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Bazan Frias - Mito Tucumano |
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Escrito por Oscar I. Márquez
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lunes, 21 de agosto de 2006 |
Bazán Frías vino de las orillas de la ciudad, a principios del siglo pasado. Fue mozo de café, jugador, amigo de políticos y de gente inescrupulosa. Pero era escrupuloso en su elegancia: el pantalón angosto y rayado, el pañuelo blanco al cuello y los botines relucientes. No era cuatrero como Mate Cosido; su radio de acción fue predominantemente urbano. Tenía un valor a toda prueba y muchos lo admiraban y le temían. Robaba como un desafío y mataba sin mucha emoción, si las circunstancias lo requerían. Pero protegía a los pobres con el dinero que quitaba a los ricos. Muchas veces la policía lo tuvo cercado, pero él escapaba siempre. Hasta que una noche en que venía huyendo intentó escalar la tapia del Cementerio del Oeste y cayó acribillado a balazos. Su cuerpo quedó tendido al pie de un eucaliptus. Después lo enterraron en el Cementerio del Norte, donde se enterraba a los pobres. La noticia de su muerte produjo estupor en toda la ciudad; algunos se alegraron, otros quedaron desconsolados. Pero, poco a poco, su recuerdo fue transfigurándose: era el perseguido, el héroe, el benefactor, el sufriente que se había hecho grato a los ojos de Dios. Por lo tanto se le podía invocar como a los santos, rezarle como a un mediador entre los hombres y los poderes del Cielo. De esta manera se convirtió en una "almita milagrosa" como la Brasilera, Pedrito Hallao, el peladito o la Difunta Correa. Dos son los principales lugares de culto: el árbol donde cayó muerto en la esquina del Cementerio del Oeste y su tumba en el Cementerio del Norte. Allí aún hoy se siguen depositando ofrendas en su memoria. Ø
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