“No ser nada es el grito del espíritu cansado
de sus propias rebeliones”.
El hombre rebelde - Albert Camus
El “gran no” se les presenta a todos en la vida, algunos lo gritan fuerte y una sola vez, otros pasan los años entre que sí y que no. La gran negación es a veces una afirmación en contra de algo, es una gran rebeldía con todo el valor que ésta demanda. Es una reiteración de la individualidad, es el ejercicio de la máxima libertad, es la actividad cumbre de la conciencia, es la justificación de la esencia humana. No hacen falta músculos de gimnasio sino fortaleza de espíritu. En esto radica la debilidad de la absoluta mayoría que vive aceptando reglas, conductas, ideas, informaciones, modas, valores, etc. con el pasivo silencio de los corderos. Cada uno de ustedes, rebeldes lectores/lectoras, tuvo que negarse terminantemente a algo en algún momento de su vida, o quizá fue una elección de la cual sabía de antemano que terminaría arrepentido, de cualquier forma que decidiera; pero lo peor viene cuando se traiciona aunque sea con el pensamiento a esa decisión, correcta o no, y vive lamentándose.
La gran negación es también una afirmación, “sostenemos lo contrario”. Una afirmación-negación es más fuerte cuando está rodeada de negaciones. Cuando sobresale después de despejar el monte a machetazos. Algunas elecciones son tan simples como empezar o no un negocio, casarse o no, tener hijos o no, cambiar el auto, mudarse, etc. Otras son bien difíciles como casarse o no, tener hijos o no, cambiar de sexo, dar la vida por una causa, etc.
El gran viejo cabrón de Schopenhauer decía más o menos así: el hombre inteligente debe elegir entre la estupidez y la soledad.
Pregunta suelta: ¿Qué le interesa más, si Talía es feliz con su pareja o si Nietzsche era misógino?
HISTORIA DE MI TIO GUILLERMO QUE ELIGIO LA ESTUPIDEZ PERO POR POCO TIEMPO
Mi tío Guillermo amaba las flores y los pájaros. El me inició en esa admiración por esos alados y frágiles seres que nos acompañan tanto en el campo como en las inhóspitas ciudades. Podemos sepultarnos en un oscuro departamento pero algún pajarito bajará a visitarnos o a contarnos su vida con su canto. Su casa estaba llena de jaulas y plantas, en la cocina y el comedor ocurría un permanente concierto de minúsculas gargantas. Su gran placer era soltarlos y enseñarles a regresar a su jaula por comida y agua. Adentro eran casi todos canarios. Allí aprendí lo que nos cambia la comida al comprobar cómo en pocas semanas un canario amarillo se volvía anaranjado de comer zanahoria. En el patio había construido una enorme jaula con postes y alambre tejido, y allí tenía exóticas avecillas. Entraba a limpiarla, (unas pocas veces lo ayudé), y se quedaba largo rato en compañía de sus amiguitos sin inmutarse por las defecaciones en su cabeza y su ropa. Cuando yo era muy chico, mi tío Guillermo venía a buscarme los domingos y me llevaba al campo a observar pájaros. Me explicaba sus hábitos, apareamientos y migraciones. A mediodía comíamos un sánguche, a la tarde yo estaba de vuelta para los picados. Seguramente me habló de muchas cosas que no recuerdo y que estarán en alguna neurona dedicada a la memoria.
Tío Guillermo se reunía con amigos a revivir tertulias madrileñas en cafés de la Puerta del Sol o la Gran Vía, en tascas de la Plaza Mayor o rememorar pícaras rondas nocturnas con las estudiantinas. Varios eran republicanos perseguidos por Franco, artistas o intelectuales que buscaron refugio en la Argentina. Seguían la tradición del acrimonioso jovato don Ramón del Valle-Inclán que gustaba florear su ingenio y conocimiento en famosas mesa de café. Además de aves y botánica, mi tío era un erudito en literatura española y filosofía griega. Pero tuvo la desgracia de vivir más años de lo aconsejable y sus contertulios se fueron muriendo o petrificando en sus casas. Se quedó viudo y sus dos hijas volaron a otras ciudades con sus maridos. A pesar de sus amiguitos cantores, tío Guillermo se sentía solo y su semblante entristecía. Había un club cerca de su casa, y empezó a ir por las tardes a sentarse en el buffet donde siempre había hombres charlando en sus mesas. Como ya no manejaba, con ayuda de su bastón recorría lentamente las cuatro cuadras hasta el Social y Deportivo Cadetes de San Martín. Fue incluido en un grupo pero ahí nadie prestaba atención a sus cátedras porque sólo hablaban de fútbol. Por un tiempo pareció que tío Guillermo había encontrado una última tertulia, pero el precio fue que tuvo que informarse y estudiar aceleradamente todo lo referente a ese deporte para poder participar en discusiones dialécticas que tanto disfrutaba.
Pocos meses después pasé una tarde por su casa y lo encontré afanándose en su jardín para proteger sus plantitas de los insistentes yuyitos.
-¿Qué pasa, tío? le pregunté- ¿No vas más a Cadetes?
-No, contestó con un suspiro- no saben nada de fútbol.
Y así termina la serie Temas Profundos, Solamente porque ya me cansó. Ø