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Tener la posibilidad de compartir la vida con alguien con quien comunicarnos afectivamente... generar un vínculo, ser feliz. Cuidar a quien nos cuida... amorosamente. ¿A quién no le gusta? Raramente uno tiene la posibilidad de comprender racionalmente lo que impulsa a comenzar un romance. Intervienen las emociones y otros factores que escapan a ser analizados, por lo menos en ese momento inicial de una relación. Conocer a alguien y sentir una atracción nos lleva a fijarnos en esa persona de manera especial. Físicamente nos gusta, ese es el primer eslabón. Luego se van combinando otros factores, hasta que se establece el vínculo de pareja. ¿Qué hace que sea una relación sana, con futuro y que proporcione bienestar a ambos? El enamoramiento, la suprema sensación de haber conocido a quien profetiza una felicidad deseada... esa mezcla de locura transitoria y revolución hormonal. Muchas veces evoluciona en una relación feliz. Otras, no tanto. Por mucho que los estudiosos de la conducta humana quieran dar una explicación científica a estos hechos, no hay manera de determinar el cómo o el por qué uno se enamora de alguien. Tampoco definir por qué se rompe el encanto y ese comienzo promisorio llega a desaparecer. Lo que sí sabemos, es que ese vínculo tiene más probabilidades de crecer y perdurar cuando la relación con nosotros mismos es buena. Esto es, para elegir pareja, nos encontramos en un punto de partida más adecuado si nos conocemos, si nuestra autoestima no está por los suelos, si somos más o menos concientes de nuestros límites y, por lo tanto, gozamos de libertad para decidir. Amar -no aferrarse Si no tenemos resueltos problemas personales antiguos o presentes, la relación tendrá dificultades. No podemos prosperar en un vínculo sano cuando no hemos aprendido a querernos, aceptarnos, respetarnos. O sea, se establecen dependencias insanas debido a carencias propias no resueltas. Si no nos amamos será difícil que aceptemos el amor que nos ofrecen. Sucede como cuando se recibe un piropo: quien no está a gusto con su imagen no lo agradecerá ni se lo creerá, e incluso, no lo tolerará. Si no nos consideramos merecedores de ser amados, la otra persona no podrá modificar ese nefasto prejuicio. Si no nos reconocemos con dignidad y derecho a respeto, difícilmente pediremos ser tratados como merecemos. Si no conocemos nuestros límites, potencialidades y ritmos, viviremos desdibujados, invadiendo el espacio del otro y permitiendo invasiones en nuestro espacio íntimo y personal. Evitemos relaciones no saludables - ¡No somos media naranja! Aunque con carencias, somos unidades enteras que tienen que responsabilizarse de su propia felicidad. - No hay que ser todo de la otra persona: "Sin ti no soy nada". Aferrarse a la pareja muchas veces quita libertad y autonomía. - El verdadero amor no es fundirse con la otra persona, la fusión con la pareja es imprescindible en momentos puntuales, para lo cual hay que saberse un ser único y separado. - Juntos para todo, nunca. La pareja ha de comunicarse y compartir, pero sólo se podrá compartir un espacio cuando éste se posee, cuando cada cual tiene su parcela que mima y enriquece para uno mismo, del que después hará cómplice al otro. - Haz feliz a tu pareja y tu pareja te hará feliz a ti. El amor no es tan simple. La felicidad sólo puede ser compartida y ofrecida cuando cada una de las partes es feliz por sí misma. Entonces se podrá ser generoso y compartirla con el otro. - Hay que ser un incondicional del otro: un error. Si la pareja no nos corrige cuando debe hacerlo, tampoco nos aplaudirá. Si se impone la condescendencia generada por la obligación del vínculo, es muy fácil terminar en la indiferencia. - Hay que ser adivino del otro: esto no es magia, nadie puede saber con certeza qué piensa y qué siente su pareja. Jugar a adivinar o ser adivino genera incomunicación. Pero necesitamos ser escuchados. - Los problemas de pareja no se comentan: el silencio puede matar; no se trata de aguantar y luchar por el matrimonio, se trata de mejorar uno mismo. Hay que recuperar a la persona. Tal vez así la pareja pueda funcionar. En estos tiempos de crisis no hay distinción a la hora de sentirse solos o frustrados. La soledad compartida, los monólogos, la comunicación escasa o nula, son dolores muy profundos... Ocuparse de mejorar uno mismo hará que la elección de la pareja sea más prometedora. †
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