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Escrito por Carlos Dobler
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lunes, 01 de diciembre de 2008 |
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La carne de cordero es un emblema de la Patagonia que debe sus primeros ejemplares y su cría a escala comercial a la inmigración inglesa y galesa establecida en la región. Las ovejas del sur de nuestro país son de antología, alimentadas de forma natural con los duros pastos patagónicos y sin granos especiales. Su carne es tan deliciosa que puede reemplazar a la vacuna en cualquier preparación; de hecho, hay quienes dicen que en las estancias fueguinas, no se come otra cosa. En el mercado nacional argentino cuesta encontrar ejemplares de la calidad de los que se exportan igual sucede aquí en California, donde se consigue el australiano de exportación, pero que le falta mucho para alcanzar la calidad del argentino.
Una vez que usted consigue su ejemplar, vale la pena hacer el intento. Se verá premiado con una carne tierna y profunda, que no necesita más que abundante sal y un parrillero con tiempo y paciencia, porque una vez ensartado en la cruz, necesitará darle de 3 a 4 horas frente a las llamas, mientras usted se ocupa de entretener a los comensales con truco, bochas, un picadito de fútbol, etc. Lo primero será retirarle la cabeza al animal y abrirlo al medio con un corte que vaya desde el recto hasta el cuello. Luego haga presión en el lomo para aplanarlo y después hay que atarlo a la cruz con alambre, para que durante la cocción, no se deslice y termine tristemente de cola en la tierra. Recuerde salarlo con generosidad, especialmente en la cavidad ventral. Clave la cruz a la tierra con la costilla de cara al fuego, como ya se dijo, y ocúpese de que el fuego sea intenso y constante. Una vez que se cocina la costilla, debe darlo vuelta para que se cocine el lomo. Ganará los aplausos en buena ley (no por costumbre, lástima o cortesía) si el cordero llega a la mesa caliente y crocante. Puede servir este plato con una ensalada verde fresca, con un buen pan crocante y con un vino de reserva de sabor íntegro, potente y equilibrado. © |