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Actuación de los indígenas en las Invasiones Inglesas Imprimir E-Mail
Escrito por Miguel Eduardo Garriga   
lunes, 18 de septiembre de 2006

El otro elemento de la población del Virreinato del Río de la Plata, los indígenas, ¿Qué papel jugaron en las Invasiones Inglesas? Poco se nos dijo en las escuelas, por no decir nada.
Pero aquí no se trata de hablar de los que integraban los cuerpos voluntarios que se constituyeron para resistir al invasor, y que vivían y trabajaban en Buenos Aires.
Los cuerpos voluntarios fueron dos agrupaciones: “Indios, morenos y pardos” (426 hombres) y cuerpo de “Indios, morenos y pardos de infantería (352 hombres).
Pero de lo que se trata ahora, es de los indígenas libres de lo que sería la Provincia de Buenos Aires y de la Patagonia.
En efecto, los caciques de estos indígenas libres, se presentaron al Cabildo de Buenos Aires para ofrecerse en la lucha contra el invasor. Eran los tehuelches que habitaban la Pampa y la Patagonia y que guerreaban continuamente con los araucanos provenientes de Chile. El 22 de agosto de 1806, luego de la rendición incondicional de los ingleses, mientras los cabildantes trataban los problemas del momento, “se presentó – dice el acta correspondiente- el indio Pampa Felipe con Don Manuel Martín de la Calleja y expresó aquél, a través de su intérprete, que venía en nombre de 16 caciques de los pampas y cheguelches a hacer presente que estaban prontos a franquear gente, caballos y con cuanto auxilio dependiesen de su arbitrio para que el honorable Cabildo eche mano de ellos contra los colorados, cuyo nombre dio a los ingleses, que hacían aquella ingenua oferta en obsequio a los cristianos, y porque veían los apuros en que estarían, que también franquearían gente para conducir a los ingleses tierra adentro si se necesitaba y que tendrían mucho gusto en que se los ocupara contra unos hombres tan malos como los colorados”.
Los cabildantes agradecieron y pidieron a Felipe que comunicara a los caciques que harían uso de lo ofrecido en caso necesario y lo tendrían muy presente en todo tiempo. Se le dio además tres barriles de aguardiente y un tercio de yerba.
Vuelven al mes, Felipe acompañado ahora por el cacique Pampa Catemilla; ratifican la oferta y que para proteger a los cristianos habían hecho las paces con los Ranqueles con quienes estaban en dura guerra.
La escuadra de Popham permanecía en el Río de la Plata esperando refuerzos. Los cabildantes vuelven a agradecer y les dicen que los llamarán en caso necesario y repiten el regalo dado a Felipe la vez anterior.
En otra sesión, la del 22 de diciembre, se presentan diez caciques. Los cabildantes les dicen: “La fidelidad, amor y patriotismo de las numerosas y esforzadas tropas que en cuerpos se hallan formadas, aseguran la defensa de esta hermosa capital y por lo mismo solo os encomiendan hoy el celo y vigilancia de nuestras costas, para que los ingleses, nuestros enemigos y vuestros a quienes llamáis colorados, no os opriman ni priven de vivir con la tranquilidad que disfrutáis y os profesan los mejores y más benignos de los Soberanos del Mundo”.
El 29 de diciembre se presentan los caciques Epugnes, Enepuento y Turuñaquu que ofrecen además la colaboración de los otros caciques: Negro, Chulí, Laguini, Paylaguan, Cateremilla, Marcius, Guaycolan, Peñascal, Lorenozo y Quintuy. Ofrecen hombres y ayuda.
Los caciques estaban dispuestos a no ser menos unos que otros en cuanto a ofrecer ayuda. Dos meses antes de la Segunda Invasión se presentó el cacique Negro de Patagones a ofrecer su ayuda y la de otros jefes que lo acompañaban.
Pero a pesar de tanto ofrecimiento, la alianza no se concretó. Los gobernantes desconfiaban y despreciaban a los indígenas. Pero posiblemente había algo más. Por sus cabezas pasaría la idea de que pasado el peligro, había que empujar a los indígenas hacia el desierto sacándolos de sus tierras. Eso conduciría a otro de los genocidios que ocurrieron en América, pero esto ya es otra historia.
La segunda invasión fue más cruenta que la primera.
¿Hacía falta que la ciudad de Buenos Aires, se convirtiera en un infierno? - se pregunta Martín A. Cagliani. -¿ Que los campos fueran desvastados por el enemigo?¿Se habría rechazado a los ingleses antes con la ayuda de los indígenas? No se sabe - se responde – y no se pudo saber por la desconfianza que tuvieron los cabildantes a los indígenas, y a la idea de tener miles de indios y sus caballos dando vueltas por las ciudades. Ø

 
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