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Sancho Panza como gobernador de la Insula de Barataria: El Refrán. Parte 29 Imprimir E-Mail
Escrito por Miguel Eduardo Garriga   
lunes, 28 de noviembre de 2005
Como sabemos, Sancho Panza llegó con sus acompañantes a su lugar de gobierno poblado por mil vecinos, en donde le dieron a entender que dicha localidad se llamaba Barataria (quizás por lo barato con que él consiguió la gobernación).
Recibido por el regimiento del pueblo y los vecinos, lo llevaron con pompas y ceremonias ridículas a la Iglesia Mayor para dar gracias a Dios y entregarle las llaves de la ciudad; finalmente fue conducido al juzgado donde debería resolver varios casos.
Ante los litigantes que se presentaron, resolvió Sancho los distintos reclamos con tales juicios y sentencias que causaron la admiración de todos, considerándolo un nuevo Salomón.
Al fin lo llevaron a la gran sala de un suntuoso palacio en donde estaba lo que Sancho más deseaba: manjares de todos los gustos. Sin embargo, al querer tomar alguna comida, ésta le era apartada con una varilla por un servidor. El de la varilla, que se presenta como médico y asalariado para cuidar la salud del gobernador, le dice: “Le retiro los alimentos porque tienen muchas especias que acrecientan la sed, y el que mucho bebe, mata y consume el húmedo radical, donde consiste la vida”.
Sancho inquiere al médico su nombre; éste le contesta: “Me llamo Pedro Recio de Agüero, natural de Tirteafuera y doctorado en la Universidad de Osuna”.
Encolerizado, Sancho amenaza al doctor con estrellarle una silla en la cabeza y de inmediato lo echa. Luego ordena: denme de comer, y si no tómense su gobierno, pues “Oficio que no da de comer a su dueño, no vale dos habas”.
Mientras tanto llega correo del Duque, noticiándole a Sancho que enemigos de él y su ínsula han de perpetrar un asalto furioso. Debe abrir los ojos, observar quién llega a hablarle y no comer cualquier cosa que le presenten.
Hastiado, Sancho pide un pedazo de pan y cuatro libras de uva, pues en ellas no podría venir veneno. Y aclara: “Menester es estar bien mantenido, porque tripas llevan corazón, que no corazón tripas”.
Un comerciante se presenta pidiendo ser atendido por el gobernador, lo que encoleriza a Sancho, quien lo hace echar expresando: “Negociante, espera sazón y coyuntura para negociar, no vengas a la hora de comer ni a la de dormir, que los jueces son de carne y hueso y han de dar a la naturaleza lo que naturalmente les pide”.
Al fin le sirven a Sancho una cena consistente de salpicón de vaca a caballo y unas manos de cordero. Luego se disponen a hacer la ronda nocturna, con intención, según Sancho Panza, de limpiar la ínsula, pues “La gente baldía y perezosa es en la República lo mismo que los zánganos en las colmenas”.
Encuentran primero a dos hombres peleando, de los que sabrán que eran un fullero ganador en casa de juego y un mirón que pretendía que aquél le diera dinero. El mirón le había pedido ocho reales, pero el fullero había accedido a darle sólo cuatro. Al preguntar Sancho Panza si esto era verdad, respondió el fullero que sí, que daba dinero muchas veces, pero: “Los que esperan barato han de ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que les dieren” y que además “Siempre los fulleros son tributarios de los mirones que los conocen”.
A la pregunta del mayordomo sobre lo que se debería hacer con estos hombres, Sancho Panza respondió: “Vos, ganancioso, dad a este vuestro acuchillador cien reales y treinta para los pobres de la cárcel, y vos que no tenéis oficio y andáis de nones en esta ínsula, tomad y mañana salid de ella desterrado por diez años so pena de ser ahorcado si volvierais antes”.
Luego se le presentan otros entuertos preparados por los acompañantes de Sancho Panza para burlarse de él, pero la última intervención no es de ese tipo y corresponde a dos hermanos, hombre y mujer: la doncella declara que ha sido encerrada por el padre durante diez años desde la muerte de su madre, y cuenta que al fin rogó a su hermano que la vistiese en hábito de hombre y la sacara a conocer el pueblo cuando el padre se encontrara dormido. El hermano condescendió, vistiéndose a su vez con ropas de ella.
“Hemos rodeado todo el pueblo,” dice ella “y luego vimos de lejos la ronda y tratamos de huir. No me ha sucedido nada ni me sacaron celos, sino el deseo de ver mundo”. Todo esto es confirmado por el hermano.
Sancho Panza considera que no se ha perdido nada y acompañando a los jóvenes a casa, considera que quizás el padre no los ha echado de menos. Entonces les dice: “De aquí en adelante no se muestren tan niños ni tan deseosos de ver mundo…” y que “La doncella honrada, la pierna quebrada y en casa”, “La mujer y la gallina por andar se pierden aína” y ''La que tiene deseos de ver, también tiene deseos de ser vista.”
Con esto se acabó la ronda y dos días después el gobierno, con lo que se destroncaron y borraron todos los designios de Sancho Panza.
Nos queda por último recordar algunos refranes fuera del contexto que hemos tratado. Para esta ocasión tenemos uno de Virgilio: “La suerte ayuda a los osados”. Y un segundo que figura como proverbio árabe: “Con la primera copa el hombre bebe vino, con la segunda el vino bebe vino y con la tercera el vino bebe al hombre”. Ø
 
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