|
Este artículo fue provocado por un seudo historiador que estuvo en un programa de televisión pública, un estadounidense que pretendía explicar la idiosincrasia del gaucho argentino. La premisa expuesta ya la había escuchado yo antes, aún en boca de algunos revisionistas argentinos.
La idea expuesta es la siguiente: El gaucho peleaba con facón porque era muy pobre para comprarse un revólver. Nada más lejos de la verdad. En primer lugar, para aquellos que no lo saben, vale recordar el origen de la palabra facón. Los andaluces cargaban cuchillo y lo llamaban faca. Como dice la canción: “Ojos verdes, verdes, como brillo de faca”. El gaucho hizo el arma más larga, puso una cruz en “s” en la empuñadura, casi una espada corta y la bautizó facón. Había facones de hoja de lima -José Hernández lo menciona, también- y estos eran los mejores, hechos con una espada rota. La lima, acero de alto carbón, tomaba un filo de navaja, pero podía quebrarse en un duelo. Las espadas eran forjadas con acero flexible, menos carbón en la costilla y alto carbón en el filo. Aunque el gaucho era pobre y nómada, se conchababa en menesteres de jinete, como la doma de potros y así ganaba su plata, que gastaba en ginebra y en arreos, ya que la comida era robada o gratis, matando alguna vaquita ajena. Los arreos incluían cabachones de plata en la brida, monedas de plata en su cintura y el facón. Había facones cuyo valor compraría media docena de revólveres. El gaucho peleaba con facón porque sostenía que matar de lejos es de cobardes. Los duelos en el Imperio Británico y sus colonias eran con pistolas. En cambio en España, Francia e Italia, la mayoría de los duelos eran cara a cara, con el acero desnudo. El Siglo 18 mostró el nacimiento de la esgrima como la conocemos hoy, el brazo más hábil con el arma hacia el frente junto con la pierna del mismo lado. Todavía había gente en Europa que ponía el brazo menos hábil, protegido por un guante, adelante de su pecho para ayudar a barajar los ataques. Ilustraciones de la época y descripciones literarias, muestran que así peleaba el gaucho; de allí la pose clásica y el poncho envuelto en el brazo por protección. Todo nos dice que el gaucho era un esgrimista, tal vez no supiera que los movimientos se llamaban “prime, seconde o riposte”, pero sus movimientos eran clásicos. Es más, se sugiere que los más hábiles, o que tenían una hoja más larga, desdeñaban el poncho y usaban el brazo menos hábil para balance o para empuje en la estocada a fondo, como hacen los esgrimistas modernos. Así me lo imagino y así lo pinté. El gaucho podía ser pendenciero, sobre todo si se sabía hábil y tenía un par de ginebras adentro. La entrada de un gaucho bravo a la pulpería era muy parecida a la del cowboy entrando al “saloon”, balanceando las caderas y con la sorna en los ojos y en los labios. Pero había una gran diferencia: la nobleza del gaucho. No existe ninguna documentación de que los pistoleros famosos le daban al oponente la chance de sacar primero. Eso es cosa de las películas. En realidad, la historia nos dice que Wild Bill Hickok fue baleado de atrás mientras jugaba al poker, Jesse James murió de un tiro en la espalda mientras colgaba un cuadro, propinado por un amigo que quería cobrar una recompensa, Billy The Kid fue acribillado al entrar a su dormitorio a oscuras, por su ex amigo, el sheriff Pat Garrett, quien lo esperaba en las sombras. ¿Alguna vez se preguntaron por qué el gaucho entraba a la pulpería con el rebenque colgado del facón, si el caballo estaba afuera? Cuando el matrero, que era un experto, se enfrentaba a un hombre torpe o un mocosito sin experiencia, en lugar de desenvainar agarraba el rebenque, que tenía un nudo en la lonja y finteaba a su enemigo dándole una paliza hasta encontrar un hueco para partirle la cabeza con el mango. Dice el tango “Mandria”, “Yo con el cabo de mi rebenque tengo de sobra para cobrarme”. El duelo criollo no desapareció con el gaucho, el pasto se arrimó al barro, el gaucho se puso saco y el facón se acortó y se convirtió en daga, fue de la cintura al bolsillo interno y apareció el rey tango. En los piringundines de Hansen y de Laura, una mujer podía ser la mecha, la chispa que encendiera un duelo criollo. Ahora la técnica era diferente, menos parecida a la esgrima, con la hoja más corta casi desaparecieron las paradas con la hoja. Con el saco o el lengue envueltos en el brazo débil, los duelistas se movían como gatos hacia ambos costados esquivando y buscando el descuido para penetrar la guardia y aplicar la puñalada en el plexo, hacía arriba buscando la aorta y el corazón. La elegancia había desaparecido, en parte, pero la nobleza criolla persistía. Cuando el malevo se consideraba muy superior a su oponente, hacía un movimiento que lo ponía en peligro pero cautivaba a la expectante audiencia. Cambiaba de paso y abría su guardia invitando la estocada. Cuando el adversario mordía el anzuelo, el guapo adelantaba un pie, giraba el torso para que la puñalada pasara de largo cerca de su pecho y por encima del brazo extendido pegaba un tajo en la mejilla, del pómulo hasta la boca, dejándolo marcado para siempre. El famoso barbijo del arrabal. Después vendrían tiempos diferentes, tiempos que Gardel describe como “coca y morfina”, con sus drogados y sus traficantes; estos sí tenían pistolas. Pero aquellos que no usaban gomina, no usaban armas de fuego tampoco. A los que adhieren a la teoría enunciada al principio, quisiera decirles que Juan Moreyra, la noche que fue asesinado, liquidó a una patrulla entera armada con carabinas y bayonetas, con su fiel facón de plata incrustado en oro, regalo del gobernador de la provincia, el mismo que lo vendió. Para que quede claro: el hombre guapo de nuestro pasado no prefirió el filo del acero sobre el plomo de las balas por razones económicas: fue una cuestión de nobleza gaucha. © |