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Vino, mate, tango y folclore Imprimir E-Mail
Escrito por Rodolfo Spadano   
lunes, 28 de noviembre de 2005
Leyendo una carta de alguien sobre el tema del título (una carta respetable y sincera) me puse a pensar que debe haber mucha gente que se encuentra en la misma situación, una situación que no tiene que ver tanto con los gustos y preferencias sino con las circunstancias.
Pese a que nuevos estudios aseguran que genes hereditarios tienen que ver con la creatividad de los grandes genios, pienso que la mayoría de nosotros somos el producto de lo que nos ha rodeado y que nos rodea aún hoy, porque nunca terminamos de aprender.
El Vino: Desde la antigüedad, fue la bebida de elección para acompañar las comidas, panacea para dolores y remedio para enfermedades. El apóstol Pablo recomienda a su amigo y discípulo Tito tomar un poco de vino para los males de su estómago.
En Internet apareció un artículo de ciertos fanáticos religiosos que dicen -ya que no se puede refutar el hecho de que los primeros cristianos tomaban vino- que el de entonces era vino puro de uva y tenía una graduación alcohólica mucho más baja. Nada más lejos de la verdad. Los vinos modernos, por ley, tienen la fermentación frenada para que nunca pasen del 13% de graduación alcohólica.
Los antiguos hacían el vino al estilo que lo hacía mi viejo: cuando cesa de fermentar, está listo. Este vino alcanzaba un grado alcohólico mucho más alto y por eso aunque no se los guardaba en botellas herméticas o al vacío, sino en tinajas o cántaros de cerámica, no se oxidaba al contacto con el oxígeno y no se convertía en vinagre. Las leyes modernas excluyen del máximo porcentaje alcohólico a vinos como el oporto y el jerez, por eso podemos dejar una botella de esta clase de vinos destapada sin que se ponga agrio.
Ciertos grupos religiosos de Estados Unidos pretenden inculcar la idea de que los forjadores de esta gran nación eran cristianos devotos y abstemios absolutos, pero se olvidan de mencionar el hecho de que el Mayflower (el barco de los peregrinos) acortó su viaje al llegar a la Roca de Plymouth, que no era su destino final, sólo porque se les había terminado la cerveza. Se olvidan también que Washington, Jefferson y Franklin tenían bodegas en las que guardaban más de mil botellas.
Benjamin Franklin, quien era además un escritor humorístico y cínico, dice en su libro “Fart Proudly”: “En esto sabemos que Dios nos ama, porque nos dio el vino”.
Por eso, amigo, hágale caso a San Pablo y tómese una copita con la comida, sobre todo con el asado. No importa cómo lo hayan acostumbrado sus padres, nunca es tarde para aprender.
El mate: Este es otro tema. Mi viejo, que era italiano, tomaba mate dos veces por día religiosamente. Lo mismo hace mi esposa. Yo, en cambio, no me puedo considerar un especialista, nunca he tomado mate solo, ni me importa si es dulce o amargo. Para mí el mate no es un té verdecito con un poco más de cuerpo: es un rito.
Por eso un par de veces por semana visito tempranito a unos amigos argentinos que tienen fábrica, y nos pasamos el mate entre los tornos y las amoladoras.
El mate es un ritual; tal vez uno de los recuerdos más lindos grabados en mi memoria pertenece a los días jóvenes, cuando acampábamos con la barra a las orillas del río Ycho Cruz en Córdoba, pasando el mate de mano en mano, alrededor de una fogata, cerca de la medianoche. Eso, más que un gusto adquirido, es una experiencia.
El Tango: Esta música es un milagro musical; nadie sabe de dónde proviene, pero tratándose de un género urbano, bien podría haber desaparecido o mutado como suele suceder con otros géneros similares. El tango, en cambio, después de mas de un siglo de existencia, cada día pisa más fuerte.
Por accidente me crié con el tango. Mi padre, que en Italia había ido apenas hasta tercer grado, escribía poesías, amaba la música y era considerado un intelectual entre los demás inmigrantes del barrio. Por supuesto no estaba en el estrato de Bach o Mozart, pero sí gustaba de Caruso, Nicola Pavone, los gallegos Angelillo y García Girao y hasta de la música tradicional de Escocia e Irlanda. No me olvido que los jueves nos ponía a dormir con la audición radial de un tenor noruego, que cantaba canciones de su tierra.
Sólo había dos clases de música que mi padre no aceptaba: El tango, porque según él era inculto, y el folclore argentino, al que consideraba “música de indios”.
Mi llegada accidental al tango, entonces, se dio cuando yo tenía apenas seis años y mi tía Zulema vino desde Fisherton a vivir a nuestra casa. Zulema bailaba y cantaba el tango como los ángeles (no sé si los ángeles bailan el tango, pero estoy seguro de que lo cantan).
Mi viejo, si bien era cerrado en sus preferencias, no era un dictador y permitió que mi tía me lo enseñara. Tenía menos de siete años y mi mamá me mandaba al almacén a comprar porotos y yo volvía con ellos y con un sobrecito de rebanadas de jamón crudo, que el gallego González me regalaba por cantarle unos tangos a la gente que esperaba turno. Lo mismo pasaba en la verdulería y en la carnicería.
A los nueve años canté “Me gusta lo desparejo” en el teatro Nueva Chicago, en Mataderos, donde cantó también mi tía. No digo esto por fanfarronear, sino para mostrar a qué temprana edad estuve vinculado con el tango. Pero, afortunadamente para mi tía y por desgracia para mí, ella se casó y se fue, y con ella también desapareció el tango de mi vida.
Pasaron muchos años hasta que, ya radicado en los Estados Unidos, mi vínculo con la Asociación Argentina de Los Angeles despertó aquello que estaba dormido. Me fui a Buenos aires, compré todos los libros que pude encontrar sobre el tema, los devoré y absorbí parte de lo que es la increíble profundidad y complejidad de nuestro tango, esa música que hoy quiero tanto como cuando era un niño.
Una gran ayuda en mi reconciliación fue la de Don León Lampert, “la Biblia del tango”. El se enoja cuando lo llamo así (perdón León), pero debo señalar que fue él quien me regaló grabaciones que nunca tuve noción que existían. Una de ellas incluye música por la Orquesta de Bachicha (1917).

El Folclore: Mi amor por el folclore fue diferente porque no estuve expuesto a esta música hasta que cumplí 20 años y estudiaba ópera en los estudios Fonal, con el maestro Otto Berger.
Un alumno apareció con un disco de Los Chalchaleros y fue amor a primera vista. Fue la explosión del folclore que cruzó toda la década del 60 con una música vocal maravillosa y líricas que nada tienen que envidiarle a los textos y poesías de Becquer, Espronceda o Unamuno.
No pretendo ser un erudito en el tema, pero lo adoro, lo estudio y lo trato de comprender. Cuando a veces nos juntamos en la Asociación de Poetas Latinos y la conversación toca el tema de la poesía folclórica incluida en el canto de Latinoamérica, les recito a mis amigos la segunda estrofa de “Guitarra Trasnochada”: “Semilla te has hecho árbol/ flores y nidos fueron tus ramas/ el tiempo quiso traerte/ hasta mis manos hecha guitarra”, y allí se termina la conversación.
Suele pasar que una persona amiga les dice: ¿Viste tal cosa? o ¿escuchaste / leíste tal otra? y cuando uno les dice que no, te contestan ¡No sabés lo que te perdiste! Y con cuánta razón.
Todos nosotros alguna vez hemos sido intransigentes y hemos prejuzgado sin tratar de saber.
A los que lean esta nota y no se han vinculado a los temas descriptos, les digo: ¡No saben lo que se pierden! Pero también les digo:¡Nunca es tarde para aprender!
¡Viva el vino, el mate, el tango y el folclore! Ø

 
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