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Escrito por Oscar I. Márquez
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martes, 23 de octubre de 2007 |
Los guaraníes descendientes de esa aguerrida raza, comentan esta leyenda que aseguran sucedió posteriormente a la llegada de los españoles.
En el año 1526 y a bordo de una carabela y otros barcos, Don Diego García, después de haber dejado atrás el Mar Dulce, remontaba el río Paraná con destino al fuerte Sancti Spiritu, para hacerse cargo de la gobernación del Río de Solís. Grande fue su sorpresa al llegar, ya que su puesto ya estaba ocupado por Sebastián Gaboto. Pasaron los días y los comandantes se abocaron a dilucidar el problema. Mientras tanto, el personal de tropa se entretuvo en recorrer la zona confraternizando con los guaraníes, quienes se mostraban hospitalarios. Así fue que en esas salidas, una india conoció a un soldado de Diego García y el amor brotó inconsciente. Durante el verano, García y Gaboto abandonaron el fuerte rumbo al interior en una misión, encontrando los enamorados el tiempo necesario para conocerse más y disfrutar de ese amor encendido. Ella le enseñó secretos ancestrales de la selva y nadaron en el Paraná. Juntos visitaron el barco en que él llegó de España. El español probó el chipa (pancitos de mandioca), el abati (maíz) y otras comidas nativas. Todo transcurría dulcemente, pero la relación entre indios y españoles se fue deteriorando rápidamente. Los indios les habían provisto de alimentos, les habían ayudado en la descarga de los barcos, trabajando para ellos, recibiendo en pago algunas herramientas de hierro y alguna que otra pieza. Los blancos no respondían equitativamente a los nativos; es más, humillaban con malos tratos a quienes les habían ayudado a sobrevivir. Cansados ya de la soberbia y el abuso de los visitantes, una noche los nativos incendiaron el fuerte. Tan sólo unos pocos sobrevivientes lograron refugiarse en uno de los barcos a la espera de los jefes. Este suceso hizo muy difícil el amor entre la india y el soldado. Cuando volvieron los jefes se encontraron con la tierra arrasada, por lo que decidieron regresar a España. El tiempo de la preparación fue muy triste para la bella india. Se acercaba sigilosamente al barco de su hombre, ocultándose entre arbustos y sauces llorones, tratando de ver a su amante aunque sea por unos instantes. Una mañana, grande fue su desazón al ver que los barcos, con sus velas desplegadas, se alejaban lentamente. La muchacha quedó como petrificada con la vista nublada por el llanto, hasta que las naves se perdieron en la distancia. Durante muchos días, la indiecita lloró sola el abandono. Hubiera querido tener las alas de los pájaros que la acompañaban en su tristeza o una rústica canoa, para seguir el barco. Sin que ella lo advirtiera, los Porá (espíritus buenos) se apiadaron de su sufrimiento yendo a pedirle a Tupa (Dios) que la ayudara. Y éste, en su infinita bondad, la convirtió en Camalote. Por fin se alejaba de la orilla, río abajo. Y es hasta hoy que el camalote sigue la corriente, río abajo, buscando hallar la estela de aquel barco español. © |