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El Zonda: Leyenda del Noroeste Imprimir E-Mail
Escrito por Oscar I. Márquez   
martes, 31 de mayo de 2005

El Zonda es el cálido viento del norte que cuando pasa, quema la piel, marchita las plantas e inquieta a los animales; la gente cierra puertas y ventanas para no sofocarse por su calor. Cuando el Zonda se aleja, la naturaleza revive.
Este es el recuerdo ingrato de quien no supo aprovechar los dones de la naturaleza, de quien no supo amar la belleza ni respetar el mandato divino: La vida debe continuar. Gilanco era un indio fuerte. El más fuerte y ágil de su tribu. Arriesgado para la caza y hábil como ninguno. Sus vigorosas piernas trepaban los cerros y su torso desnudo brillaba como bruñido al sol. Sabía saltar, sigiloso como el puma, para atrapar a su presa; sabía esconderse en los montes y disparar las flechas sin fallar jamás. Sí, Gilanco reunía los mejores atributos físicos de su raza. Los dioses habían sido muy generosos con él.
Todos le admiraban y le seguían en sus correrías porque era el mejor de todos los cazadores, y eso le daba la autoridad de un verdadero cacique, aunque en realidad no lo fuese. Cuando Gilanco quería distraerse, trepaba las montañas, llegaba a las más altas cumbres, recorría los desfiladeros y no había un solo animal que se salvara a su paso. ¡Ni siquiera las crías, a las que todos los indios respetaban! Las alpacas, las vicuñas, las aves, los pumas; todos huían cuando lo divisaban, pues sabían que no tenía piedad.
Corría tras los animales como el viento tras las hojas secas y -como el viento- arrasaba con todo a su paso. Eso disgustaba mucho al dios Yastay, sobre todo porque Gilanco mataba y cazaba, no por necesidad, sino por el gusto de divertirse. Un día, después de exterminar a una familia entera de guanacos, se acostó a dormir la siesta a la sombra de un algarrobo. Ya estaba en el primer sueño cuando su fino oído advirtió un leve rumor de pasos.
-¿Quién anda ahí? -gritó irritado-. ¿Quién interrumpe mi siesta?
Nadie contestó. De pronto sintió un ruido seco y brusco.
-¡Yastay! -sólo él se anuncia de esa manera.
Gilanco, el soberbio Gilanco, el valiente y cruel Gilanco que mata sin miedo y sin piedad, se estremece.
Yastay está frente a él. El rostro del dios con sus hondos surcos indican que está muy, pero muy enojado. Lo mira fijamente y su mirada es dura y directa: como las flechas de Gilanco. Por primera vez en su vida tiene miedo. Quiere huir, pero no puede. Quiere gritar y su lengua se paraliza.
Tiembla, de la misma manera que tiemblan los indefensos animales cuando él se acerca. Sabe que Yastay es implacable cuando castiga.
Entonces el dios habla: "Escucha, Gilanco: he de hablarte una sola vez. Pachamama no aprueba lo que haces. Pachamama está muy dolida y enojada. ¡Deja a mis aves en paz o recibirás un gran castigo! Utiliza tu destreza y habilidad para el bien de tu tribu. Yastay ha hablado.”
Y así diciendo, desapareció.
Gilanco se asustó un poco porque sabía que Pachamama era de temer cuando castigaba. Pero poco le duró el susto. Pronto volvió a las andadas y con más crueldad que nunca perseguía y mataba a los animales. No había pasado mucho tiempo cuando la misma Pachamama se le apareció. La flecha que acababa de disparar quedó suspendida en el aire, y una voz de trueno hizo temblar la montaña. Miró para todos lados.
-¿Dónde estás? ¿Dónde estás? -preguntaba desesperado. No podía verla porque enormes nubarrones de polvo arenoso empezaron a surgir de pronto como brotados del mismo fondo de la tierra.
En un soplo escuchó su voz: "¡Gilanco! Tuviste tu oportunidad. Has sido muy cruel. Quienes sigan tus pasos recibirán el mismo castigo."
La polvareda empezó a girar y girar en un remolino asfixiante. Los compañeros de Gilanco se escondieron aterrados, pero Gilanco quedó encerrado en el remolino.
-¡Gilanco! ¡Gilanco! -le gritaban.
La polvareda arenosa se había convertido en un viento furioso que lo envolvía y lo arrastraba con fuerza incontenible.
-¡Gilanco! ¡Gilanco! El viento caliente se alejaba veloz arrasando todo a su paso.
-¡Gilanco! ¡Gilanco!
Gilanco ya no estaba. A lo lejos se oía su voz como un silbido largo y quejumbroso, atravesando distancias, haciendo temblar a los ranchos. Había nacido así el viento Zonda.

Yastay: deidad de los antiguos calchaquíes; “dueño de las aves”, a las que protegía -sobre todo a las pequeñas crías- de los abusos de los cazadores. También propiciaba la caza, porque los cazadores lo invocaban.
Aves: eran todos los animales de caza; “mayores” los cuadrúpedos, y “menores” los demás, las verdaderas aves.
Pachamama: Madre Tierra o Madre de los Cerros. Deidad máxima, propiciadora también de la siembra y la cosecha. Ø

 
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