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Leyenda Araucana: El Ñancú-Lahuén Imprimir E-Mail
Escrito por Oscar I. Márquez   
martes, 29 de noviembre de 2005
El Ñancú batía sus alas en el cielo de Chosmalal. Los indios miraban atemorizados su vuelo; sus alas desplegadas, blancas muy blancas contra el azul de ese cielo, proyectaban una sombra negra, amenazadora, sobre la tierra.
-Mal presagio: vuela de izquierda a derecha decían los ancianos. - Mal presagio- repetían todos.
En tanto el Ñancú seguía volando, cada vez mas alto, hasta perderse en las cumbres de la cordillera. Era en la tribu de Antumillán.
¿Qué habrá de pasar? ¿Qué mal nos acecha? Las preguntas no eran pronunciadas por ninguna boca; sin embargo, estaba en el pensamiento de todos. Casi ni hablaban por temor de enojar a los dioses.
El anuncio de Ñancú se hizo realidad: Antumillán, el muy amado cacique, enfermó de un mal desconocido. Nada calmaba sus terribles dolores. Sus piernas se paralizaban poco a poco y su voz era sólo un lamento.
¿Qué mal terrible era aquel que le hacía temblar de pies a cabeza?
¿Qué enfermedad se había apoderado de su cuerpo fuerte? El bravo cacique sufría y se iba agotando como árbol con la sequía. Todas las hierbas, las hojas y las raíces de las plantas curativas se habían probado sin resultado. Todas las plegarias se habían elevado a los dioses. Pero nada. Antumillán moría sin remedio y toda la tribu veía con dolor como se apagaba la vida de su jefe, el más bueno y valiente de cuantos hubieran conocido. Sufrían y lloraban sin comprender aquello que consideraban tan injusto. Pero ninguno tanto como la india Curuñé; ella estaba enamorada de Antumillán y le amaba más que a nada en el mundo. En silencio, sin que nadie lo supiera. Su amor era tan grande que hubiera hecho cualquier cosa por salvarle la vida.
“Sólo la hierba milagrosa, la que esconde el pájaro agorero, el Ñancú-Lahuén puede salvarlo”. Las palabras del hechicero doblaron el dolor de todos. Era sabido que el Ñancú quería cobrar una víctima y que nadie podría encontrar la hierba. Muy alta debía estar. Muy alta. Como el Ñancú.
Curuñé partió de su comarca cuando el sol apenas asomaba. Nadie la vio partir. Empezó a ascender la montaña.
-Debo hallarla- se repetía una y otra vez. Si, sus pies tenían alas. Corría y saltaba las puntiagudas rocas. Sus pies sangraban, pero el deseo de llegar hacía que no sintiera dolor.
-Tengo que llegar, tengo que encontrarla, ¡es la vida de Antumillán! decía.
Casi arrastrándose seguía subiendo la cuesta, cada vez más empinada y difícil. El valle iba quedando lejos. Sólo roca y silencio; viento y frío.
¿Dónde escondía la hierba el Ñancú? ¿No sería demasiado tarde? ¡Ñancú! ¡Ñancú! -gritaba Curuñé.
Más arriba, más arriba debo ir, pensaba Curuñé. Ya no resistía más.
De pronto vio volar al Ñancú ¡tan alto! y describiendo círculos con las alas rígidas, hasta posarse en el filo de un peñasco. Desde allí la miraba amenazador. Fríos sus ojos. Fríos y penetrantes como el hielo de las cumbres.
¿Pero, es que alguien se atrevía a desafiarlo? ¿Es que esa débil muchachita pretendía llegar a sus dominios?
-Ñancú, Ñancú - suplicaba Curuñé. -Dime adonde está la hierba milagrosa!
Silencio.
¡Por favor! ¡Antumillán se muere!
-Aquí está. Ven a buscarla.
De donde sacó fuerzas Curuñé, nadie lo sabe; pero llegó a la cima, donde crecía la bienhechora planta.
-¿Tanto le amas?- preguntó el Ñancú.
-Todos le amamos- respondió Curuñé.
-Pero nadie como tú. Tu amor tiene la fuerza de mis alas y el poder los dioses. Pero Antumillán no lo sabe; él no te ama.
-¡Eso no importa! Por favor...¡dame la hierba!
-Está bien, te la daré; pero a cambio de tu vida, que así dejará de ser estéril.
Nada respondió Curuñé; sus ojos brillaban como la luz del verano. Emprendió el regreso: su alegría era tan grande que más que correr, volaba.
La planta devolvió la salud al cacique y todo fue fiesta y alegría en la tribu.
El Ñancú batía sus alas destacando su blancura en el cielo de Chosmalal. Sus giros de derecha a izquierda, indicaban que el ave sagrada había aplacado sus iras.
La felicidad volvía a reinar.
Nunca más volvieron a ver a Curuñé. Un día se fue a las cumbres y ya no regresó.
"Tu vida, a cambio, que así dejará de ser estéril", había dicho el Ñancú. Y así fue.
Unos dicen que su presencia está en las plantas de Ñancú-Lahuén, que crecieron en las laderas a su paso.
Otros, que convertida en ave acompaña al Ñancú en sus vuelos. Y que está a su lado para pedir piedad para todos los que aman. Ø
 
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