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En el año 1950 comencé a ir al colegio, en esa época, los niños del interior recién eran tomados en la escuela a los ocho años, 1950 era el año del centenario de la muerte del General San Martín. Uno de mis hermanitos, Julito, se enfermó, y con mamá íbamos y veníamos a lo del médico; primero, lo atendió Panchito Ingaramos, quien era el médico del pueblo que nos vio nacer a todos; después, fuimos con mamá a ver al doctor Zamora, de Reconquista. Pero, ni uno ni otro, daba con la enfermedad y la curación de mi hermanito; Julito, que ya había cumplido los dos años, caminaba, pero por la enfermedad dejo de caminar, no comía, las piernitas eran delgaditas y la panza grande. Todos llorábamos de tristeza junto a mamá, al verlo en esa situación. El doctor Zamora diagnosticó tuberculosis, y mamá nos dijo que era muy grave y que probablemente se moriría, y después íbamos a tener un "angelito". Los compañeros de la fábrica de papá le decían que lo llevara al sur, a Rosario o Buenos Aires, para hacerlo atender por los médicos de allí, que eran mejores, porque tenían más ciencia. Cuando papá y mamá ya estaban decididos para viajar a Rosario, donde tenían familiares, un compañero de papá, un tal Bonora, le dijo: ¿por qué no lo llevas a tu hijito al curandero, Don Romero, que vive a la entrada de Reconquista? Al día siguiente, después del mediodía, nos fuimos con mamá, a llevar a mi hermanito a la casa del curandero, Don Romero. El vivía en un rancho largo, a dos aguas, con el frente hacia el norte, rodeado de plantas de hermosas flores y de enredaderas; golpeamos las manos y salió su esposa, Doña Toribia, quién nos atendió amablemente, nos hizo pasar y sentarnos debajo de la arboleda; luego, nos dijo en voz muy baja: es temprano para las curaciones; Don Romero descansa, está durmiendo la siesta. Así que tuvimos que esperar un largo rato; luego se levantó Don Romero, quién nos hizo pasar a la galería, que era como un pequeño templo, con poca luz la sombra de las plantas exteriores tapaban la luz del sol y mantenían el lugar muy fresco; en un pequeño altarcito había una imagen de la Virgen de Itatí.Don Romero le dijo a su esposa que prendiera la vela blanca, porque iba a curar a un niño; pero antes de empezar el rito, nos contó cómo se inició en el arte de curar. Cuando era joven, trabajaba en una estancia en Corrientes; un día, los padres de un chico, de unos doce años más o menos, lo traen para que lo cure Don Romero, porque había quedado mudo. Según le dijeron los padres, una noche de luna, el chico fue a buscar el caballo de su padre en el monte; trajo al animal, pero él volvió sin habla. Los padres creían que vio "el pombéro" (es un diablillo nocturno que ocasiona el mal en las personas, según la mitología guaranítica) y que por eso quedó mudo. Entonces, Don Romero se encomendó a la Virgencita de Itatí y llevo al niño al gran patio de la casa, y, en presencia de los padres y algunos curiosos, con señas le indicaba para que subiera a una planta de cedro; el chico fue trepando lentamente; cuando estuvo bien en lo alto, Don Romero tomó el hacha, bien filosa, que brillaba por los rayos del sol, y empezó a cortar el tronco para echar el árbol; al instante, el niño reaccionó y comenzó a gritar: !bájenme, por favor¡ Los padres, emocionados lloraban de alegría y reiteraban su agradecimiento a Don Romero; a partir de ese hecho, cambió la vida para él, a cien leguas a la redonda corrió la fama del joven curandero, y todo el mundo recurría a él para que los curara de sus enfermedades y males; también le traían sus animales. Pero cometió un grave error; se enamoró de la mismísima novia del capataz de la estancia; para salvar el pellejo huyó a la provincia de Santa Fe, se instaló en Reconquista y siguió con sus prácticas de curandero; construyó su rancho y, un día, regresó a Corrientes a buscar a su novia y traerla para vivir juntos y formar su hogar, aunque dijo: muchos me envidian por ser orejano. Cuando terminó el relato, miró a mamá y le dijo: por favor, descubra al chico, a quién mamá traía envuelto con una pañoleta blanca bien limpia, porque ella nos decía siempre: pobres, pero limpios. - Lo miró y exclamó, Doña esta criaturita tiene un gran empacho. - Mi mamá le preguntó: ¿lo va curar? y ¿cuánto me va a cobrar? -El le dijo: mire Doña, yo no cobro, pero de algo tengo que vivir, primero, voy a curarlo, y después usted me trae lo que pueda. Pero usted Doña, tiene que hacer una promesa a la Virgen de Itatí: si se cura el chico, tiene que ir dos veces al santuario de Corrientes. Mi mamá asintió a las condiciones y, a partir de ese momento, éramos promeseros de la Virgencita de Itatí. Don Romero acarició suavemente la pancita hinchada de mi hermanito, una y otra vez; se persignó, y, con mucha devoción, hizo una oración a la Virgencita de Itatí, para pedir fortaleza al iniciar su acción de curar. Después se levantó de su sillón, buscó un frasco y sacó un polvo medio verdoso oscuro, era buche de ñandú bien triturado, un poderoso laxante, que se debía tomar en pequeñas dosis (caso contrario podría ser mortal), y lo envolvió en un pedacito de tela. -Le dijo a mamá: Doña, así como se le doy, hágalo hervir bien en una pava con poca agua y después, cuando está tibio, se lo va dando con una cuchara sopera, durante el día. Si el remedio hace efecto, al día siguiente va a ir de cuerpo, pero que lo haga fuera de la casa, y cuanto más lejos mejor. Luego nos saludó y nos deseó mucha suerte. Regresamos a casa con la esperanza renovada, esperando que Julito se curase. Mi mamá hizo al pie de la letra todo lo que le dijo Don Romero, y, al día siguiente, Julito evacuó todo. Cada día que pasaba se fue recuperando, y pronto comenzó a caminar de nuevo; muy grande fue nuestra alegría al verlo, otra vez, jugar con nosotros. Los vecinos, los compañeros de papá de la fábrica, y los parientes, estaban de acuerdo, una vez más, en que los doctores no curan el empacho; y mi tío Mariano, que siempre andaba medio ebrio, agregaba: los doctores sólo sirven para sacar plata a los que la tienen, nada más. Mamá eligió las mejores gallinas, y fuimos a llevárselas a Don Romero, como una manifestación de agradecimiento. Después viajamos a Corrientes, al santuario de la Virgencita de Itatí; mi mamá era sólo creyente: creía en Dios, en Jesucristo, en la Virgen y en los santos milagrosos; sabía rezar las oraciones principales, pero no era de frecuentar el templo, porque, según ella, iban al templo los peores del pueblo, y ocupaban los primeros lugares; ella no hacía mal a nadie, no toleraba la mentira, ni las injusticias, era muy generosa con los necesitados; nos mandaba a un colegio religioso, y a misa los domingos, la semana santa era respetada, se cumplía ritualmente; nosotros tratábamos de no faltar a la misa de los domingos, porque después del "ite missa est”; si nos portábamos bien durante la misa, nos daban un cupón para canjearlo por media entrada para el cine parroquial, por la tarde; un tal Bianchi, hacía de riguroso celador, si te veía hablando o jugando, se acercaba te tomaba de la oreja y te llevaba a ponerte de rodillas delante de todos. El viaje a Corrientes, al santuario de la Virgencita de Iratí, fue una hermosa aventura; en ese tiempo para cruzar el inmenso río Paraná, lo hacían en balsa. Junto al santuario había una gran posada, donde recibían a los promeseros; allí nos albergamos, por unos días, para cumplir con la promesa. De regreso, mamá trajo una imagen de la Virgencita de Itatí, y le hizo un altarcito adornado con flores artificiales, y le prendía velas; en las noches de tormenta, rezábamos todos juntos, y, cuando había granizo, nos poníamos debajo de la gran mesa de algarrobo, porque las piedras del granizo, a veces, eran tan grandes como huevos de ñandú, y atravesaban el techo de paja, pero no la dura madera de la mesa. En el colegio Nuestra Señora de Lourdes de las Hermanas Josefinas donde iba a la escuela, había una Hermanita que era maestra suplente, en las primeras horas de la tarde; yo no la quería, porque era muy "mala" para mí; durante las noches le rezaba a la Virgencita de Itatí para que me conceda una gracia; que se muera la Hermanita suplente, para no tenerla más en clase, y sí a la titular, la Hermana Bernardita, que era una dulzura; mi pedido nunca se cumplió. Al año siguiente, regresamos, otra vez, al santuario de la Virgencita de Iratí, para terminar de cumplir con las promesas, porque papá y mamá eran fieles cumplidores de la palabra dada y las promesas se cumplían. ©
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