|
Los expatriados por elección |
|
|
|
Escrito por Lorna Silva
|
|
lunes, 13 de agosto de 2007 |
Los anuncios recientes de la estricta aplicación de las leyes inmigratorias existentes representan un paso atrás en la búsqueda de una justa reforma que ayude a solventar la situación actual para los inmigrantes, empleadores y todos aquellos preocupados por la deficiente seguridad en todas las fronteras.
Cuando se habla del tema de inmigración, las primeras caras que vemos son las de los trabajadores anónimos que se dedican a realizar las labores que muy pocos nativos están dispuestos a hacer, como los trabajos más duros de agricultura y limpieza. En este país, y sobre todo en California, esas caras se identifican con la bandera mexicana. La realidad es que los inmigrantes representamos todos los colores del arco iris y provenimos de cada rincón del continente americano y del mundo; llegamos a este país por todo medio posible, cruzando desiertos y mares, ya fuere rompiendo toda ley conocida o siguiendo cada uno de sus puntos y rayas. Nos impulsa el saber que tenemos mucho para ofrecer, y que nuestros países simplemente no lo pueden o no lo saben apreciar. A excepción de algunos pocos afortunados, los demás, sin importar nuestro lugar de origen o condición social, atravesamos un infierno personal al sentir el peso de la ausencia de lo que dejamos atrás y el paso del tiempo. Para muchos, el infierno comienza en la jornada; para otros al llegar al punto de destino. Tratamos de escapar de circunstancias como el hambre, la guerra, la pobreza, la falta de oportunidades o simplemente nos impulsa el deseo de aventura. Los que venimos en pos del sueño americano no buscamos ser destinatarios de lástima ni regalos; lo mucho o lo poco que logramos lo hemos ganado con lágrimas, sudor y a veces hasta sangre. Por eso, tenemos que ser más rápidos, fuertes, listos e indudablemente mejores si queremos progresar. Estamos obligados a probar que eso que nos hace diferentes, como el acento o la apariencia, no interfiere con nuestra destreza y rendimiento. Si bien los números respaldan la imagen del inmigrante como mano de obra barata, hay otra cara de este éxodo: la fuga de cerebros de los países que más nos necesitan. Aceptamos lo que sea con el fin de lograr la meta final de ganarnos la vida dignamente usando al máximo nuestro talento y las oportunidades que se ofrecen. Muchos llegamos por la puerta ancha, con todos los papeles en regla y pensamos que la situación de los demás no nos afecta. Pero un día, de la noche a la mañana, todo puede cambiar. Nuestro propio descuido, o el monstruo de la burocracia, nos arranca el preciado estatus y nos queda únicamente el dilema de qué hacer ante ese abismo. Los que eligen la dignidad sobre cualquier cosa optan por volver a su país antes de sufrir el estigma de ser ilegal. Otros, por instinto de supervivencia, testarudez o simple osadía, decidimos quedarnos, ya que para nosotros la vuelta atrás ya no es una opción. Los que nos pensábamos intocables, creíamos que las redadas de la “Migra” nunca nos iban a afectar, hasta que descubrimos que sin la preciada ciudadanía lo podemos perder todo, hasta “la verde”. Hoy en día, un error de cualquier tamaño ya no tiene perdón para quien no nació en este país. Si bien esta es una de las democracias más libres del mundo, al enfrentar una injusticia, los inmigrantes contamos con menos derechos y menos recursos que puedan mover la balanza a nuestro favor, sin importar qué tan ejemplar haya sido nuestra vida hasta ese entonces. No se puede negar que llegamos aquí por voluntad propia y como tal dimos nuestro acuerdo tácito de obedecer el estado de derecho imperante. Al mismo tiempo, no se puede tapar el sol con un dedo y seguir aduciendo que la economía capitalista de los Estados Unidos puede seguir funcionando sin el ingenio y el trabajo de los inmigrantes. Los “sin papeles” tratamos de empequeñecernos, hacernos invisibles. Pero ¿cómo puede haber tantos millones de hombres y mujeres invisibles sin que esa presencia sea palpable? ¿Es borrarnos del mapa la única alternativa? El temor de la situación actual nos ha hecho reaccionar y hacer sentir nuestra voz estrepitosamente en las calles, aunque eso haya quedado, al final de cuentas, en mucho ruido y pocas nueces. Me refiero a un plan de reforma inmigratoria que, aunque amplio, dejaba a los más por fuera y que terminó en nada en la legislación. Podemos seguir gritando y pataleando hasta quedar sin aliento. La derecha conservadora muy probablemente no nos supera en números; no obstante, montó su propio berrinche más eficazmente, ya que ellos cuentan con algo que nosotros no tenemos: votos. De la única manera que dejaremos de ser invisibles es haciendo que nuestra voz sea escuchada por aquellos que pueden transmitir nuestro mensaje donde más cuenta: la mesa electoral. Muchos no podemos votar… aún, pero podemos cambiar el curso de las siguientes elecciones. Si no podemos convencer a más ciudadanos a que se unan a nuestra causa, podemos impulsar a quienes tienen la ciudadanía a la vuelta de la esquina a que no demoren en obtenerla. Para bien o para mal, esta parece ser la única manera en que se puede llegar a una solución decisiva. Ya que con voz, pero sin voto, vamos a seguir en nada. ® |
|