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Escrito por Oscar I. Márquez
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miércoles, 21 de marzo de 2007 |
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Fue en la soledad de los campos, una noche de invierno. Nevaba. Sobre lo alto de una loma, toda blanca, desnuda, apareció una forma blanca también, como el caminante cubierto de nieve. En derredor de esa forma flotaba una claridad que venía, no de la luz, sino del limbo de una fuente. El caminante era Jesús. Allí donde se eriza el suelo de ásperas rocas, un bulto negro se agita. Jesús marcha hacia él; él viene como receloso a su encuentro. A medida que el resplandor divino lo alumbra, se define la figura de un lobo en cuyo cuerpo escuálido y en cuyos ojos de siniestro brillo está impreso el ansia del hambre. Avanzan: párase el lobo al borde de una roca, ya a pocos palmos del Señor, que también se detiene y le mira. La actitud mansa, indefensa, reanima el espíritu del lobo. Tiende éste el descarnado hocico y aviva el fuego de sus ojos famélicos. Ya arranca el cuerpo de sobre la roca... ya se abalanza a la presa... ya es suya... cuando El, con una sonrisa que se filtra a través de la inefable suavidad de sus palabras, le dice: -Soy yo. Y el lobo, que oye en el rapidísimo espacio de atravesar el aire y caer sobre El, en el mismo rapidísimo espacio muda maravillosamente de apariencia, se transfigura, se deshace, se precipita en lluvia de fragantes flores. A los pies de Jesús, entre la nieve, las flores forman como un manto perfumado. El Señor, mirando las flores que a sus pies había, hizo sonar los dedos como quien llama a un animal doméstico. Entonces, de debajo del manto de flores, se levantó, cual si despertara, un perro grande, fuerte y de mirada dulce y noble, de la casta de aquellos que en la senda del monte San Bernardo, van en socorro del viajero perdido. †
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