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Esta página quiso ser la crítica de un evento realizado en la Asociación Argentina de Los Angeles, anunciado como una comedia (producto del “cacumen” de Pepe Rocha y Angelo Calamera), pero que terminó siendo una noche inolvidable. La comedia fue sólo el hilo que, inteligente y humorístico, hilvanó, con situaciones y chistes, un hermoso espectáculo artístico.
El tano “Pepino” (Calamera) y su esposa, la gallega Manuela (Mónica Vacas) deciden hacer un “Garage Sale” para vender un montón de instrumentos musicales que han acumulado a través de los años. En el escenario había una bandurria, un violoncello, un acordeón, una flauta, un piano, tres guitarras, dos charangos y un bajo: parecía un concierto de Inti-Illimani. El tano le va indicando a Manuela los precios que debe adjudicar a cada instrumento y ella lo escribe en un cartel. Los precios parecen razonables. Los prospectivos compradores van entrando, solos o en grupo, levantando una pieza, examinándola, todo muy casual. De pronto, un trío de flauta traversa, guitarra y bajo, se larga con la milonga “El porteñito”, al mejor estilo de Villoldo. ¡Qué increíble escuchar una milonga al estilo y con los instrumentos del 900, cuando el bandoneón todavía no había aparecido en el tango. Sorpresa y emoción total. De pronto dejé de reírme; era como estar en un templo. En la flauta estaba Pablo Goldstein, en el bajo Oscar Lomuto y en guitarra Pepe Rocha. Y así se fueron sucediendo los presuntos compradores, ejecutando su arte con profesionalismo, hilvanados todos con la chispa y la risa, sin aburridos locutores interrumpiendo. Apareció el Chato Ríos, un peruano que hace hablar a la guitarra (a quien vamos a nombrar argentino honorario) y luego Alberto Fernández, quien llenó nuestros oídos de nostalgia, por su voz y su gusto en la selección de repertorio (¿Perfumes de Osvaldo Roval?). Nos dio “Canción maleva, canción de Buenos Aires” y también mi tango preferido: “Barrio de tango”, para terminar con “La vieja serenata”, un valcesito criollo, ese género musical que alguna vez estuvo a la par del tango con sus maravillosas líricas y hoy es tan ingratamente ignorado por nuestros cantantes. La guinda arriba de la crema se la pusieron Miriam Cabrera y Gastón Cena, bailando el tango así como se debe, como lo dijo Castillo. Mientras todo este arte corría por el escenario, Calamera (que hacía de tano cascarrabias con quién ninguna mujer querría estar casada) le hacía señas a Mónica Vacas (la gallega con la que todos los hombres quisieran estar casados) para que aumentara los precios a niveles exorbitantes. Al pobre tano le había dado “Il sentimento nel cuore” y no quería desprenderse de nada. Todo terminó felizmente en una “tarantella”, con todos los instrumentos y artistas en acción, como para probar que en todo porteño hay una gota de sangre tana, ya sea por genética o por ósmosis. Todo esto no hizo más que probar la riqueza de nuestra cultura musical y la cantidad de artistas que tenemos desparramados por la tierra que nos hospeda. © |