El gran historiador Gibbon decía que el tiempo más feliz y próspero de la humanidad había sido en el Imperio Romano después de la muerte de Domiciano hasta la ascensión de Comodus, (del año 96 al 180 d. de J.C.), a pesar de que la malaria hacía estragos, la lepra era común, la difteria eliminaba jóvenes, el ántrax mataba humanos junto a animales, la fiebre tifoidea y la disentería eran un problema permanente y de que en 125 y en 164 la peste bubónica se llevaba en sus peores momentos 10.000 personas por día sólo en la ciudad de Roma. “Las casas están llenas de cadáveres y las calles de funerales”, se lamentaba Tácito. Pero en la época en que Gibbon escribía esto (1776-1780) Inglaterra emergía de tres siglos de plaga, y a la difteria, el tifus, la tisis y el raquitismo se le agregaban la sífilis, el cólera y la viruela. La vista de las suaves colinas y de las plácidas viñas justificaba su aseveración. Recordemos que no se operaba la apendicitis ni el cáncer y que no había anestesia.
Desde que tenemos registros, la civilización ha sido devastada por plagas y epidemias.
En toda la época dorada de los romanos las enfermedades arreciaban por períodos. Cuando el Imperio cae en manos de los bárbaros, cesan los viajes y las epidemias amainan. Al levantarse otra vez con Justiniano en Constantinopla, se restablece el comercio y la peste, que nace en el bajo Nilo, trepa por Egipto, se extiende por el
Asia Menor y llega a Constantinopla para matar de 5.000 a 10.000 por día. De ahí cruza Grecia y se esparce por Europa.
Como cansada por la cosecha de ese siglo VI, la plaga, exceptuando unos pocos estallidos, descansa por ocho siglos. Mahoma hace su hégira, Haroun al-Raschid rige el califato de “Las mil y una noches”, Carlomagno construye su imperio, Jerusalén cae bajo dominio musulmán y comienzan las cruzadas que durarán doscientos años. En el siglo XIII el científico Roger Bacon, el teólogo Tomás de Aquino, y el poeta Dante, dejan sus inmortales trabajos. En 1330 se usa la pólvora por primera vez, en 1336 empieza la Guerra de los cien años y 1345 la primera botica (farmacia) se abre en Londres. Ese mismo año la peste bubónica era epidemia en Asia y Africa. Dos años después, otra vez desde Turquía y Grecia arriba a Europa donde se la llama la Peste Negra por las manchas oscuras con pequeñas hemorragias que tenían en la piel los afectados. Bocaccio cuenta en el Decamerón las picardías de un grupo de jóvenes en Florencia (1348) recluidos para evitar el contagio.
Veinticinco millones de europeos murieron en esos años, la cuarta parte de la población. Escenas del horror fueron descriptas por pintores y escritores. A la enfermedad hay que sumar la superstición de la época y la medicina primitiva que se practicaba. Cuando se descubrió que las ratas eran las transmisoras fue posible controlarla combatiendo a los animalitos y decretando cuarentenas en zonas afectadas. El aislamiento por cuarenta días tiene connotación bíblica ya que ese fue el tiempo en que Moisés y Jesús estuvieron solos en el desierto. Los médicos se cubrían todo el cuerpo con vestido y guantes de cuero y una careta con una gran nariz llena de especias para “purificar el aire”. (Ver figura). Los nobles y ricos tenían acceso a la mejor medicina: “la píldora de los tres adverbios”, huya rápido, lejos y vuelva tarde. Y se iban al campo que también estaba lleno de enormes ratas.
En 1918, una epidemia mundial de gripe mató 18 millones.
Las pestes ya eran usadas para aterrorizar en el siglo XVI cuando ejércitos bárbaros arrojaban con catapultas cadáveres infectados sobre las murallas de ciudades sitiadas. En la guerra Franco- británica (1754-1763) el general Amherst les dio a los indios canadienses ropa con el virus de la viruela que provocó una gran mortandad por la falta de anticuerpos de esos pueblos. En la primera Guerra Mundial, los alemanes y después los ingleses y franceses usaron el ántrax contra animales y hombres causando 100.000 bajas humanas.
HISTORIA DE CUQUI, LA ESPOSA DE MI AMIGO RICARDO, MAS NOMBRADA COMO “LA PESTE”
Mi amigo Ricardo se casó con La Peste rechazando nuestras advertencias y desafiando las cargadas. Fue uno de esos casamientos que no se explican ni por autocastigo ni por llevar la contra a familia y amigos. Eso que se llama amor no lo sentían. Soy testigo. Cuando salíamos los cuatro, yo con mi novia “la Chueca”, (y salíamos porque ellos siempre nos llamaban), ya llegaban peleando. Ricardo tenía un autito en el que apenas se podía respirar. Los sábados a la noche dábamos vueltas y vueltas esperando que se calmaran para poder ir a algún lado. A veces pasábamos horas estacionados para no gastar nafta. Con la Chueca no mirábamos y nos dábamos un beso cada diez minutos. Ellos, meta insultos, pataditas y pellizcones. Casi siempre terminábamos comiendo pizza donde nadie nos conociera. Había días que la cosa iba tan mal que Ricardo no podía manejar entonces lo hacía yo, con la Chueca adelante y ellos atrás. Lo curioso es que así hubo noches en que acabaron enamorados. La Chueca odiaba a La Peste y decía que Ricardo era un pelotudo. Ricardo es mi amigo de la infancia y juntos hicimos varias de esas cosas que son difíciles la primera vez. Con él tenemos secretos que nos atan por vida. “Chueca”, -argumentaba yo- “nadie es perfecto”. “Ya lo sé, vivo, pero él es un pelotudo”. Y cada vez que ella repetía esa palabra a mí me llegaba como una trompada en el estómago.
La Peste y Ricardo se casaron un mes de noviembre. La fiesta la hicieron en la casa de ella que era muy grande. La Chueca, me acuerdo, fue con un vestido rojo brillante lleno de lentejuelas mal cosidas porque las encontré hasta dentro de los inodoros. Hizo bastante roncha, quizá a propósito; nunca la entendí bien. Había toneladas de comida y bebida, y nos divertimos mucho. Me olvidaba decir que el padre de La Peste era industrial y tenía mucho dinero. Ricardo trabajaba de noche en la compañía de teléfono y era de familia modesta. Se fueron a vivir a un departamento en el centro aunque él me había prometido un asado en su propia casa con pileta y cancha de tenis. El padre de La Peste se enfermó al poco tiempo-cáncer de garganta-, y entre los médicos, los abogados y los socios dejaron a la familia en la calle. Cuando el hombre murió estaban alquilando una pequeña casa en las afueras. La Peste y Ricardo tuvieron tres nenas y un aborto, también femenino. La vida de casados fue igual que la de novios, sospecho que para hacer las hijas dormían en el asiento trasero del auto. En realidad, este es un chiste de la Chueca que se casó con otro y se fueron a España.
La Peste era celosa de los amigos, celosa del bowling que jugábamos los jueves y celosa de Carnivón, el perro que tenía Ricardo de soltero y que vivió como veintiséis años. Ricardo se fue quedando sin amigos, sin bowling y, finalmente, sin perro. Después de la muerte de Carnivón, Ricardo llevó a la casa tres perros que encontró en la calle para darles todo el cariño que no podía volcar en su familia. Estos hacían tanto desastre que La Peste un día se enojó y lanzó un ultimátum o se llevaban los perros de inmediato o ella se iba a un hotel para siempre. Las pobres chicas heredaron muchos genes de la madre pero de Ricardo el amor por los animales y votaron por los perros. La peste no fue a un hotel sino a la casa de su hermana a buscar asesoramiento filial. Volvió a la mañana siguiente.
-Yo me quedo, esta es mi casa, y los perros también pueden quedarse. El que se va es el idiota que los trajo.
Estoy seguro que si Ricardo echaba a los perros podía haber negociado, en cambio vino a golpearme la puerta de mi departamento con una valija en la mano.
-No podés pasar, -le dije- estoy con una mina.
-¿Entonces qué hago?
-Tomate un café en la esquina, te veo en un par de horas.
-¿Puedo dejarte la valija?
- No, ¿para qué te casaste? Ø