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Alfredo Hugo Rojas, más conocido por el mote de “Tanque”, nació el 20 de febrero de 1937. Debutó en Lanús y enseguida fue llamado por la selección nacional argentina para disputar el mundial de Suecia en 1958. Fue tal su potencia que enseguida comenzaron a fijarse en él desde Europa, firmando finalmente para el Atlético de Madrid, en donde jugó muy poco.
A los 19 años de edad, el “Tanque” pasó a préstamo al Celta de Vigo, y en 1961 River Plate lo repatrió, pero allí también jugó muy poco. Al año pasó a Gimnasia y Esgrima de La Plata, donde fue el goleador del equipo con 17 tantos. En 1963 conquistó 10 goles más y despertó la mirada de varios equipos grandes del país. En 1964 participó de La Copa de las Naciones que la Argentina ganó en Brasil. Finalmente el equipo que se llevó a Rojas fue Boca Juniors, necesitado de un goleador, un hombre que con su presencia fuera sinónimo de gol. El equipo de Boca se fijo en él cuando Valentim había dado con sinceridad su adiós, al reconocer que no estaba en condiciones de ocupar la plaza de centrodelantero por la declinación futbolística que vivía. José Sanfilippo traía su estela de goles, pero en un enfrentamiento con los dirigentes terminó su paso por la entidad xeneize. Entonces los directivos vieron en el corpulento centroatacante que desde hacía varias temporadas venía siendo el goleador casi exclusivo de Gimnasia al jugador que necesitaban, aunque no era un hombre de habilidad o destreza como Paulo Valentim, o sutil y elegante en la definición como lo había sido en su momento Jaime Sarlanga. En el primer torneo con la azul y oro colaboró con su cuota goleadora para que su equipo obtuviera el título. Lo suyo era un desgaste físico constante en el área rival, yendo a buscar siempre la pelota que parecía perdida o imponiendo su facilidad para los envíos aéreos de la zona de definición. Era todo fuerza; no se encasillaba dentro de esos hombres que podían pensar un instante dentro del área. Lo suyo era potencia al servicio del gol. Por eso Alfredo Rojas entró con su estirpe en la larga familia de cañoneros de Boca Juniors, aunque no fuera esencialmente eso, un cañonero. Cuando fue requerido para integrar parte del plantel de ex futbolistas para rememorar los viejos tiempos donde fueron protagonistas exclusivos como jugadores, dijo con orgullo: “Que Boca me haya contratado en el ‘65 fue lo mejor que pudieron hacer para salir adelante esa temporada. Yo era el hombre indicado para ser el atacante de los xeneizes, no había otro en el medio que pudiera ocupar esa plaza como yo lo hacía”. Estas palabras del “Tanque” Rojas parecen exageradas, más viniendo de él mismo; sólo pueden remitirse a un comentario acertado con cierta subjetividad, claro. Fue en esa temporada el hombre que con su potencia solucionaría un problema constante para un equipo que tenía graves deficiencias ofensivas, aunque una solidez defensiva envidiable. Su cabezazo, su potencia para arrastrar defensores en su marcha fueron armas que abrieron una y otra vez las defensas rivales para las apetencias de un equipo ganador por naturaleza. La hinchada de Boca rápidamente reconoció en él a un ídolo en potencia. Seguro en su forma de hablar y en su forma de ser fuera de la cancha, característica que transmitía también en los partidos. Su trajinar dentro de la cancha no era un hecho ortodoxo. Era fácil encasillarlo como un corredor empedernido que siempre tenía una sola meta: el gol, a pesar de sus limitaciones técnicas. “¿Qué iba a hacer yo? ¿Gambetear rivales, meter pelotazos o pisar el balón para parar el ritmo? No, eso no iba conmigo. Yo tenía que picar, ir a buscar dentro del área y por supuesto meterla adentro, porque si un centrodelantero en Boca no la mete está muerto. Podrá tener muchas condiciones, pero si no hace goles, no le servirán de nada. Yo no era habilidoso, pero siempre la metía”. No fue larga su estadía en el primer equipo Azul y Oro, ya que la edad y la presencia de Angel Clemente Rojas, lo fueron relegando. Tan espectacular como José Borello, dejó su sello en la última etapa de brillo de un equipo campeón. Un goleador nato, que como él dice, “siempre la metía adentro”. Lo suyo era potencia al servicio del gol. A los 31 años, Alberto J. Armando, histórico presidente de Boca Juniors, lo premió con el pase libre y el “Tanque” cerró su carrera en la Universidad Católica de Chile. © |