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¡Así se baila el tango! ...¿O no? |
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Escrito por Rodolfo Spadano
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jueves, 22 de noviembre de 2007 |
Lo que voy a decir no es una crítica, ni siquiera una opinión. Es un musitar, susurrado y masticado, que con el correr del tiempo se ha convertido en un grito y aquí lo largo.
No lo tomen a mal, pero yo pateo siempre para el mismo lado. Los que me conocen según el grado de amistad que me une a ellos, me califican de purista, conservador u obtuso. Los tres están acertados. Como ejemplo: soy un fanático de la ópera italiana, pero cuando voy a comprar entradas para “La Boheme” y me entero que algún maestro de escena tuvo la genialidad de transportar la historia a la época contemporánea y que “Rodolfo” y “Mimi” aparecen vestidos de “Blue jeans”, no compro entradas ni aunque cante Pavarotti (QEPD). Todo este filosofar viene a raíz de un espectáculo que fuí a ver en el “Orange County Performing Arts Center”. No voy a hacer aquí una crítica de este show, sino decir que fue la gota que desbordó el cántaro de mi paciencia. El diario “Los Angeles Times”, en su crítica, dice: “Los duetos han cambiado, no para mejor, con un pesado énfasis en piruetas acrobáticas, forzados levantamientos que son casi siempre crudamente antimusicales y quiebran la armonía del movimiento y la música”. El crítico Lewis Segal, un gringo que sabe más de tango que muchos porteños, tituló su artículo: “Tango y tirar para arriba” y atribuye este cambio hacia lo atlético en lugar de lo musical a la llegada de un nuevo director artístico a este show. Pero esa no es la única razón y ellos no son los únicos en cometer esta trasgresión. Ultimamente estamos viendo más y más buenos bailarines de tango tratando de saltar más alto o tirando a su pareja más lejos que la competencia. ¿La excusa?: “A los norteamericanos les gusta”. ¡Están equivocados! Yo llamo a este estilo de bailar “Tango de Las Vegas”. Allí va la gente, de cualquier nivel económico pero con un denominador común en lo intelectual, a mirar embobados las luces cada vez más brillantes, tirar guita en el juego y después pagar precios exorbitantes para ver artistas a quienes ya se les pasó su cuarto de hora. Allí cualquier exageración es legítima. Cuanto más, mejor. Pero, ojo, el norteamericano que paga buenos precios para ir a ver un show de tango al Hollywood Bowl, con la Orquesta Sinfónica de Los Angeles o al Ford Amphitheatre, al Ambassador, los Centers for Perfoming Arts o el Hilton de Costa Mesa, es un “gringo” que sabe de tango. Dos mujeres muy elegantes, sentadas detrás mío, hacían comentarios y una de ellas alzó un poco la voz y dijo: “But this is not tango”. No pude contenerme y dándome vuelta, les dije: “You are right”. Nunca olvidaré cuando, con apenas unos días en California y recién instalados en nuestro departamentito, la vecina, que no hablaba castellano, nos invitó a comer. Después de la cena, Diane Wimp, joven programadora de computadoras, trajo una pila de discos de tango y una edición norteamericana de “Misa Criolla”, con Los Fronterizos pero con un libro traducido al inglés. También tenía traducciones de los tangos más reos que se pueda imaginar. Y proclamó: “Esta es mi música favorita”. ¡Sorpresa! Yo no creo que eliminar ciertas piruetas exageradas significa caer en la monotonía. Nadie pretende, por ejemplo, que Juan Carlos Copes (que sigue siendo grande) haga en el escenario las cosas que hacen Gloria Otero, Myriam Larichi o Hugo Patyn. La diferencia en edad es sideral y no hay ninguna ley que diga que los jóvenes no deben utilizar su juventud y su vigor para su ventaja. Es más, admiro a los bailarines que me han dicho que hacen dos o tres horas por día de “gymnastics” como parte de su preparación. Admirable preparación. Pero, y aquí quiero cambiar a primera persona para dirigirme a vos, hermano tanguero, todos tus entrenamientos y proezas atléticas son nada más que herramientas, que te ayudan a expresar mejor el mensaje y el talento que Dios te dio, no son para que me tires las herramientas en la cara. El tango no es sólo la fusión de dos almas, es la fusión de esas dos almas con la audiencia. Porque ¿Sabés, hermano tanguero? tu trabajo en el escenario no es lucirte, es comunicarte. Porque si yo quiero ver piruetas, me voy a un circo. Cuando estás en el escenario vos no sos el que manda, vos no sos el “Jefe”. El “Jefe” es el tango. El tango tiene un compás, tiene un ritmo. Como en aquella noche memorable en que el gran don Alberto Castillo volteó el micrófono en su mano izquierda y le gritó al mundo entero: “Mientras que mi brazo/ como una serpiente/ se envuelve en un talle/ que se va a quebrar/ así se baila el tango/ mezclando el aliento/ cerrando los ojos/ para oír mejor/...”. Ahí tenés los diez mandamientos del tango. El tango tiene un espíritu y te ha dado muchas libertades para interpretarlo, pero hay fronteras que no se deben cruzar. En esto no soy purista ni conservador, soy más tozudo que un herrero gallego. Aquí planto mi pie y aquí está la frontera. No te voy a decir dónde está esa frontera, porque vos lo sabés mejor que yo. También sé que tenés, como artista, el derecho de cruzarla cuando te de la gana, pero si lo hacés, tené al menos la cortesía de no llamarlo tango. © |
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