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Leyenda Guaraní Dicen que un día Irupé, la hija de un cacique, quiso ser flor para perfumar el aire y esperar así el regreso del guerrero a quien amaba. Las hadas del aire la complacieron, y fue flor de suave perfume. Pero el guerrero demoró tanto su vuelta que Irupé se cansó de ser flor y esperar quieta en un lugar. Así fue que habló para poder ir a buscar a su amado, siguiendo la corriente de los ríos. Las hadas del aire la complacieron nuevamente; la flor del Irupé flotó en el agua... y la corriente la llevó lejos. Ocurrió que después de un tiempo, en una noche de luna, mientras ella dormía con los pétalos cerrados bajo la superficie del agua, oyó que el viento le traía la voz de su tierra lejana, en donde había dejado sus raíces: “Irupé...!” Emocionada reconoció el llamado y volvió a convocar a las hadas del aire y esta vez les pidió ser pájaro, para volar junto a su amado. Las hadas la complacieron y voló remontando los mismos ríos. Voló varios días y varias noches hasta que una tarde, a la orilla de un arroyo, encontró al guerrero con su lanza y sus flechas, esperándola, con la mirada fija en la lejanía... Irupé revoloteó sobre su cabeza de pelo negro, como el de las alas de un cuervo, sin que él la reconociera. Luego, lentamente, se posó sobre el agua del arroyo y sus alas volvieron a ser pétalos y su pico un cáliz perfumado. El arroyo la arrastró en sus aguas, llevándosela. El guerrero, sin embargo, la reconoció de inmediato, y como la amaba, subió a su canoa y remó frenéticamente hacia ella. “Irupé...! Irupé...! Irupé...!”, gritaba. Cuando al fin la alcanzó, la flor se refugió en los brazos bronceados de su amado y se dejó cortar por su tallo para servirle de escudo en la guerra. Y así Irupé nunca más volvió a separarse de su guerrero. Ø
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