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Kyoto y los Estados Unidos Cuando la Democracia no importa Imprimir E-Mail
Escrito por Walter Kaderabek   
martes, 29 de noviembre de 2005
¿Quién y cómo evalúa si la posición de un gobierno o la actitud de una diplomacia es repudiable? La condena de la opinión pública, si va acompañada de pronunciamientos oficiales de las potencias mundiales, genera una presión muy superior a la que puede ejercer la prensa a través de opiniones fragmentadas. Pero, como se dice habitualmente, el hilo se corta por lo más fino.
En el siglo XXI cada uno hace lo que quiere, sin que las Naciones Unidas sea un organismo de peso real para exigir el acatamiento de medidas que nacen del conjunto de sus integrantes.
Firmado por gobiernos de 141 países, el Protocolo de Kyoto (el tratado de medio ambiental más ambicioso del mundo, hito histórico para la humanidad) entró en vigencia el pasado 16 de febrero. Entre los países firmantes se encuentran naciones industrializadas como Japón, Francia y España que se comprometen a reducir paulatinamente su emisión de gases contaminantes año tras año.
El ministro de Salud y Ambiente de Argentina, Ginés González García, presidió el acto de la firma del acuerdo multilateral -culminación de una serie de negociaciones que se iniciaron en 1992 durante la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro- para lograr mantener estabilizadas las concentraciones de gases que producen el efecto invernadero a un nivel compatible con el desarrollo sustentable, la producción de alimentos y la preservación de los ecosistemas.
No firmaron el protocolo los siguientes: Australia, Croacia, Egipto, Indonesia, Lietchtestein, Mónaco, Estados Unidos y Kazakhstan. Juntos, Australia y Estados Unidos generan el 36% de los Gases Invernadero (GEI) que producen las naciones industrializadas. Hasta Rusia, que emite el 17,4 %, se adhirió al acuerdo mundial para cumplir los objetivos planteados.
Klaus Toepfer, Director del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) sostuvo; "las metas son para los países desarrollados, no para las empresas. Creemos que se trata de una obligación moral, de conciencia sobre el desastre hacia el que marcha el planeta". Evidentemente los países que no firmaron no comparten tal visión. Es más, la Secretaria de Estado norteamericana, Condolezza Rice, afirmó hace pocos días ante la prensa alemana que dicho tratado "es muy dañino y negativo para la economía estadounidense. No es parte de nuestro futuro"
Cómo se generó el consenso
El Protocolo de Kyoto tardó en entrar en vigencia debido a que para aprobarlo se necesitaba -como mínimo- el respaldo de 55 países de los que figuran como contaminantes (55% del total de emisores de gases). La firma de Rusia, hacia fines del año pasado, sepultó la especulación de los Estados Unidos de que el proyecto fracasaría. La prepotencia del gobierno estadounidense se refleja claramente en su negativa a firmar y cumplir los objetivos planteados por la mayoría de los países; una mayoría democrática que no condena ni sanciona, pero que debería. Además, la Casa Blanca ha ignorado la cuestión en su agenda oficial, por lo menos como tema de tratamiento prioritario, independientemente de que su visión sea diferente al resto de los gobiernos. Ni siquiera ocupa un centímetro de la mente de los pesos pesados del gabinete de Bush.
Una cuestión de soberbia
Si para los estadounidenses el problema es la economía, o mejor dicho, su economía, ahí es donde hay que apuntarles con sanciones económicas para quienes no cumplan el Protocolo de Kyoto, con restricciones en el ingreso a mercados y grandes transacciones financieras, como hace ya tiempo implementa el Congreso de los Estados Unidos con Cuba y otros países por razones de terrorismo, totalitarismo o la que considere adecuada, siempre de forma soberbia y unilateral.
La sanciones educan, promueven el compromiso y equiparan desigualdades económicas, pero por sobre todas las cosas duelen en el bolsillo de los soberbios.
Conviene recordar: la democracia es la voluntad de la mayoría acatada por el resto, tras el consenso general en un determinado tema.
Bush le pide "democracia" a Chávez en Venezuela o a Castro en Cuba, pero a la hora de la verdad es él (su país) quien se niega a participar de un proceso democrático real en un tema específico como lo es el medio ambiente. Vergonzoso, porque además, la misma ciudadanía lo respalda con su voto, lo cual genera aún más abismos en la perspectiva futura de la comunidad internacional. Θ
 
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