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Escrito por Oscar I. Márquez
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miércoles, 21 de noviembre de 2007 |
El pueblo estaba de fiesta pues era el tiempo de Semana Santa. Como de costumbre había celebraciones por doquier: en la iglesia, en las casas y hasta en los boliches. El Cóndor daba vueltas sobrevolando el pueblo contemplando los acontecimientos. Su curiosidad le hizo llegar hasta el boliche que estaba frente a la plaza, en cuyo otro frente estaba la iglesia.
Entró al boliche y rodeado por mucha gente estaba Chusclin, según los parroquianos, un charlatán y pendenciero. Se abrió paso y al contemplarlo se dijo: “Ese es un vulgar chingolo”. Se presentaron y comenzaron a charlar recordando hazañas (ciertas y de las otras) celebrando con una copa de vino cada una de ellas. Ya se habían puesto bastante picados y no se les ocurrió mejor idea que hacer una apuesta: “el que chupara más sin emborracharse, sería el ganador y pagaría lo consumido, más una vuelta para todos”. Con la anuencia y la expectativa de todos, comenzó la competencia. El Cóndor con ansias de ganar y de buena fe, trataba de tomarse la mayor cantidad de vino de una sola vez, sin darse cuenta que el Chusclin escupía cada sorbo. Muy pronto el Cóndor comenzó a sentir dolor de cabeza y para aliviarse se ató un pañuelo a modo de vincha. En ese menester se dio cuenta de la trampa de su adversario, lo insultó y se le fue a las barbas. Chusclin, viejo pendenciero, lo esperó sereno y confiado, y con un certero golpe le hizo sangrar la nariz. El Cóndor sólo se defendía y en la pelea, el pañuelo que se había atado a la cabeza se le corrió y desde entonces lo lleva en ese lugar como un sello distintivo: es la colilla que lleva en su cuello. © |