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LA LITERATURA GAUCHESCA: DON SEGUNDO SOMBRA – NOTA Nº 25 Imprimir E-Mail
Escrito por Miguel Eduardo Garriga   
miércoles, 20 de febrero de 2008

Don Segundo Sombra relata la vida del campo, en un tiempo indeterminado, imprecisión que se considera un efecto artístico.
El paisaje juega una presencia activa y del conjunto de hombres que encabeza el protagonista surge el personaje que Güiraldes idealizó y lo corporizó en Don Segundo Sombra, prototipo del gaucho para el autor.

Evidentemente, Güiraldes utiliza un castellano ajeno totalmente al ambiente gauchesco; estando totalmente en primera persona exigiría el idioma del relator, gaucho él también.
Por eso da impresión de rebuscamiento, expresiones que no son de la gente de nuestro campo. Pero se lo ha excusado por el alto valor de la creación novelesca.
Creando un mito, como ha dicho Roberto F. Giusti, Don Segundo Sombra ha dado vida perdurable a una clase social que formó la vida nómada y pastoril de nuestro país durante sus primeros tiempos y que ha desaparecido en razón de las transformaciones sufridas en la explotación rural.
Pero Don Segundo Sombra es un libro también de aprendizaje de la vida del gaucho. Es la intención formulada por el reserito cuando decide cambiar de vida. Con sus traslaciones, las labores del campo son muy realzadas por la dramatización con que se las presenta (la doma, el rodeo, el trenzado, la curación, etc.).
Pero el ámbito en el que se encuadra el aprendizaje, la lección sobre la cual está puesto el acento, hace que los episodios iniciales (el pueblo, la huída a la estancia de Galván, encuentro con Sombra) y los finales, (noticias de la herencia, amistad con Raucho, separación de Sombra) son el mero encuadre de lo que está en el medio, es decir el sistemático aprendizaje (Hacete duro, muchacho).
Hacia el final, el protagonista-relator menciona “estos recuerdos”, lo cual indica que fueron recuerdos desde la primera línea. Pero hay un sector del relato, el de los diálogos, que se evade un poco de la rememoración y está hecho como presencia y es más novelesco, mientras que la rememoración por lo evocativa es estática y descriptiva (“grande y tranquilo era el campo; el jinete que me pareció enorme bajo su poncho claro; inmóvil, miré alejarse extrañamente agrandada contra el horizonte luminoso”).
El fondo histórico temporal es difícil de precisar. Sin duda se refiere a una época anterior a aquella en que fue escrita la obra. Pocas referencias culturales hay que permitan una ubicación. Es en general una época de oro, la época de la libertad, en la que trabaja el que quiere y no hay policía para reordenar las cosas y en que patrones y peones se vinculan entre sí sin mayores dificultades.
Es interesante cuando el reserito gaucho vierte su dolor al enterarse de que ahora es patrón. Su primera pregunta, su primera inseguridad, es si seguirá siendo gaucho. Don Segundo Sombra le soluciona el problema mediante dos respuestas: “Tu padre era un hombre rico como todos los ricos y no había más mal en él” y “si sos gaucho de veras, no has de mudar, porque ande quiera que vayas, irás con tu alma delante como madrina e´tropilla”. La interpretación es nítida, se es gaucho por encima de las contingencias económicas y de clase social, se es gaucho en una dimensión moral o racial, como un ser incontaminado por la historia.
Una vez que Fabio Cáceres ha aceptado su nueva situación de patrón, su ingreso a ese mundo no se realiza por el dinero sino por la amistad y subsidiariamente por la cultura.
Fabio Cáceres piensa en rechazarlo todo, distribuir sus tierras entre los gauchos. Pero ese impulso comunista no tiene sentido, expresa solamente su desdén por aquello que cierra un ciclo vital que apreciaba mucho. Luego se conforma y acepta el orden. Cuando Fabio Cáceres se reintegra al sector del que por azar estuvo excluído, la novela se acaba y comienza la elegía: el territorio de la aventura adolescente constituye la zona perdida, lamentada y cantada, pero es campo de la madurez, y la lamentación, a su vez, se estabiliza sobre los carriles de una espiritualidad que llena todos los recovecos.
Con todo esto, Güiraldes ha sido el que mejor y con más verdad ha visto y novelado la vida del campo argentino. ©
 
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