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Grandes orquestas de tango de hoy, de ayer y de siempre: Juan D’Arienzo |
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Escrito por Miguel Eduardo Garriga
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lunes, 18 de diciembre de 2006 |
Los padres de Juan D’Arienzo, oriundos de Italia, llegaron a la Argentina para instalarse en el barrio de Balvanera, donde nació Juan un 14 de diciembre de 1900. Luego de estudiar violín en el conservatorio Mascagni, D’Arienzo formó un trío con Angel D’Agostino y con el bandoneonista Bianchi, a los que se unió después Ennio Bolognini.
Actuaron primero en teatros, salones como los de Laura y María la Vasca, y en algunos cines. El sexteto Los Ases, presentado en el cine Hindú en 1927, fue su primera experiencia orquestal, teniendo pronto acceso al disco en el sello Electra. Su etapa en el disco, con el cantor Carlos Dante, lo llevó a la consagración. En 1934 ya estaba en el cabaret Chantecler. La fuerza rítmica de su orquesta se impuso entre el público tanguero. De ahí surgió su apodo “El rey del compás”, que se le ocurrió al “príncipe” cubano Angel Sánchez Carreño. En 1936 participa y actúa en la inauguración de Radio “El Mundo” y es también convocado para el cine, actuando en “Melodías porteñas” y luego en “Yo quiero ser bataclana” y “Otra cosa es con guitarra”. Juan D’Arienzo siguió luego grabando con el sello Víctor, cuyos directivos advirtieron el filón que era su orquesta. Allí graba temas como “El Tarta”, “El Hipo” y “La Cumparsita”. Su fama llegó al Japón, desde donde lo invitaron varias veces, aunque nunca aceptó por su temor a los viajes aéreos, permaneciendo fiel al Río de la Plata. Así fue que trabajó en el Chantecler durante veintiocho años. En 1937 se presentó en el Teatro Solís de Montevideo y en el café Tupí Nambá de esa misma ciudad, en la que siguió actuando durante varias temporadas. De allí surgió el mito de que era uruguayo, versión que nunca desmintió, por cuanto consideraba que él era como el tango, mitad argentino y mitad oriental. La primera agrupación que accedió al disco se integró con Domingo Moro, Juan José Visciglio y Faustino Tabeada en bandoneones, Alfredo Mazzeo, Domingo Mancuso y Francisco Manzini en violines, Lidio Fasoli en piano y Rodolfo Duclós en contrabajo. Pronto D’Arienzo abandonó el violín, quedando sólo con la batuta. Inicialmente compartió el rubro con Juan Polito y luego con Luis Visca, y en 1936 con Rodolfo Biaggi, quién transformó al conjunto. De esa época es la arrolladora versión de La Puñalada, de Pintín Castellanos. Músicos extraordinarios como Polito, Salamanca y Héctor Varela o Cayetano Puglisi y cantores de gran escuela como Héctor Mauré, Juan Carlos Lamas, Armando Laborde, Enrique Carbel y Alberto Echagüe respondieron a la concienzuda batuta de “El Rey del compás”. Para Juan D’Arienzo, como lo explicó en un reportaje de Andrés Muñoz para la revista Aquí Está en 1949, el tango es ritmo, nervio, fuerza y carácter, como lo era el tango de la guardia vieja. Por olvidarlo, el tango entró en crisis. Para él, buena parte de la responsabilidad por su decadencia le tocó a los cantores, porque en un momento la orquesta típica sólo era el pretexto para que se luciera un cantor, mientras que los músicos y el director no eran más que acompañantes. Pero el tango es esencialmente música, afirmó, y no puede relegarse a la orquesta a un segundo plano, porque el tango es para la orquesta y no para los cantores. “Yo reaccioné”, comentó alguna vez, “y puse la orquesta en primer lugar y al cantor en el suyo, y le restituí además al tango su acento varonil”. La base de la orquesta fue siempre el piano, que para él era irremplazable. Como ha dicho José Gobello, Juan D’Arienzo, que murió en su querida Buenos Aires el 14 de enero de 1976, devolvió al tango de los labios a los pies, contrariando a Contursi que lo había llevado de los pies a los labios, y al igualar los tantos, abrió el camino a ese prodigio de equilibrio que fueron las inolvidables orquestas del cuarenta. † |
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