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Si nos referimos, no desde el punto de vista cronológico, sino por la transformación social y los éxitos deportivos, debemos decir que el tenis argentino, como deporte, comenzó en 1974 con la irrupción de Guillermo Vilas.
Este muchacho que llegó desde Mar del Plata hizo las veces de colonizador. Fue un adelantado. Instalado en una elite de clubes exclusivos y vestido de blanco, descubrió algo que ya existía para convertirlo en multitudinario, masivo, popular. Esto lo hizo realidad a base de esfuerzo, triunfos y carisma. Con sólo quince años, Guillermo desembarcó en Buenos Aires para empezar a escribir la historia grande de esta disciplina en nuestro país. El escribano Juan José Vásquez, ex presidente de la Asociación Argentina de Tenis, fue una especie de “padrino” en la gran ciudad. Cada viernes, a la salida del colegio, Maruxa (su madre), lo depositaba en el micro que arribaba a las 20 a la Capital. Allí lo esperaba Vásquez que lo alojaba en su casa y le daba de comer. Los sábados y los domingos entrenaba. La hora de competir Los momentos de gloria llegaron en 1967. Se realizaba una nueva versión del campeonato sudamericano, en Santiago de Chile. Designado para el equipo de juveniles estaba Enrique Huss, pero se enfermó. El único que se encontraba a mano era “ese que venía de Mar del Plata”, y lo integraron al conjunto. Vilas jugó el dobles y fue su carta de presentación para que Federico “Pico” Barboza, hombre del Buenos Aires Lawn Tennis Club, lo incorpore a su institución. En diciembre de la misma temporada compitió y ganó el Orange Bowl en la especialidad de dobles junto a Jeff Austin (hermano mayor de la famosa Tracy), en la categoría de hasta 16 años. En 1968 se enfrentó cara a cara por primera vez con quien sería uno de sus más terribles adversarios: James Scott “Jimmy” Connors. Fue en la semifinal del Orange Bowl y lo derrotó por 6-4 y 6-4. Después se adjudicó el certamen cuando superó al mexicano Emilio Montaño. Estar en Buenos Aires no era fácil. Se alojaba en la residencia Universitaria San José y estudiaba abogacía. Cada treinta días le mandaban 10.000 pesos de aquellos días. Con eso se costeaba el boleto ida y vuelta a la Facultad de Derecho, la comida y el pasaje en el ferrocarril Mitre hasta Lisandro de la Torre para ir a entrenarse al Buenos Aires Lawn Tennis Club. ¿La vuelta? A pie. Una decisión complicada le abrió el futuro, definitivamente. Una vuelta por el mundo En julio de 1971, Vilas dejó la carrera como abogado y se abocó a otra carrera: la de tenista. Los dólares ahorrados le sirvieron para llegar a Europa. Pero las cosas no salieron como quería. Debutó en el Abierto de Roma frente al chileno Jaime Pinto Bravo, quien lo vapuleó por 6-0 y 6-0. Deambuló por los torneos chicos del circuito internacional adquiriendo experiencia. En Bournemouth, Inglaterra, disputó la clasificación (de 24, sólo 2 ingresaban al main draw) y la pasó. También le ganó en la primera rueda a un hombre que más tarde estaría enfrentado con él: Patricio “Pato” Rodríguez, el ex manager de José Luis Clerc. De esta forma obtuvo su primer premio oficial (500 dólares) en competencias de Grand Prix. Más tarde perdió con el sudafricano Pat Cramer. Tenía que seguir luchando y con la plata que consiguió se trasladó hacia París donde superó a Bob Hewitt, uno de los buenos jugadores de esa época. A pesar de que los resultados eran positivos, el dinero no alcanzaba. Pero la varita mágica lo tocó otra vez y los italianos lo contrataron por 1.500 dólares para que Guillermo hiciera de sparring en los entrenamientos de los tenistas de aquel país, ya que debían enfrentarse a España por la Copa Davis. Durante el verano parisino, en 1974, Guillermo se presentó en Roland Garros y venció al checoslovaco Milan Holocek y al australiano Dick Crealy, en las rondas iniciales. En un maratónico partido, suspendido permanentemente por la lluvia, Vilas estaba derrotando a Manuel Orantes, prestigioso tenista español, por 6-3, 6-3 y 5-4, sin embargo no pudo definir en el tercero y a las once de la noche Orantes (en cinco sets) eliminó al argentino. Anímicamente estuvo muy mal. El sueño de coronarse en Roland Garros se postergó. Seguía en la etapa de despegue. Necesitaba explotar y la explosión se produjo sobre canchas “lentas”. En Gstaad, suiza, se tomó revancha y aplastó 6-1 y 6-2 a Manuel Orantes, en la final, obteniendo el primer torneo internacional. Fue el comienzo de una gran carrera. Llegar a Número 1 En la década del 70 había dos circuitos paralelos: el de la ATP y el Grand Prix, donde los jugadores participaban y tenían distintos puestos. Por tal motivo, Guillermo Vilas terminó como número uno del mundo, tomando en cuenta el escalafón del Grand Prix, en las temporadas de 1974, 1975 y 1977. Sin embargo, el auténtico N° 1 lo marcaba la ATP. Ahí, Guillermo ocupó el 2° puesto, debajo de Connors, que lideraba las posiciones por tener un mejor promedio. En esos años, “Willy” tuvo un clásico rival llamado Bjorn Borg. El primer enfrentamiento lo protagonizaron en 1973 en la final del Abierto de la República Argentina, con una victoria para el tenista nacional. Desde entonces ese partido fue especial. En total jugaron 22 cotejos oficiales, con 16 triunfos para el sueco y 6 para el argentino. La etapa de gloria Su primer gran momento llegaría en la primavera parisina de 1977: se consagraría campeón de Roland Garros, apabullando a todos y cada uno de sus contrincantes. Un detalle: la final del abierto fue la que menor cantidad de games disputados tuvo en toda su historia. En ese instante, con apenas 25 años recién cumplidos, Vilas cruzaría una frontera: a partir de ese momento todos los argentinos se identificaron definitivamente con el tenis, se aprendieron de memoria los nombres y las características de los principales jugadores del mundo, conocieron los torneos y las superficies y hasta se animaron a hablar de “top” “spin”, “slice”, “smash” y “drop”. 1977 sería, sin dudas, el gran año de Vilas, ganando todo lo que se puso en su camino, destacando el triunfo en la final de Forest Hills ante Jimmy Connors. En total ganaría 17 títulos durante ese año. En 1978 ganaría el abierto de Australia, repitiendo también en 1979. 1978 sería el año de los enfrentamientos ante su sombra argentina, nada menos que Jose Luis “Batata” Clerc, disputando tres finales (Gstaad, South Orange y Provence) de las cuales Vilas saldría siempre victorioso. En 1980, conquistaría el Abierto de Roma ante el francés Yannick Noah, desquitándose de la derrota sufrida en esa misma cancha el año anterior ante Vitas Gerulaitis. Ese partido ante el estadounidense es aún considerado el segundo más largo de la historia (5 horas 39 minutos), después de la final entre Rafael Nadal y Guillermo Coria en el año 2005, también en Roma. 1982 sería también un prolífico año para Vilas, obteniendo 7 títulos internacionales. Destacamos las finales de Rotterdam y Milán, venciendo en sendos partidos a Jimmy Connors, así como las de Montecarlo y Madrid, donde batiría en dos oportunidades al checo Ivan Lendl, otra leyenda del tenis mundial. Hoy Vilas es mito; lo es por su racha de 50 triunfos consecutivos, que se cortó con la famosa raqueta de doble encordado utilizada por Nastase en Provence; lo es por sus 62 títulos, entre el primero logrado en Buenos Aires en 1973 en aquella final contra Borg que lo instaló definitivamente en los diarios porteños hasta el último logrado como jugador profesional en Kitzbuhel, ante el francés Henri Leconte, en 1983. Es un mito desde la masividad alcanzada a mediados de 1974 con sus dos victorias consecutivas gestadas en julio en Gstaad (frente a Manuel Orantes) e Hilversum (ante el australiano Phillips-Moore), que se convirtieron en la catapulta hacia el corazón y el alma del hincha argentino; desde sus cuatro títulos de Grand Slam; desde aquel 1977 increíble con sus 17 títulos en 33 torneos y 163 partidos; desde su empuje junto a José Luis Clerc para ganar la Davis; desde sus 9 temporadas finalizando entre los 10 mejores jugadores del mundo; desde sus 21 años como profesional sudando en todas las canchas; desde su Número 1 que no fue, sólo por el capricho de un sistema de ranking; desde su despedida de los Grand Slam en Roland Garros en 1989 frente al italiano Claudio Pistolesi. Vilas es mito desde su vincha, su remera Fila blanca con mangas rojas, su muñequera y su raqueta Head Vilas de madera; desde su revés con top, su smash de revés y su “Gran Willy”; desde su brazo izquierdo hecho de piedra, su corazón macizo de roble y su alma de acero. Hoy, con casi 56 años, aún sigue en la lucha. Y hay una razón para afirmarlo: él no sabe de flaquezas. Esa palabra nunca figuró en su diccionario. Por eso, seguramente, también llegó. Y emocionó. Y cambió la historia para hacerse un lugar en ella. Para siempre. © |