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Estamos hablando de la separación de las ramas guaraní y tupí, dentro de la raza común. Sabemos que los guaraníes ocupaban el área de lo que es hoy la República del Paraguay, la Mesopotamia argentina, y partes de Bolivia y Brasil. Los Tupíes a su vez ocupaban la costa del Brasil, aproximadamente dentro de lo que es hoy Río Grande del Sur. Esas tribus pertenecían a una misma raíz y se supone que estuvieron un tiempo unidas. Según algunos historiadores discurren que dos hermanos, Tupí y Guaraní, arribaron con sus respectivas familias, embarcados de la mar, a Cabo Frío y después al Brasil. Fue en vano su búsqueda aquí de hombres que le hicieran compañía; sólo encontraron montes y selvas habitadas por fieras salvajes. Ante el esfuerzo inútil, resolvieron fundar una ciudad para vivir. Allí vivieron muchos años haciendo una hermana sociedad y gozando de una fructífera alianza, creciendo sus familias de tal manera, que al cabo de un largo tiempo, fue el origen de muchos males. Las discrepancias no se hicieron esperar, y bien pronto se encendió entre ellos la guerra civil. En ese tiempo (como hoy) la división fue causada por dos mujeres casadas con dos hermanos, cabezas de numerosas familias. Viendo que esa lucha fraticida los iba a consumir, pusieron fin a la misma resolviendo de mutuo acuerdo, dividirse y separarse. Tupí como mayor y de la más numerosa descendencia, se quedó en el Brasil, que ya ocupaba, y Guaraní, el menor, con los suyos bajó al Río de la Plata y fijó al sur su morada, quien vino a ser a la larga el progenitor de una numerosa nación, que con el tiempo se extendió por las márgenes del río, y hasta Chile, Perú, y Ecuador. En ésta, como en otras leyendas, se ha querido ver la mano de los jesuitas, estimándose que en la historia de Tupí y Guaraní han querido aplicar en América la anécdota de Abraham y Lot a fin de sustentar la posición monogenista, tan cara a todas las religiones. ®
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