|
Han pasado muchos meses desde aquel hermoso día que el presidente George W. Bush eligió para informar al mundo que la guerra había concluido con nuestro triunfo glorioso. El escenario nos traía a la memoria al Gral. McArthur y la capitulación de Japón. El Presidente solo en el podium de un poderoso buque de guerra, con la audiencia cautiva de un grupo de entusiastas marineros. Pasaron muchos meses desde ese emotivo anuncio y los titulares de los diarios siguen informando que jóvenes estadounidenses, al igual que civiles iraquíes, continúan cayendo como moscas. Si, como dijo el presidente, ganamos el conflicto, ¿Qué estamos haciendo todavía allí? El Presidente nos dice que tenemos que esperar hasta que la incipiente democracia en Irak se haya establecido. ¿Democracia? ¿En Irak? Deben estar bromeando, o, como se dijera en una Argentina de otrora: “Che, estos tipos me están cargando”.
El concepto de una democracia en Irak es un mito inconcebible, excepto en los magros cerebros de nuestros líderes. Cualquier curioso chiquillo de 11 años que sepa navegar en la web podría ofrecer a la Administración una visita mucho más cercana a la realidad. El mismo chiquillo les podrá informar que Irak es un país que fue inventado después de la Primera Guerra Mundial por los victoriosos Aliados en su intento de desmantelar para siempre el Imperio Otomano. El Imperio Otomano se había unido con Alemania, y de allí el esfuerzo por desmembrarlo. Hoy, de aquel imperio sólo queda Turquía. Los aliados literalmente extirparon las provincias o estados otomanos de Mosul, Bagdad y Al Basrah e inventaron así un nuevo país: Irak. En realidad la independencia efectiva de Irak no ocurrió hasta el año 1932, hace sólo 74 años. Volviendo a la guerra, el hecho incontestable es que destruimos un país que funcionaba, no como Suiza o Japón, pero funcionaba mucho mejor que hoy. Era gobernado por un dictador que tenía sus propias ideas sobre la eficacia de la democracia occidental en su país. Sin embargo, no se debe menospreciar el hecho de que era un país en el que la mujer había alcanzado un nivel de igualdad y libertades sin par en el mundo árabe, donde las matanzas de honor -asesinatos de mujeres acusadas de manchar el honor de la familia- eran cosas del pasado, donde existía una robusta clase media y poca evidencia de pobreza. La integridad de su minoría cristiana, el 3 % de la población, era respetada y aún la pequeña comunidad judía de Bagdad gozaba de cierto grado de protección. Recordemos que el embajador de Irak en la ONU era cristiano y que uno de los médicos de Saddam Hussein era judío. Ya es hora de terminar con esta hecatombe. El presidente debe decir “Oops, I made a mistake” (¡ay, me equivoqué!) y comenzar un nuevo Plan Marshall para reconstruir la devastación que ocasionamos. ¿Qué ocurriría en el muy hipotético caso de que elecciones totalmente limpias pudieran desarrollarse hoy sin interferencia alguna? Los ganadores serían los chiítas, dada la clara mayoría de su población. ¿Y qué quieren los chiítas? Quieren una república islámica, lo cual es precisamente lo que Estados Unidos menos necesita, otra república islámica en Medio Oriente. ¿Sería diferente la situación si el senador Kerry ocupara la Casa Blanca en lugar de Bush? Probablemente no hubiera ninguna diferencia o quizás la situación estuviera aún peor. El senador tuvo la arrogancia de afirmar que no sabía que las alegaciones en contra de Saddam Hussein eran falsas. Como senador de los Estados Unidos, Kerry tenía acceso a los materiales clasificados más secretos. El Senador es al mismo tiempo cínico y mentiroso al afirmar que votó a favor del Presidente y su guerra porque no sabía. ¿Y el vicepresidente Cheney, tampoco sabía? Si agregamos a lo antedicho que hoy han sido probadas ciertas prácticas estadounidenses en cárceles clandestinas y detenciones secretas, transferencias de prisioneros a otros países, torturas, asesinatos de no combatientes, violaciones, destrucción de propiedad, la horrenda situación de Guantánamo, debemos admitir que hemos dejado de ser una sociedad civilizada. La conclusión de nuestros propios servicios de inteligencia es que el terrorismo global está ahora mucho peor de lo que era antes de la guerra. Debemos reconocer que los Estados Unidos, a pesar de su multi-culturalismo, es primordialmente una nación cristiana. Como tal, nuestro deber es demostrar compasión, caridad, piedad y amor al prójimo. Este es el país que recibió con brazos abiertos a inmigrantes de todo el mundo, de la misma forma que yo mismo fui bienvenido cálidamente muchos años atrás, recibiendo el privilegio de una educación superior y un sentimiento de libertad sin temer represalias, por ejemplo, al escribir esto. A continuación permítanme recordarles algunas cosas que le disgustan a Dios: “Seis cosas aborrece Jehová y aún siete abomina su alma: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, Las manos derramadoras de sangre inocente, El corazón que maquina pensamientos inicuos, Los pies presurosos para correr al mal, El testigo falso que habla mentiras, Y el que enciende rencillas entre los hermanos”. (Prov.6, 16-19) Concédanme la licencia de escribir el último párrafo en el idioma de nuestro país adoptivo: Obviously, neither the President, nor the Vice President or Senator Kerry pass the test. They all do things the lord hates and are an “abomination unto Him”. Ø |