|
Una voz, al otro lado de los Andes Tiempo atrás, a raíz del reconocimiento que el Instituto Smithsoniano hizo de la cantante y compositora argentina Suni Paz, decidí iniciar una serie de artículos para homenajear a aquellos compatriotas que luchan por compartir sus artes, especialmente la música, con los coterráneos que se encuentran en esta tierra extraña. Dejé de lado a los ya famosos (todos conocen a Lalo Schifrin, por ejemplo) y me dediqué a buscar a aquellos que están bregando aún por llevar su mensaje y son tal vez más conocidos por el público estadounidense que por el nuestro. Mi sorpresa fue encontrar que fueran tantos estos artistas. Ya ustedes leyeron sobre Suni Paz, Guillermo Bordarampé, Esther Segovia, Hugo Waisinger y hasta un tano, como Angelo Calamera. Recientemente, Hugo Waisinger me envió la música para una zamba que había escrito y a la que no había podido encontrarle una lírica adecuada. Le escribí un poema titulado “Volverás”, que resultó de su agrado y me lo devolvió completo, cantado por una voz que parecería haber sido creada por Dios para cantar solamente esa música. También me mandó un CD con la fotografía que aparece en este artículo. Busqué en el Internet y lo que leí, junto con lo que tenía en las manos, conformaron una personalidad que me obligó literalmente a saltar la Cordillera y apropiarme, en nombre de todos, de este orgullo, porque nos pertenece a todos. El copigue en los labios y el rostro cincelado en la forja del Arauca se aprecian en la foto. La voz no la describe mi limitado acceso a la lengua de Cervantes; tendrán que escucharla, pero aquí va una breve biografía: Lichi Fuentes nació en el pueblo de San Fernando, dos horas al sur de Santiago de Chile, miembro de una familia profundamente musical. La menor de siete hermanos, ella era la única que por ser muy pequeña no tocaba ningún instrumento, hasta que a los seis años contrajo una enfermedad que la mantuvo en cama por varios meses y recibió como regalo, para entretener las horas aburridas, una guitarra. Ese fue el instrumento, el medio. La música, como un soplo divino, ya estaba en el alma. A los diecinueve años ingresó en la escuela de música de la Universidad de Chile. En la universidad formó el primer conjunto vocal femenino y luego el grupo Araucaria, ambos enrolados en el canto de la “Nueva canción”, basado en raíces folclóricas y populares, con líricas de contenido socio-político. En 1980 emigró para radicarse en la ciudad de Berkeley, California, donde fue invitada a unirse al grupo “Raíz”, llevando la Nueva Canción por Sudamérica y Europa y grabando tres discos. En 1987 formó el cuarteto femenino “Altazor”, grabando dos discos. Actualmente es profesora de música en escuelas públicas y se dedica más extensivamente a trabajos solistas. Acaba de salir a la venta su CD llamado “Quién soy” y se encuentra trabajando en otros, incluyendo uno en el que canta la zamba que tanto me impresionó. Una gran artista y alguien a quién, apenas conociéndola, me une no sólo una comunión artística sino un respeto tremendo por sus ideales músico-sociales. Creo que por su voz valía la pena cruzar la cordillera. ®
|