La más grande ironía del acto de conocer es que nos equivocamos cuando usamos el pensamiento. El pensamiento, desatento lector/ lectora, o sea las imágenes y palabras que se cruzan en nuestra conciencia como pájaros enloquecidos por una explosión, es un producto de nuestro pasado, nuestra cultura y nuestros prejuicios que deforman a priori el objeto por conocer. Con su "cogito, ergo sum", Descartes estaba parcialmente acertado. Sabemos, notamos que existimos porque vemos frases pasar dentro de la mente, pero ¿yo soy el que piensa o el que ve al pensamiento indomable ir en direcciones a las que yo no quiero? Por eso ciertas filosofía orientales nos recomiendan suspender el pensamiento (cogito interruptus) para lograr a través de nuestra experiencia incorrupta por las emociones y nuestras percepciones un conocimiento trascendental. Cuando nos acercamos a una cosa o ente del cual no tenemos referencias anteriores, lo hacemos por curiosidad, interés o necesidad, y todo los que descubramos o incorporemos será nuevo, y en ese caso ejercemos el verdadero acto cognoscitivo. Con respecto al conocimiento posible entre un ser humano y otro el acto se complica mucho más porque los dos pasan al mismo tiempo a ser sujeto conocedor y objeto por conocer, con el agregado de que todos creemos saber algo de humanos y la complicación de que si nos engañamos a nosotros mismos, se imaginan la imagen que le presentamos al otro. (Esto será tratado más específicamente en el próximo número). Sin embargo, "...la comprensión no puede pasar los límites de la sensibilidad" dice Kant en su CRITICA DE LA RAZON PURA. Para aclarar el panorama a nuestros lectores voy a traerles un ejemplo de barrio, elegido en mi propia familia. HISTORIA DE MI PRIMA QUE ERA TETONA PERO MUY INTELIGENTE Mi querida prima Mercedes se desarrolló muy temprano. Desde niña su cuerpo tomó formas abultadas. A todos los primos nos gustaba jugar con ella, incluso venían chicos del barrio, y aún de otros barrios, solamente para jugar con ella. Fue muy popular en la primaria, luego en la secundaria, y enseguida se casó con el primer boludo que tuvo dispuesto a hacer lo que le pidiera. Lo hizo para escapar del agobio diario de que todos la tomaran por idiota por el solo hecho de tener un voluminoso busto. El primer boludo duró poco, le sucedió un segundo y un tercero, que yo tenga conocimiento, o que se hayan registrado en la familia. Mi pobrecita prima Mercedes sufría mucho y "el consejo de tías", que se reunía casi todas las tardes en alguna cocina a o tomar mate con bizcochitos de grasa y a despellejar al vecindario, era implacable con ella, como si la inocente hubiera dicho "pónganme esos senos" cuando la trajeron al mundo. Como dije, era inteligente y decidió sacrificar las mezquinas ventajas que obtenía de su figura por un mayor respeto a primera vista. Un fin de semana viajó a la capital y el martes volvió sin tetas. Las tías la criticaron aún más, ¿usted las entiende? Cambió de trabajo y cambió de ropa, mi prima. Y algo tarde en la vida le fue bien con una compañía inmobiliaria, se lo merecía, mi prima. Siempre me acuerdo de los abrazos que me daba para mis cumpleaños, los de la primera época, claro. Ø
|