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Si hubiera que sintetizar en un nombre quién representa por sí sólo el significado del fútbol en Argentina, seguramente el indicado sería Angel Amadeo Labruna. En él se reúnen el gran jugador e ídolo representativo de un club, el técnico surgido de la cancha, fuera de toda preparación académica y, fundamentalmente, el hincha.
Pintoresco, locuaz, con el lenguaje futbolero agrandado en la victoria, embroncado en la derrota, además de su pasión por las carreras de caballos, Labruna (Buenos Aires, 28 de septiembre de 1918- 20 de septiembre de 1983) respiró fútbol cada instante de su vida. Defendió la banda color sangre durante 21 años en primera división, en los que jugó 516 partidos. Es uno de los dos máximos goleadores en la historia del fútbol argentino: 293, récord que comparte con Arsenio Erico, de Independiente. Con 16 tantos, también es el mayor goleador en el súper clásico argentino. Ganó nueve campeonatos como jugador (1941, 42, 45, 47, 52, 53, 55, 56 y 57) y luego seis como técnico, entre 1975 y 1980. Integró la Máquina de River, por lo que los llamaban también “Los Caballeros de la Angustia”. Labruna se vio obligado a retirarse como jugador de River a los 41 años, tras 27 años en la institución y 21 en Primera. Fue en la Navidad de 1959. El hombre que así terminaba su campaña en el club de toda su vida, era aquél que entraba a la cancha evitando pisar la raya de cal y luego, al trote canchero, llegaba al área y, de rastrón, metía la pelota en el arco vacío, gesto que hacía delirar a la hinchada de River y morderse de odio a la tribuna contraria. Una cábala que le había aconsejado Renato Cesarini en épocas de sequía goleadora, un anuncio sobrador de los goles que vendrían después. Hay que hacer notar que casi toda su vida deportiva estuvo ligada a River. Cuando era aún un niño, todos los días recorría los escasos metros que separaban a la relojería de su padre, en Las Heras entre Bustamante y Pereyra Lucena, con los del club de su eterno cariño, en ese entonces ubicado en la Avenida Alvear y Tagle. Fue muy buen basquetbolista, práctica que alternaba con el fútbol, que finalmente lo acaparó para siempre. Pasó por todas las divisiones inferiores, hasta debutar en primera muy joven aún, en 1938. Fue frente a Estudiantes de La Plata y su equipo perdió 1 a O. Por coincidencia, River también cayó vencido en el último cotejo en el que jugó Labruna. Nada menos que 21 años después, en 1959, ante San Lorenzo, por 3 a O. A través del largo período, Labruna jugó 516 partidos en primera, en los que marcó 293 goles. En dos oportunidades fue el máximo goleador: en 1943, con 23 conquistas, y en 1945, con 25. Angel Labruna fue el entreala izquierdo de la famosa Máquina, uno de los mejores equipos de todos los tiempos. Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau, es una cita obligada cuando se quiere dar el ejemplo cabal de una delantera. Angel era el goleador y lucía condiciones innatas y genuinas: habilidad, pique, picardía. Cuando entraba en el área protegiendo la pelota con su cuerpo, en larga carrera, el gol era casi una consecuencia inevitable. Además tenía una cualidad técnica que no estaba en boga en sus tiempos: el desmarque continuo. Integró equipos campeones de River nada menos que en nueve oportunidades y fue miembro de la Selección Nacional en 36 partidos, en los cuales anotó 17 goles. Todo ello en una época en la que no era fácil destacarse, pues abundaban los jugadores talentosos en la mayoría de los equipos. Labruna fue llamado a integrar el seleccionado en el Mundial de Suecia a los 40 años. Después se alejó de River, pero jugó un par de temporadas más, hasta después de cumplir 43 años, en Rangers de Chile, Rampla Juniors de Montevideo y Platense. El Gran DT Cuando decidió su retiro, no permaneció ocioso en el fútbol. Tras un breve período se dedicó a la dirección técnica, como asesor en River. Se dedicó también a los negocios, pero nunca pudo prosperar. Lo traicionó su carácter, su bonomía y esa irrefrenable pasión por el fútbol. Como DT, Labruna fue campeón en primer término con Defensores de Belgrano, en la “B”. Después, clasificó finalista a Platense. También, bajo su dirección, fue campeón con Rosario Central y proyectó a Talleres de Córdoba al ámbito nacional. Asimismo dirigió a Racing, Lanús, Chacarita Juniors y Tigre. Pero su mayor mérito fue orientar nuevamente a River Plate hacia el título, tras 18 años de fracasos. Con Labruna volvieron los éxitos y se festejaron 6 campeonatos más. Además fue muy reconocido por los entendidos, por su capacidad para ver jugadores y formar equipos. Le bastaban pocos minutos y un par de maniobras para formarse una idea concreta sobre el jugador. Rara vez se equivocó. Cuentan que en una ocasión improvisó una cancha sobre el césped y con papelitos armó la táctica. Alguien le sacó uno y quedó con diez jugadores. Él, al no encontrarlo, tiró todos los papeles y gritó: “¡Juguemos como siempre!”. Cada vez que Angelito ingresaba al campo de juego de la Bombonera, se llevaba la mano a la nariz y la apretaba, en directa alusión al mal olor que sentía por estar en “territorio bostero”. De allí nació la costumbre de varios riverplatenses de llevar barbijos cada vez que van a ver a River de visitante frente a Boca. La ingratitud y esos resquemores propios de las empresas en tren del éxito, lo ralearon del club de sus amores. Una seguidilla de malos resultados en la Copa Libertadores provocó que, sin avisarle, el Club negociara con su amigo Di Stéfano. Relegado a una difusa tarea de manager-secretario técnico, Labruna vaciló en principio y después renunció. Se fue dejando en el plantel a un riojano que, años más tarde, lo emularía con sus bromas a los xeneizes y con grandes resultados como goleador y DT: Ramón Díaz. La sola mención de su nombre trae un recuerdo de un largo período del fútbol argentino. Pocos fueron tan grandes, y, probablemente, ninguno tuvo plena vigencia a través de tantos años. A sólo 9 días de cumplir 65 años, falleció de un infarto, el 19 de septiembre de 1983, en el sanatorio en el que estaba internado por una afección vesicular. Le habían dado el alta y, mientras se retiraba del hospital, caminando, se desplomó en los brazos de otro grande, el Pato Fillol. Labruna fue casi siempre una persona controvertida. De carácter combativo, polémico, sostuvo ideas firmes e inflexibles, así como también profundos amores o exacerbados enfrentamientos. Por eso, en torno a él se discutió mucho, y no siempre se logró un acuerdo fácil. Sin embargo, pocos podrán negar sus amplísimos conocimientos sobre el fútbol, puestos de manifiesto en innumerables ocasiones como jugador y como DT. “Angelito, el Artillero, o el Feo”; varios apodos para un mismo gran ídolo del fútbol argentino. © |