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La depresión y el corazón Imprimir E-Mail
Escrito por Susana Fernández   
viernes, 18 de enero de 2008

Mente y cuerpo… Siempre juntos

La depresión y la ansiedad incrementan el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares y también empeora su pronóstico.
Uno de cada cinco individuos que han padecido un infarto y uno de cada cuatro pacientes con insuficiencia cardiaca experimentan síntomas depresivos. La evidencia de que el estrés y la depresión pueden provocar enfermedades cardiovasculares ha sido corroborada en varios trabajos. Por este motivo, su atención debería considerarse un objetivo primordial en la atención integral al enfermo con cardiopatía.

Ansiedad y enfermedad cardiovascular
Hasta ahora no se conocían en profundidad las consecuencias de sufrir episodios de ansiedad prolongados sobre pacientes coronarios. Un reciente estudio ha revelado que las personas con problemas cardiovasculares que sufren elevados grados de ansiedad tienen el doble de riesgo de sufrir un infarto o fallecer.
Por el contrario, aquellos enfermos que habían presentado un alto grado de ansiedad al inicio de la investigación pero que habían logrado controlarla a lo largo de los años, tenían menores niveles de riesgo. Según los autores, estos hallazgos señalan la necesidad de evaluar los niveles de ansiedad de los enfermos cardiovasculares, así como la importancia de que los profesionales sanitarios intervengan sobre la ansiedad de sus pacientes. La ansiedad crónica incrementa el riesgo de padecer no sólo enfermedades cardiovasculares. Al bajar la calidad del sistema inmunitario, hay riesgos de otras patologías, como el cáncer.
Esto no se resuelve sólo con la toma de ansiolíticos. Hay que rastrear, profundizar hasta encontrar cuál es el motivo de tal desajuste emocional. Los psicofármacos ayudan a controlar los síntomas, pero eso es sólo una parte del tratamiento. Queda lo más importante: mejorar desde adentro la calidad de vida.
Cuando una persona llega a la consulta de un médico cardiólogo y éste hace un diagnóstico de alguna enfermedad, es necesario que se haga un seguimiento de los niveles de estrés del paciente. Siempre es muy interesante hacer una evaluación de cómo maneja la ansiedad, cuáles son las formas de afrontar la catarata de estímulos negativos que puede estar recibiendo.
Esos estímulos negativos provienen del exterior (medio ambiente, situación familiar, laboral, social) o del interior del sujeto (los pensamientos, conceptos, ideas con que se maneja). Pero el estresor por sí mismo no existe, existen “personas estresadas”. Esto es: un estímulo, un episodio determinado, puede desencadenar una reacción de ansiedad en Juan, pero no en Pedro. Esto es porque la realidad es evaluada por nosotros según nuestra subjetividad.
Esta persona estresada crónicamente deberá tomar conciencia de que esa no es manera de vivir, que tarde o temprano estos niveles de verdaderos tóxicos le pasarán factura a su salud.

¿Causa o consecuencia?
Los pacientes con insuficiencia cardiaca a menudo padecen enfermedad depresiva.
Se estima que uno de cada cuatro de estos pacientes tiene síntomas depresivos, aumentando a uno de cada dos en las fases más avanzadas o graves de la cardiopatía.
Depresión e insuficiencia cardiaca tienen una relación causa-efecto en ambos sentidos; es decir, que la enfermedad depresiva incrementa el riesgo de padecer insuficiencia cardiaca y que, a su vez, los pacientes con insuficiencia cardiaca tienen mayor probabilidad de padecer una depresión.
La relación entre ansiedad y depresión y enfermedades cardiovasculares se sustenta sobre bases biológicas relacionadas con múltiples cambios neuro-inmuno-endócrinos y en la actividad inflamatoria que acontece en la depresión, así como también en un incremento de la presión arterial y de la vasoconstricción coronaria. También existen evidencias de que la propia insuficiencia cardiaca podría provocar la aparición de una depresión, dado que hay áreas del cerebro que son especialmente vulnerables al déficit de riego sanguíneo que conlleva la enfermedad.
Estos conceptos no son nuevos. Lo que sí es nuevo es la mayor difusión de estos temas y la renovada consciencia de que nuestra salud depende en gran parte de cómo nos manejamos en la vida.

Qué podemos hacer
Cuando aparece un estresor que nos va a llevar a una crisis de ansiedad, podemos y debemos aprender a reconocerlo y ejercer una serie de mecanismos para afrontarlos. Se puede aprender alguna técnica que nos lleve a neutralizar el efecto negativo de ese estímulo. Caminar; practicar técnicas de relajación, de respiración, de meditación; hacer gimnasia adecuada a la edad y condiciones físicas; dedicar tiempo al amor, la familia, la recreación; tener siempre proyectos, ilusiones, esperanzas. Todas recomendaciones más que sabidas… Pero hay más: combatir la incertidumbre; resolver los vínculos enfermizos; aprender a decir “no”; trabajar nuestras emociones; poder expresar nuestros sentimientos; quitar los miedos, la culpa; reírnos varias veces al día; aprender a perdonar y a perdonarnos; tener siempre un espejo a mano para ver la expresión que tiene nuestro rostro y hacer la corrección adecuada.
Estamos inmersos en una sociedad que ama los infinitos gastos de tiempo y dinero muchas veces en cosas sin verdadero valor para nuestras vidas... Pero, ¿nos ocupamos lo debido de nuestra salud mental? ¿Dedicamos una porción de tiempo a “desconectar” y relajarnos?
Si la respuesta es “Sí”, estaremos cuidando nuestro corazón, arterias y demás partes del organismo que sólo recordamos que existen cuando se ponen malas.
Y si la respuesta es “No”, ¿por qué no agregar a nuestros proyectos el cuidado de nuestra salud mental y emocional? ©

 
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