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De la misma manera que se vendieron las joyas de la abuela, se rifó el potencial de recursos humanos en ciencia y tecnología (hoy en un gran porcentaje en el exterior) y se desaprovecharon oportunidades de negocios extraordinarias para nuestro país, el fútbol argentino muestra flaquezas de todo tipo, propias de todo país saqueado.
A horas de comenzar una nueva participación de la selección nacional en la copa del mundo, los comentaristas, columnistas y referentes de este deporte señalan reiteradamente un listado de falencias organizativas, estructurales, económicas y administrativas que empobrecen tanto la calidad del espectáculo deportivo como las posibilidades de desarrollo de los clubes. Los problemas incluyen la incapacidad de los clubes de retener a sus juveniles luego de apenas debutar en primera división, las bajas de rendimiento de los equipos cuando se juegan dos torneos simultáneos y las dificultades operativas y de logística para coordinar viajes a países distantes de nuestro continente, como México, Colombia o Ecuador, como así también el bajo nivel futbolístico de los grandes equipos y la irregularidad que impera en la competencia local. Se suman a dichas cuestiones todas las falencias relacionadas con el poco confort que ofrecen a los profesionales los clubes medianos y pequeños que, además, hacen muy poco por formar profesionales que conozcan sus derechos, obligaciones y problemáticas propias de futbolista profesional cuando juega y cuando empieza su etapa de retiro. El fútbol es un deporte cuyo peso específico en la vida social, cultural y económica de los argentinos es asombroso; esto se observa a diario. Sin embargo, las decisiones respecto de cómo encarar su organización está en manos de unos pocos hombres conectados entre sí por emprendimientos empresarios de representación o marketing, la Asociación del Fútbol Argentino (entidad adherida a la poderosa multinacional FIFA) o corporaciones de medios audiovisuales internacionales. La riqueza –en varios aspectos- del fútbol argentino se encuentra en muy pocas manos. Los dirigentes de los clubes han hecho casi nada por defender los intereses de los asociados y el real fin de las entidades que conducen. Hoy muchos se vinculan a barras bravas y a punteros políticos. Otros sencillamente se ocupan de hacer silencio de radio cuando hay que discutir los temas más ríspidos frente al Comité Ejecutivo de la AFA, la Confederación Sudamericana de Fútbol o el mismo Gobierno Nacional. Los derechos de televisión para los partidos quedaron monopolizados y comprometidos en contratos de largos años cuando los acuerdos podrían haber sido efectuados por períodos breves, a instancias de virtuales cambios de parámetros económicos y financieros locales. Una revisión y reorganización del calendario también sería factible si se pretende hacer las cosas con criterio, porque si bien hay una realidad económica que marca el pulso del fútbol a partir del poder de compra de los clubes europeos, también es cierto que la gallina de los huevos de oro es el talento de los jugadores y que éstos deben ser cuidados en sus diferentes aspectos (salud mental, salud física, formación cívica y preparación profesional). Espacios tan sencillos como el potrero, donde se estima que nacen los grandes talentos (como Aimar, Tevez, Messi o el mismísimo Maradona), no han sido valorizados ni protegidos. Para empezar a cambiar algo podría limitarse la venta de jugadores al exterior, considerando transferibles a sólo aquellos que tengan 22 años cumplidos. De esta forma, el fútbol local mejoraría su espectáculo cotidiano y, por otro lado, los jóvenes evitarían vivir frustraciones prematuras por falta de aplomo en la alta competencia. También se evitaría el desabastecimiento de jugadores que sufren los clubes cuando terminan presentando planteles con porcentajes muy altos de juveniles, sometiéndolos a éstos a la enorme presión que deberían asumir los profesionales más experimentados. El fútbol argentino vive de papelón en papelón. Entre ellos, el de los pésimos arbitrajes a cargo de árbitros que consiguen estatus a partir de los favores que le adeudan algunos dirigentes. Así pasó en el mundial que dirigió Angel Sánchez. Así pasó con Fabián Madorrán cuando fue obligado a modificar su manera de arbitrar, tras un partido internacional donde expulsó a cuatro jugadores brasileños con total justicia, y debió soportar luego los retos de la escuela. El último escándalo lo protagonizó el árbitro Sergio Pezotta en el partido Vélez-Boca con un trabajo impresentable, lejos de toda idea de justicia deportiva. Claro, en Argentina muchas son las cosas que aún se resuelven entre gallos y medianoche. Ø |