|
Escrito por Oscar I. Márquez
|
|
jueves, 21 de diciembre de 2006 |
|
El chingolo es un pájaro que camina dando saltitos y tiene un gorro como el que llevan los presos. Le gusta madrugar. Está de pie al amanecer, y lo primero que hace es saludar al alba cantando. Después, sin ninguna prisa, se peina, se abrocha los dos botones del chaleco y sale del nido en busca del desayuno. Come unas semillas o un insecto, se limpia el pico, vuela hasta la rama de un árbol y vuelve a cantar. Se pasará el día cantando. Ese es su oficio. Y lo hace bien. Dicen que el chingolo, este pajarito tan alegre y confiado y tan buen cantor, fue una vez un hombre grandote y forzudo. ¡Parece mentira! En el pueblo nadie lo quería; todos le tenían miedo. Los domingos se paseaba por la plaza sacando pecho y provocando a la gente, porque era muy pendenciero. Le gustaba armar camorra y pelear. Cuando el chingolo llegaba a un baile, hasta los músicos temblaban. ¡Quién lo ha visto y quién lo ve! Una vez se detuvo frente a un templo que los vecinos habían construido con mucho sacrificio y cariño. -No me gusta -dijo- tiene el campanario muy puntiagudo. Y de puro caprichoso lo volteó a puñetazos y puntapiés. Inmediatamente lo prendió la policía; lo engrillaron y lo encerraron en un calabozo. Ahí se le acabaron las fuerzas y la soberbia, y poco a poco se fue achicando. Una mañana al despertar, se dió cuenta de que no era un hombre sino un pájaro, con plumas y alas. Voló y escapó por entre las rejas del calabozo. Mírenlo. Todavía conserva los grillos y el gorro de presidiario. † 
|