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Escrito por Oscar I. Márquez
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martes, 20 de febrero de 2007 |
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Prisionero del progreso sueña el Maldonado. Por Buenos Aires corre un arroyo que nadie ve. Cuentan que está muy triste. Parte de su caudal no son sino lágrimas, lágrimas que lloran de pena, porque todos pasan sobre él sin advertir su presencia, porque ya no puede jugar a lanzar destellos de sol, o ser el espejo turbio de muchas caritas sonrientes. Tal vez vos mismo no hayas advertido a quien algunas veces corre bajo tus pies, esperando que escuches el canto de sus aguas mansas para contarte su desdicha. Es que el arroyo Maldonado está preso. ¡Sí! Preso en un larguísimo conducto de hierro y cemento. Fue entubado en 1929 y sobre él construyeron mas tarde la Av. Juan B. Justo. Sueña. ¿Qué sueña? Que fluye libre otra vez, salpicando sus orillas con su delgado hilo de agua. Saludando mil puentes a su paso en cada barrio y escuchando el “talán” del tranvía 96 que atravesaba uno de ellos y al darse la mano con el Río de la Plata en la desembocadura, ensancharse, para admirar el color de los ceibos y consolar a los sauces llorones. Pero sobre todo añora los días en los que era el sitio preferido de los chicos. Para remontar barriletes, construir guaridas en sus barrancas y asustar a los vecinos por las noches, disfrazados de fantasmas con luces y todo. O para salir a navegarlo como consumados marineros, en lanchas improvisadas con cajones, en una aventura extraordinaria. Cierto que a veces se portaba muy mal. Era cuando se alborotaba e hinchaba la barriga, desbordándose; entonces todo era susto e inquietud. Por eso lo enjaularon en el gran tubo de cemento. Por él, hoy canta su tristeza a quien quiera escucharlo. Si andas por Buenos Aires y prestas atención, entre el ruido de la ciudad, tal vez un cosquilleo bajo tus pies y un murmullo turbio, te anuncie que el Maldonado quiere contarte tus secretos. †
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