Aires, pero gran animador, en aquellos tiempos, de la Primera División Argentina. Sus buenas actuaciones hicieron que nada menos que River Plate, uno de los grandes del fútbol local, lo contratase para el campeonato de 1964. Tenía apenas 20 años, y en los millonarios defendía el arco, desde 1945, el legendario Amadeo Carrizo, integrante de aquel equipo glorioso de los años 40 y 50 llamado “La máquina”. Pero Hugo Orlando Gatti no se achicaba y reclamaba, irreverentemente, la titularidad. Desplazar a un ídolo como Carrizo no era tarea fácil para nadie; menos aún para un chico de 20 años con aspecto de Beatle antisistema, que seguía la nuevas olas de la época. Gatti aún no era conocido como el Loco, cuando viajó a Inglaterra y fue tercer arquero en el Mundial 66. Aunque no disputó ni un solo minuto, esta experiencia le sirvió para madurar y para “ver mundo”. Siguió defendiendo el arco millonario hasta 1969, cuando pasó a Gimnasia y Esgrima de La Plata. Allí vivió grandes momentos, aunque lo mejor estaba por llegar. Con 31 años, el mítico Toto Lorenzo lo lleva a Unión de Santa Fe en 1975. Con los santafecinos, Gatti juega una gran temporada que lo catapulta a Boca Juniors. En 1976, el Toto Lorenzo, ficha por Boca. Este traspaso viene acompañado de otra operación, básica para que Lorenzo accediera a firmar por los xeneizes: Gatti iba a ser el arquero de Boca. Allí, en la Bombonera, escribiría Gatti su mejor historia. Pero el Loco ya había tenido un primer amor con la hinchada de Boca, unas cuantas temporadas atrás. Una tarde de fútbol en Buenos Aires, Gatti se enfrentaba con su equipo a Boca Juniors, cuando, de repente, de la tribuna cae una escoba que cayó cerca de él, pudiéndole haber causado un fuerte daño. Gatti, genio y figura, lejos de enojarse por este vil acto de la hinchada, se puso a barrer el área, ganándose la ovación y el romance de los xeneizes para el resto de sus días. Esta anécdota supuso el inicio de una fructífera relación jugador-afición. La idolatría definitiva se consumó pronto: Boca, incapaz de adjudicarse el máximo trofeo continental hasta entonces, disputaba la final de la Copa Libertadores de 1977 frente al Cruzeiro brasileño. Tras dos disputados partidos, en los que los equipos locales se impusieron por 1-0, Boca Juniors y Cruzeiro tuvieron que medirse en un tercer partido de desempate, en el neutral estadio Centenario de Montevideo. Durante el partido, las defensas se impusieron a los ataques y el juego fue languideciendo hasta los temibles penales. Los lanzamientos se fueron consiguiendo hasta el último disparo brasileño. Bajo tensión, con toda la ilusión de una hinchada detrás, el Loco Gatti detuvo el disparo final de Vanderley, que suponía la primera victoria de Boca en una final de la Copa Libertadores. Esta atajada no fue la única que Gatti realizó en lanzamientos de penal. Sin duda, la disciplina de los once metros fue una de las grandes especialidades del Loco: paró 26 a lo largo de su extensa trayectoria, y se mantiene, junto a su adversario, Ubaldo Fillol, en lo más alto de la tabla de guardametas argentinos ataja-penales de todos los tiempos.

Aunque idolatrado, fue un arquero discutido por su estilo audaz: su objetivo era tratar de anticiparse. Participaba bien con los pies, salía mucho del área e intuía correctamente la jugada, en la mayoría de los casos. Era un líbero que, de vez en cuando, se situaba bajo los palos. Los momentos previos al Mundial 78 tuvieron una relevancia muy destacada en la carrera de Gatti. Por el país planeaba la gran discusión sobre quién debería defender el arco albiceleste en el Mundial en el que Argentina actuaba como local: ¿Gatti o Fillol? Por supuesto, el Loco no se quedaba callado: “Yo soy el mejor arquero del mundo. Fillol es un arquero de arco, con problemas para salir del mismo. Yo vivo el partido, soy un jugador más, salgo a cortar jugadas fuera del área. Yo me anticipo a lo que va a suceder, por lo tanto soy prácticamente imbatible”. El técnico argentino César Menotti había elegido al Loco, pero unos meses antes del Mundial, una inoportuna lesión en la rodilla hizo que Gatti tuviera que renunciar, con lo que cedió los tres palos a Fillol, a la postre, campeón del mundo 78.Cuando Gatti acertaba era un placer verlo jugar. Para el Loco, el espectáculo era todo, él salía al campo a hacer disfrutar al público, respondiendo a sus aplausos con jugadas inverosímiles para un guardameta. Su gran ídolo era Cassius Clay, el genial boxeador norteamericano, otro showman como él. En 1981, llegó Maradona a Boca. Para entonces, Gatti ya era dueño y señor del arco xeneize y Boca era un equipo sólido, que con Maradona creció aún más. “Con Diego adelante y yo en el arco, tenemos que jugar los partidos en dos estadios”, aseguró el peculiar guardameta. Puede que sus palabras fueran más o menos exageradas, pero Boca Juniors salió campeón esa temporada.
Gatti pisó, oficialmente, la última cancha de fútbol el 11 de septiembre de 1988, cuando el técnico Pastoriza puso punto final a más de 25 años de titularidad ininterrumpida, apostando por el recién llegado “Mono” Navarro Montoya. La decisión levantó una gran polémica, pero fue definitiva. Gatti se resistió al retiro e intentó buscar oportunidades en otros clubes, oportunidades que nunca llegaron. En los años 90’ se le acabó organizando un partido de homenaje. Curiosamente no fue en la Bombonera, sino en la cancha de Vélez, por sus persistentes divergencias con la directiva de Boca. Diez años después de su retiro, Gatti tuvo su deseado homenaje xeneize. Participó como arquero de Boca en los festejos por la adjudicación del Torneo Apertura 1998 en La Bombonera. Su peculiar e inconfundible estilo provenía de la escuela de un portero llamado Néstor Errea y también del propio Carrizo, a quién consideraba uno de sus maestros, a pesar de las continuas polémicas que tuvo durante su época riverplatense. ©

 
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