JUAN, Pedro y María, tres estudiantes que aman el turismo aventura, dejan una mañana el jeep que han alquilado para internarse en una selva. Horas después, pierden contacto entre ellos y se sienten perdidos. Sin rumbo en la selva, Juan se limita a defenderse como puede de los insectos que lo acechan. Camine o se detenga da lo mismo porque, no sabiendo adónde ir, no tiene otra intención que sobrevivir. Cuando llega la noche, se pone a llorar desconsoladamente.
Pedro, en cambio, llevó consigo una brújula. Decide que el borde más cercano de la vasta selva está al Norte. Hacia allí se encamina esforzadamente pero, al cabo de unas horas, sospecha que ha elegido el rumbo equivocado. Empieza a caminar hacia el Este. También en esta dirección, la selva parece interminable. A la inversa que Juan, Pedro se fija rumbos en la selva pero, como no sabe adónde dirigirse, esos recorridos son arbitrarios, meras apuestas. Como es animoso, cada vez que cambia de dirección avanza con energía. Duerme bien la primera noche porque aún conserva la esperanza. La segunda noche lo sorprenderá llorando igual que Juan.
María también se siente perdida en la selva hasta que recuerda que el representante de la agencia le dio un beeper conectado electrónicamente al jeep que acababa de alquilarles, para el caso de que se perdieran. María lo prende y suena un beep. Su registro es débil porque se ha adentrado profundamente en la selva. Guiada por el sonido cada vez más nítido del beep, María emprende el regreso. La marcha es difícil y está llena de peligros. En ocasiones se desanima porque su carácter, sin ser tan débil como el de Juan, tampoco es tan fuerte como el de Pedro. Pero, en tanto éste tiene el problema de encontrar el rumbo, María sólo tiene el problema de seguirlo.
Débil de carácter, a Juan le faltan tanto la inteligencia de su situación como la voluntad de luchar hasta el fin. Fuerte de carácter, Pedro tiene la voluntad necesaria para marchar pero no la inteligencia de su situación. María no es voluntariosa como Pedro ni floja como Juan, pero los breves impulsos del beep nutren su inteligencia. Después de incontables dificultades, sólo ella vivirá.
De Machinea a Cavallo
Cuando una persona, una empresa o un gobierno no saben adónde ir, adoptan una actitud meramente reactiva: atajan las dificultades del momento como pueden, sin otra intención que salir del paso. Tienen una intención, pero carecen de un proyecto.
Cuando De la Rúa llegó al poder, su ministro Machinea se encontró de golpe en la inmensa selva del déficit del presupuesto y el endeudamiento externo. Hizo lo que pudo, que no fue mucho, porque es un economista tímido, minimalista, pero sobre todo porque no sabía dónde había quedado el jeep. Después de quince meses de atribulada gestión, en marzo de este año abandonó el intento.
Luego del brevísimo interregno de López Murphy, Cavallo vino equipado con dos atributos de los que carecía Machinea: una brújula y la determinación de luchar hasta el final. La excelencia técnica y una voluntad de hierro. En estas dos cualidades, ¿quién lo supera?
Después de ocho meses de gestión, empero, muchos empiezan a sospechar que tampoco Cavallo sabe dónde queda el jeep. Cada dos o tres meses anuncia un nuevo plan. Crea impuestos, rebaja impuestos, recorta gastos, embiste contra el déficit, procura reducir los intereses de la deuda externa. Marcha al norte, al este, al oeste y al sur. No se da por vencido pero tampoco encuentra el rumbo. Según una reciente encuesta de Artemio López, el 69 por ciento de los argentinos opina que debería alejarse. Quizá juzgan que Cavallo no es María sino Pedro. Pero los argentinos que se desaniman, quizá no sea Pedro sino Juan.
De Alberdi a Ortega
Al tratar de explicarse por qué los norteamericanos progresaban más que los argentinos, Juan Bautista Alberdi escribió que ellos, pero no nosotros, tenían "la inteligencia de sus intereses". Esta "inteligencia" se reveló en la admirable obra de ingeniería institucional que es El Federalista, escrito hacia fines del siglo XVIII por Hamilton, Madison y Jay. Pero el diagnóstico de Alberdi sólo fue verdadero hasta que él mismo publicó las Bases, a mediados del siglo XIX. La Argentina contó a partir de él no sólo con la vaga intención de sobrevivir sino con un proyecto para prosperar.
Ortega y Gasset definió a la nación como "un proyecto sugestivo de vida en común". La Argentina, que no lo había tenido antes de Alberdi, lo tuvo gracias a él y a las generaciones que lo ejecutaron en medio de incontables dificultades a partir de Urquiza, Mitre, Sarmiento, Avellaneda y Roca. Aunque a veces le flaqueaba la voluntad igual que a ella, por varias décadas la Argentina fue María. En medio de tribulaciones sin cuento, durante ese período de extraordinario crecimiento económico y político la Argentina, ajustándose a la definición de Ortega, fue una nación . De 1930 en adelante, el proyecto de Alberdi comenzó a desdibujarse. Si hoy sólo pretendiéramos restaurarlo, caeríamos en la misma nostalgia con la que José Hernández fustigó en el Martín Fierro la idea de país que aquél había concebido. Fue una magnífica nostalgia. Pero la épica de Hernández sólo fue posible por contraste, de cara al proyecto destinado a superar el mágico país gaucho del que él venía. Como hoy sólo contamos otra vez, como antes de Alberdi, con la vaga intención de sobrevivir, hasta nuestra nostalgia, lejos de ser épica, es balbuceante. Nuestra vida en común fluye a borbotones entre la frustración y el voluntarismo. Sin María, vacilamos entre Juan y Pedro. En estas condiciones extremas es preciso mantener, por lo pronto, la voluntad. Es necesario que no nos demos por "vencidos ni aun vencidos", como quería Almafuerte. Y esto es así porque, cuando se ausenta la inteligencia, sólo una empecinada voluntad permite ganar tiempo hasta que aquélla vuelva. Si los argentinos nos dejáramos derrotar por la epidemia de negatividad que hoy nos envuelve a favor de la demagogia de los nihilistas que parecen disfrutar de nuestros males, se cerraría sobre nosotros la noche de Juan. Pero la voluntad no podría sostenernos indefinidamente. Sin la inteligencia de un nuevo proyecto, que tendría elementos del proyecto alberdiano pero no se identificaría con él, al fin nos cubriría la noche de Pedro. Por eso el Presidente ha interpretado de alguna manera la situación argentina cuando convocó, como acaba de hacerlo, a todos los sectores políticos, económicos y sociales a elaborar un nuevo consenso. En la peor de las interpretaciones, sólo trata de ganar un poco más de tiempo. En la mejor, ha salido en busca de María. Cuando la victoria de los Estados Unidos a fines de la Segunda Guerra Mundial ya era inevitable, el gobierno japonés encerró a un grupo de intelectuales y de técnicos para que, lejos del tronar de los cañones, pensaran el nuevo país que habría de surgir de la inminente derrota. Ese país fue el Japón que renació de Hiroshima y Nagasaki. Sería ocioso discutir ahora cuáles fueron nuestras bombas atómicas. Lo que importa es que, sumando nuestras breves figuras, construyamos a partir de ahora un nuevo gigante, un Alberdi colectivo que conciba el proyecto gracias al cual volveríamos a ser una nación. Ø