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Nota de Tapa: Un País De Ficción Imprimir E-Mail
Escrito por Luis Alberto Lecuna   
martes, 29 de noviembre de 2005

En los últimos tiempos, es muy frecuente encontrar en muchas calles de la geografía porteña a una gran cantidad de camiones estacionados sobre una vereda, unos atrás de otros: modernos furgones con cajas y acoplados de color plateado, llenos de equipos de iluminación, cámaras y demás elementos de filmación. Cables por doquier, luces y pantallas, y un hormiguero de asistentes que con su labor recrean una atmósfera hollywoodense en la sorprendente tierra de los argentinos.
Efectivamente, este país de ficción se ha convertido en una de las mecas de los hombres y mujeres de la industria del celuloide del mundo entero.
Jean-Luc Godard, Alain Resnais, Chris Marker, Agnés Vardá y Todd Solondz son algunos de los cineastas que han participado en el reciente VII Festival de Cine Independiente. Otros, como el famoso y controversial Spike Lee, vinieron simplemente a filmar comerciales para cine y televisión. Otros, arribaron para filmar sus “opera prima”.
Es que este país del confín del globo tiene características demasiado atractivas para los hacedores de mundos imaginarios: ya de por sí, aquí la realidad supera a la ficción, y por eso es interesante abrevar de esta fuente de historias inverosímiles y fantásticas. Por ejemplo, encontrarán aquí una escena política en la que un mismo partido continúa en el gobierno ante la falta de oposición y asume distintos roles e interpretaciones de la ideología política (derecha, izquierda, centro, neoliberal, socialdemócrata). Este mismo partido que vive reciclándose para permanecer en el poder mientras intenta arreglar los desastres que hizo el antecesor de turno, es avalado por las mismas cámaras legislativas que primero aplaudieron la entrada en default para luego aplaudir la salida del default.
Además, los cineastas del mundo cuentan con una ventaja adicional: los costos absolutamente económicos de la mano de obra nacional, desde operarios altamente calificados hasta obreros, asistentes, artistas y extras. Venir aquí con euros o dólares, es poco menos que un festín.
Los que tienen muchos verdes, se han comprado el país: millones de hectáreas de tierras fértiles a tranquera cerrada, con ganado y fuentes acuíferas incluidas, y ni hablar de los intereses nacionales estratégicos, porque con ese tema ya los tengo aburridos a los lectores de El Suplemento.
Los cineastas, por su parte, pueden realizar sus producciones a muy bajo costo, dado que como es vox populi, mientras los inmuebles han aumentado un 140% desde el default, los salarios locales aumentaron un magro 20%.
Los únicos que pueden tener problemas en estos lares afectos al realismo fantástico son los guionistas de cine y TV, especialmente los enrolados en la ciencia ficción.
Pensemos, por ejemplo, en Herbert George Wells, el escritor que creó en 1895 al héroe de su novela viajando en una máquina del tiempo ochocientos mil años, para encontrar... lo mismo que encontraría hoy en día en Argentina.
En realidad, la ciencia ficción existía en nuestro país antes de que H. Gernsback inventara el término en 1911. Antes de esa fecha, teníamos una Argentina donde la clase dirigente tiraba manteca al techo, viajaba asiduamente a París y Londres con “la vaca atada” en algún lugar de los transatlánticos para tener leche fresca durante el viaje, y luego en esos mismos barcos traían de regreso fastuosas casas y mansiones en piezas, que luego hacían construir en la zona norte de Buenos Aires o en Mar del Plata. Se daban el gusto de tener, en la pampa o frente al mar, una imagen similar a Biarritz u otros lujosos balnearios europeos que se engalanaban con el garbo de los argentinos manirrotos, los mismos que se codeaban con la high society de la época, bailando el tango y hablando francés.
Borges decía que el peligro de la ciencia ficción es la tendencia a la exageración, al gigantismo… Otra opinión erudita que abona la idea de que Argentina es un país de ficción.
Pero volvamos a H.G. Wells y su “The Time Machine”. ¿Para qué viajar miles y miles de años en el tiempo, si acá nomás, en el patio del fondo del primer mundo, podemos ver la misma escena que vio el George interpretado por Rod Taylor en 1960 o más recientemente Guy Pearce en el rol de Alexander Hartdegen? Sólo que en esta versión que se puede observar cotidianamente en Argentina, hay una variante más perversa que la del texto original: los morlocks no necesitan estar en sus cuevas subterráneas, pues han adquirido la capacidad de mimetizarse entre los humanos, para tenerlos más a mano a la hora de comérselos.
Lo que los diferencia, más allá de la similar apariencia exterior, son las actitudes: los humanos inocentes que en la novela de Wells vivían en su mundo de ilusiones, y que servían de alimento a los morlocks, aquí se llaman “argentinos honestos”.
Por su parte, los morlocks argentinos adquieren distintos nombres y roles, pero todos se asocian en un único objetivo: alimentarse de los argentinos honestos, para satisfacer su propio apetito económico a costa de los demás -en el caso de los privados- o para darle de comer al paquidérmico aparato burocrático estatal, a ese morlock representado por un estado sobredimensionado.
En el previsible marco de esta sociedad corrupta y exitista, banal y sin escrúpulos, de valores subvertidos y signada por la ley de la selva, los estafadores se las ingenian para ser reconocidos como ilustres ciudadanos al tiempo que guardan su dinero en paraísos fiscales, mientras los honestos sufren el escarnio de su ilusa sed de justicia. Aquí los grandes ladrones son intocables y los pobres chichipíos son perseguidos con saña; los morlocks pueden ser comerciantes, gobernantes, oficiales de justicia, miembros de la Administración Federal de Ingresos Públicos, ejecutores de leyes injustas o del propio credo ideológico del morlock, basado en los conceptos de amorodio (ErosTanatos) que se podría sintetizar en estos términos:
“Si estamos hechos de amor y agresividad, lo que está frente a nosotros, que es el prójimo y la naturaleza, se constituyen en los interlocutores válidos para ejercer sobre ellos y de acuerdo a nuestros intereses y pulsiones, nuestro amor y nuestra violencia innatas. El mundo está hecho para quien tiene la decisión y las agallas para apoderarse de él. O comes o te comen. No hay alternativas. La vida es una lucha donde prevalece quien sea más fuerte física y/o psíquicamente dotado. La Historia de la Humanidad así lo demuestra. La historia de las naciones y el accionar de los gobiernos lo ratifican. Y los libros son escritos siempre por los vencedores.
La Ley no está hecha para ser respetada sino para aprovecharse de ella para satisfacer nuestros objetivos a costa de los honestos, que representan el objeto con el cual podemos satisfacer nuestras tensiones y pulsiones, nuestro afecto y nuestra agresividad que necesitan ser liberadas. Pero como uno representa lo mismo para el otro, y como no sabemos si quien se acerca a nosotros lo hace por desinterés y amor o por afán de destruirnos, y no sabemos si es un ciudadano honesto o un morlock, entonces es menester llevar siempre la iniciativa para evitar ser víctima de las pulsiones negativas que todo el mundo tiene. No está mal abusar del otro, engañarlo con bellas palabras, prometerle y no cumplirle, explotar para propio beneficio sus capacidades y talentos, deshonrarlo, humillarlo, ocasionarle sufrimiento físico o moral o ambos a la vez, martirizarlo, enlodarlo con injurias y apoderarse de todo o parte de su patrimonio con sutileza y astucia para lograr concretar nuestros propios proyectos, ya que si uno no lo hace, el otro puede hacer lo mismo con nosotros, pues el prójimo en cuanto ser humano que es, tiene en su esencia como nosotros, el Eros y el Tanatos”.
La implementación de este corpus ideológico alejado de la ética, el respeto, la solidaridad, está siendo llevada adelante en la Argentina de los últimos tiempos con magistral eficiencia. Los morlocks viven, sobreviven y/o se enriquecen a costa de los honestos, que por ingenuos, por creer en los discursos de los presidentes de turno, por apostar al país, fueron perdiendo su capital, sus empresas, su fortuna, sus ilusiones, su salud.
Los que se transformaron en morlocks y se rieron de tantos slogans como “El que apuesta al dólar pierde”, “el ahorro forzoso se devuelve”, “síganme que no los voy a defraudar” o “éste es un país en serio”, gozan de buena salud, y no sólo no han perdido nada, sino que siguen enriqueciéndose a costa de los ilusos honestos buenudos.
Para mí, el nuestro va a comenzar a ser un país en serio, cuando se arbitren las medidas para darle a la educación de los argentinos el rol protagónico que hoy no tiene, porque entre la expresión de deseos y la realidad, hay un abismo: la educación argentina está desde hace muchos años en franca decadencia. Los colegios de gestión privada siguen cerrando sus puertas sin que nadie haga nada, la educación infantil y primaria está muy desactualizada, la educación secundaria es un desastre, y sólo el 20% de los universitarios se recibe.
El pilar fundamental para poder afrontar con éxito los retos de competitividad del siglo XXI es la educación. En la educación está el proyecto de sociedad futura. Si queremos saber qué país vamos a tener, miremos cómo funciona hoy la escuela. Y hoy en Argentina, la escuela en particular y la educación en general, no nos muestra un futuro feliz.
El gobierno debería tomar inmediatamente la firme decisión de desarrollar políticas educativas que generen credibilidad en los ciudadanos y que nos permitan competir en una economía globalizada a pesar de las enormes dificultades estructurales que tenemos. ¡Son tan sencillas las medidas que habría que tomar...! Pero no hay caso. No hay peor sordo que el que no quiere oir.
Al menos la novela de Wells tiene final feliz, pues las víctimas de los morlocks terminan rebelándose y venciendo. Aquí no. Aquí el final es abierto, y tristemente previsible: la revolución de los honestos no se avizora en el horizonte, y en tanto esto no sucede, los ilusos siguen siendo el alimento de tantos morlocks que pululan en los ámbitos oficiales y privados, muchas veces incluso amparados y avalados por leyes laborales, impositivas, educativas…
Disculpe mi escepticismo, estimado lector, pero es que aquí, los morlocks están ganando por afano. Ø

 
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