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Escrito por Luis Alberto Lecuna   
lunes, 28 de noviembre de 2005
Un Doctor en Filosofía de un país latinoamericano decidió, en su año sabático, viajar a la Argentina para realizar una investigación sobre el país, su educación y su cultura; se propuso explorar la realidad del país desde la vuelta de la democracia hasta la fecha y volcar luego sus conclusiones en un libro.
Está claro que indagar en las acciones culturales y educativas desde la esfera oficial, analizando aciertos y errores, es una manera interesante de abordar la realidad de los argentinos, ya que la cultura en todas sus manifestaciones es el espejo en donde se refleja la realidad nacional, con todas nuestras falencias y todos nuestros logros.
Los medios de comunicación, tan acostumbrados a referirse a los avatares económicos, nunca han tomado como tema crucial y prioritario para el cambio de la sociedad, la cultura y la educación, elementos que conforman parte sustancial de un país y explican su modo de ser y proceder. No en vano se dice que si queremos saber cómo va a ser el futuro de una nación, simplemente hay que ver cómo funcionan sus escuelas.
Ambas -la cultura como manifestación de una realidad y la educación como motor del cambio- permanecen por debajo del nivel visible de este inmenso témpano que es la gran deuda de un país que está más lejos que nunca del brillante destino que alguna vez imaginaron sus prohombres. Me refiero, claro, a las otras deudas que conforman la enorme masa de hielo que no aflora en la superficie: el default ético, social, moral, cultural, de seguridad, de educación y de salud.
La tarea que se impuso este joven y brillante académico extranjero, con maestría realizada en la Sorbona, no se limitó a entrevistar a ex funcionarios de los sucesivos gobiernos, sino también a mezclarse con la gente, transitar el país, ver con sus propios ojos -tanto en el lugar como a través de las noticias y programas de la televisión vernácula- el enorme deterioro nacional, traducido en miserias físicas y morales, injusticias flagrantes, degradación del lenguaje y las costumbres y otras exquisiteces ad hoc.
Se enteró, por ejemplo, que casi el 30% de los docentes universitarios no cobran sueldo, que un porcentaje abrumador de alumnos mal formados en la escuela media no aprueban el examen de ingreso a la universidad, que la cantidad de alumnos que se reciben es ínfima comparada con el número que ingresa y que la educación media es obsoleta tanto en sus contenidos como en el estado de los edificios escolares. Comprobó que, ya que los funcionarios no cumplen con su rol de trabajar para solucionar los problemas de la gente, la manera de que estos problemas tomen estado público es a través de los piquetes.
Nuestro investigador entendió rápidamente que el concepto de “piquete” superaba las acepciones existentes en el Diccionario de la Real Academia Española, que se refiere a “pequeños grupos de personas que exhiben pancartas con lemas, consignas políticas, peticiones, etc.”, o también a “grupos de personas que pacífica o violentamente, intentan imponer o mantener una consigna de huelga”. Comprobó que la variante argentina no pasa necesariamente por la huelga, sino por llamar la atención de los medios (y de un Estado que se mueve y toma decisiones monitoreando encuestas y controlando a esos medios) de la manera más inoportuna para los ciudadanos comunes: interrumpir el tránsito, provocando un caos vehicular en toda la ciudad con las consiguientes alteraciones en el ritmo laboral.
De hecho, se habla de una pérdida de mil millones de pesos a raíz de los últimos piquetes que realizaron desocupados demandando que les dupliquen el monto de dinero que les dan mensualmente bajo el nombre de “Plan Trabajar”, los estudiantes que quieren que les arreglen las aulas y que baje los precios el concesionario del bufet del colegio, y los entusiastas simpatizantes del Club Atlanta, que también tienen (por qué no, si es la moda), sus reivindicaciones por las cuales luchar e interrumpir el tránsito.
Desde luego que los grupos de izquierda enrolados en el Partido Obrero y el Polo Obrero, brindan toda la logística que sea menester para apoyar a reclamos que en unos casos son justos y en otros no tanto, pero con una metodología que perjudica siempre al ciudadano que cumple, que paga sus impuestos, que quiere ir a trabajar a horario, que sostiene con su actividad a un país enclenque en lo jurídico y lo social. Un país que prolonga el asistencialismo en vez de generar simultáneamente la cultura del trabajo, que tolera estas metodologías abusivas de cortar calles porque muchos piensan que los piqueteros son víctimas de un país que los ha postergado y excluído de la sociedad y de las posibilidades de un futuro digno.
Una de las preguntas que se hizo el académico fue por qué siendo una ciudad tan rica y con superávit, Buenos Aires no solucionaba los problemas educativos, la inequidad distributiva de los subsidios que beneficia a las escuelas confesionales y perjudica a las laicas, la falta de adecuación de los contenidos pedagógicos a los nuevos tiempos y el estado calamitoso de los edificios de muchas escuelas de gestión oficial. Y a la primera conclusión que llegó fue que no había voluntad política para hacerlo.
Le llamó la atención escuchar por radio a una calificada pedagoga que decía con contundente sinceridad que “todos saben cuáles son los cambios que hay que implementar en materia educativa”, pero que “nadie está dispuesto a pagar el costo de las medidas que cada uno debería tomar”. “El gobierno no está dispuesto a implementar los cambios, los sindicatos no están dispuestos a modificar estructuras obsoletas que los benefician, los docentes no están dispuestos a cambiar determinado status quo, los padres no están dispuestos a que sus hijos estudien y no vean tanta TV”.
Su segunda conclusión, más abarcativa, fue que Argentina es un país “in-dispuesto”.
Entonces comprendió que el problema argentino no era solamente del gobierno, sino de la sociedad toda.
Una sociedad que se le antojó muy extraña, porque después de grandes movilizaciones para que se vayan todos los políticos, entra en prolongados períodos de inercia participativa y no-cuestionadora de la realidad. Una sociedad que habla de democracia pero no es persistentemente participativa y que no se preocupa por realizar un eficiente control de gestión de sus representantes políticos. Una sociedad que se queja pero que no actúa sino por impulsos orgásmicos, limitados a momentos puntuales (como cuando le tocan el bolsillo) y sin la continuidad necesaria. Una sociedad que tolera rasgos autoritarios porque en el fondo está nutrida y formada en autoritarismos de todo tipo y especie. Una sociedad con partidos políticos sin vida partidaria, donde el dedo es el método de promoción de sus capas dirigentes y elección de sus candidatos. Una sociedad que, envuelta en nubes de melancolía tanguera, es escéptica sobre la labor de la justicia, después de la falsa alarma de un aparente inicio de un proceso de manos limpias, en donde María Julia Alsogaray, cansada de estar en su prisión VIP, amenazó encender el ventilador de la denuncia. Muchos ilusos pensaron: “Por fin se vienen las mani puliti, van a ir todos presos”, para caer enseguida en la cruda realidad, comprobando que en vez de meter presos a todos, la dejaron salir a ella para que no siguiera hablando.
Otra conclusión interesante que sacó el académico, la expresó en un juego de palabras: “Los argentinos tienen el país como lo tienen y están como están, porque son como son y no como deberían ser”.
El investigador se convenció de otra característica argentina: el doble discurso político y social.
El presidente Kirchner dice que hay que invertir en el país, pero siendo gobernador de Santa Cruz depositó una importante suma de dinero de su provincia en plazos fijos en el extranjero. Eleva asiduamente su diatriba contra el FMI, pero es el mejor pagador de los últimos tiempos.
No es que el Presidente tenga doble discurso per sé, sino que lo tiene en cuanto emergente referencial de una sociedad con doble discurso, porque:
- Las mayorías que antes apoyaron masivamente a Menem y su discurso neoliberal, ahora apoyan al presidente Kirchner y su discurso socialdemócrata, y se enrolan en la onda “progre” que se expande por Latinoamérica, pero en realidad son conservadores. Argentina es un pueblo conservador, aunque no quiera reconocerlo.
- Todos hablan de la educación, pero la educación es un desastre y nadie se anima a tomar las medidas que son menester llevar adelante.
- Se habla de la necesidad de implementar políticas sociales transformadoras, pero se continúa con políticas sociales asistencialistas y clientelísticas.
- Se habla de lo imperioso de reformar el Estado y la política, pero nadie mueve un pelo en ese sentido.
- Se habla de la corrupción de la clase política, pero no se repara en las dobles contabilidades, en el empleo en negro, en la evasión impositiva y en los mil métodos no éticos que de algún modo muchos ciudadanos “se vieron obligados” a adoptar para que sus empresas no se fundieran en un marco tan hostil, sin crédito, y con una pesificación que dejó a muchísima gente en la calle. La corrupción y la coima siempre involucran a dos: un corruptor y un corrompido, un coimero y un coimeado .
Efectivamente, otra conclusión a la que llegó el investigador fue que en vez de oponerse de plano a la corrupción en todas sus facetas, la mayoría prefirió adaptarse a las reglas de juego que esa misma corrupción estructural proponía: coimas, tráfico de influencias, políticos “amigos”, sobornos, negocios y negociados.
Por eso el académico recordó aquella famosa frase del griego que había comenzado sus andanzas comerciales vendiendo ballenitas en las mismas calles de Buenos Aires que él ahora transitaba, hasta llegar a ser, con el tiempo, todo un magnate internacional. Aristóteles Sócrates Onasis decía: “No existe fortuna en el mundo que admita una seria investigación y salga indemne”. Y si él lo decía...
El investigador advirtió también que los argentinos somos impredecibles y tenemos poca afición por cambiar este supuestamente inevitable camuflaje adaptativo a un país viciado de malas prácticas, camuflaje que nos permitió sobrevivir en la tierra de “el que apuesta al dólar pierde”, del “con la democracia se come, se educa y se cura”, y del “síganme que no los voy a defraudar”.
Al académico no le pareció demasiado arriesgado extender a toda la argentinidad la calificación que Borges había usado oportunamente para definir a los peronistas: la Argentina que él está conociendo mientras escribe su libro, es un país de personas conservadoras, impredecibles, algo hipócritas, de doble discurso, poco dispuestas a los cambios de fondo, y al decir borgesiano... lamentablemente incorregibles. Ø
 
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