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Maestrita II y otras cosas de inmigrantes Imprimir E-Mail
Escrito por Rodolfo Spadano   
martes, 22 de noviembre de 2005
No, no se asusten al leer el título; esta anécdota no se refiere a las virtudes inconmensurables del alma criolla, sino que, por el contrario, demuestra que la nobleza y el amor, lo mismo que la maldad, no son patrimonio exclusivo de un pueblo o una raza. Esto que voy a contar nos ocurrió en Estados Unidos. Primero, para que se pueda comprender, debo poner en perspectiva las circunstancias de nuestra inmigración. Con muchos sacrificios y ahorros, antes y después de casados, habíamos conseguido edificar una casita pequeña, un dormitorio, medio baño sin bañadera, y mal o bien teníamos transporte. Mi esposa se la rebuscaba con el inglés, ya que lo había tenido como segundo idioma en la secundaria y yo, que lo había estudiado por cinco años en ICANA y era jefe de ventas de una compañía de Estados Unidos, lo hablaba a la perfección. ¿Cómo explicar entonces que nuestra hija Silvia, de 7 años, no sabía decir siquiera “buenos días” en ingles? Es que nunca se nos había pasado por la cabeza que alguna vez emigraríamos. Pero el flaco Frondizi fue derrocado, las ventas en mi compañía (y en casi todas las otras) comenzaron a caer y la mufa subió al punto que nos fuimos a la Embajada Americana y en unos pocos días tuvimos la visa de residencia permanente.
Llegamos el 11 de junio de 1965 y alquilamos un departamento de dos dormitorios en un barrio de clase media donde no había una sola persona que hablara castellano; los únicos no-americanos eran algunos eslavos que llevaban muchos años en Estados Unidos.
Al día siguiente, nuestra vecina de la derecha, Bárbara, se apareció con una torta, y dos días después, la pareja que ocupaba el departamento de atrás, de apellido Wimp, nos invitó a cenar. No tenían niños; ella era programadora de computadoras y él estaba en la universidad estudiando psicología. Tenían una cultura extraordinaria y después de la cena ella trajo la versión de la Misa Criolla con los Fronterizos, editada en Estados Unidos y con traducción en inglés.
Una semana después Silvia tenía fiebre muy alta, como a las once de la noche, y yo, acostumbrado al pediatra de Buenos Aires que venía a cualquier hora de la noche, me puse a recorrer las Páginas Amarillas, buscando uno. La respuesta fue la misma cantinela de siempre: “Déle dos aspirinas y llame por la mañana”.
Finalmente, un tal Dr. Basil Spirtos contestó y me dijo: “Termino de atender a una paciente y voy para allá”.
Llegó a la una de la mañana, le encontró a mi hija una infección de garganta y le dio una inyección de estreptomicina. Cuando saqué la billetera para pagarle, miró el desilachado sofá, que era el único mueble en el living, después de haber visto la cama del Ejército de Salvación en donde estaba Silvia y me preguntó: “¿Trabajás ya?” Le contesté que no. “Entonces me pagás cuando trabajes”. Casi me desmayo.
Un par de meses después tuve un absceso cutáneo y el Dr. Spirtos me lo extirpó. Cuando le fui a pagar me hizo la misma pregunta, pero esta vez le dije con orgullo “¡Si!” Y entonces sí me aceptó el pago, pero agregó: “Y ahora te buscás un médico, porque no se si te diste cuenta que yo soy ginecólogo, y ustedes son los únicos pacientes que tengo que no son mujeres embarazadas. Cuando pienses tener más chicos, me venís a ver”. Y el Dr. Spirtos fue quien trajo al mundo a mis otros dos hijos. Había hecho todo por consideración a nuestra situación.
Las atenciones recibidas como inmigrante son muchas para contar, pero hay una muy especial por las consecuencias permanentes que tuvo en nuestra familia. Llegó el momento en que Silvia comenzaría la escuela. Había tenido cinco meses de primer grado en Buenos Aires, y debido al nivel tan exigente en esos tiempos ya sabía sumar, restar, multiplicar, leer y escribir. Aquí querían ponerla en segundo o tercer grado, pero nosotros nos opusimos por el problema del idioma, ya que no había educación bilingüe en esos tiempos.
Esta escuela era la más linda que he visto. El edificio no daba a la calle, estaba en el medio de una manzana de parque circundado por un cerco de hierro forjado, los padres dejaban a los chicos en el portón y éstos caminaban por el pasto o los caminos hasta sus respectivas aulas.
De todos modos hubo un problema: le tocó una maestra vieja y conservadora. Nunca falta una manzana podrida en cualquier canasta. Le gritaba a mi hija en frente de toda la clase: “Pero esta niña no me comprende”, y Silvia iba y volvía de la escuela llorando.
Preocupados y reconociendo que la culpa principal era nuestra, por no haberle enseñado inglés, fuimos a ver a la directora, quien trasladó a Silvia a otro primer grado, dictado por una maestra debutante de apellido Luke. Esta nos dijo enseguida: “No se preocupen, de esto me ocupo yo, vengan mañana quince minutos antes del horario”.
Al día siguiente, Miss Luke estaba en el portón esperando, se hincó y besó a Silvia en la mejilla, le puso su brazo derecho alrededor de los hombros y se fue caminando con ella hasta el aula, hablándole con el tono más dulce imaginable. Miss Luke no hablaba una palabra en castellano pero pienso que el amor no necesita traducción.
En una semana Silvia estaba contenta de ir a la escuela, y como estaba adelantada en todas las otras materias la pasaba muy bien.
Al fin de año Silvia nos anunció que, cuando fuera grande, sería maestra, y así lo hizo.
Al año siguiente compramos la casa donde aún vivimos, muy lejos de esa escuela, y nunca más supimos de Miss Luke, sólo que se había casado y que su nuevo apellido era Mertha.
Hace un par de años, en un día lluvioso cuando estaba tratando de escribir algo y nada salía, me puse a pensar en esto y decidí escribir una carta a “Dear Abby”, en el periódico Los Angeles Times. Mi carta fue publicada.
Días después, Silvia, cuyo apellido de casada es Bobluk, estaba corrigiendo deberes en la escuela, cuando entraron dos colegas con el diario en la mano. “Silvia, mirá que historia tan linda, y se llama Silvia como vos”. Silvia lo leyó y pegó un grito: “Esa soy yo, mi apellido de soltera es Spadano y el que escribe la carta es mi padre”.
No muy lejos, en San Diego, dos vecinos llamaban insistentemente a la puerta de una maestra retirada: “Mirá, le decían mientras agitaban el diario, sos famosa: estás en el Times”
Era cerca de Navidad y recibimos de Mrs. Mertha una carta emocionada y emocionante hasta las lágrimas.
Hay profesiones que tratan con el público y que traen muchas recompensas espirituales, pero el magisterio trata con los niños y no es una profesión sino un apostolado. Ø
 
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