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LA CAMARA |
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Escrito por Alberto Barroso
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martes, 01 de enero de 2002 |
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A nuestro fotógrafo Pablo Grosby La luz natural estalla en la superficie de la vidriera y se encuentra en el medio de la sólida transparencia con las irradiaciones de los fluorescentes interiores. La reflexión, que es regular cuando el sol está en su máxima altitud respecto al meridiano en el que nos encontramos, se va haciendo difusa por el movimiento de la tierra sobre su eje. Es una lenta batalla que ganará, como todos los días, la enorme estrella que nos da la vida cuando se amplíe el ángulo de incidencia y sus rayos penetren el vidrio en forma oblicua. Para los ojos de Matías esta esgrima óptica que se da en millones de superficies al mismo tiempo no es un obstáculo insuperable. El está allí en este momento atraído por las imágenes (que son las superficies de las cosas) y por las máquinas que las inmovilizan para apreciar el virtual fraccionamiento del tiempo. En los estantes de la vidriera una plétora de cámaras fotográficas compiten entre ellas con diseños nuevos y con ejemplos de sus proezas, acompañadas casi siempre por sonrientes modelos de todas las razas. Una NIKON junto a una CANON, abajo, una CONTAX emite flashes al lado de una YASHICA, una MINOLTA parece salir de un paisaje desértico, una FUJI baja de la famosa montaña japonesa, una SONY exhibe un largo zoom y una PENTAX muestra sus entrañas. Matías da un paso al costado y luego medio paso hacia delante. La mano derecha sube en diagonal para apoyarse sobre la manija. Comienza la presión, atrás viene el peso-masa del cuerpo, y la fuerza es suficiente para hacer girar la puerta hacia la derecha. Matías avanza con la pierna izquierda, luego la derecha, la izquierda, y así se dirige a un mostrador. Un joven oriental de cara amable lo espera con las manos apoyadas sobre el vidrio horizontal bajo el cual se ven las cámaras más caras. Está muy bien afeitado, viste una camisa blanca sin una sola arruga y una corbata gris oscura. Matías también apoya sus manos sobre el vidrio justo encima de una Nikon con lente para visión nocturna. Los dos hombres se miran sin analizarse mucho y el joven oriental le pregunta a Matías cómo puede ayudarlo. Matías baja la vista y le señala una Pentax que ya había distinguido cuando se acercaba. El joven oriental se agacha, abre con una llave un candadito y desliza la puerta de vidrio. Con mucho cuidado agarra la Pentax, se levanta, pone un paño sobre el vidrio y deposita la cámara. Es el último modelo digital que ha salido a la venta, 5 Megapixels, lente panorámico, el disparador automático capta más de doscientas imágenes por segundo. Matías le sonríe al joven oriental como agradeciéndole por dejarle tocar semejante belleza. Sus dos manos se acercan a la Pentax con anticipados temblores de placer, la abrazan con una emoción que trasciende la piel y la alzan delicadamente a la altura de la cara. Es de un color crema apagado, la lente, rectangular, es de un azul profundo, tiene botones negros y líneas doradas donde se juntan las partes. Al tacto no es suave para que no se deslice sino que tiene la tersura apropiada para que acariciarla resulte agradable. Matías la da vuelta, acerca su ojo al visor y ve la cara plácida del joven oriental. Aprieta el botón automático y la velocidad de las tomas no producen ningún cambio. Reduce la velocidad hasta unas pocas imágenes por segundo y el impecable rostro oriental es seccionado en el tiempo con finísimos y casi intemporales planos espaciales. El joven oriental deja caer la sonrisa en la comisura derecha, sus ojos pierden el foco y se mueven inquietos hacia ambos lados. Luego toda la cabeza gira hacia su izquierda y su expresión es afectada por una reacción de sorpresa. Se vuelve hacia Matías y le hace un gesto con la mano que recién se hace imagen en la cámara cuando pasa la altura del hombro. El joven oriental sale del marco y la cámara sigue fraccionado los segundos de una vitrina con diferentes clases de teleobjetivos. La cámara gira hacia la derecha, siempre fraccionando pero a menos de veinte por segundo mientras adapta automáticamente la distancia y la sensibilidad a la luz para mantener un perfecto foco. Una columna con adornos navideños pasa de derecha a izquierda, la cámara baja para “tocar' un mostrador y encuadra a un grupo de personas con las cabezas inclinadas. Mujeres con polleras hasta la rodilla y hombres en camisas blancas y pantalones bien planchados forman un ser colectivo más o menos redondo. Entre las piernas con medias transparentes o con tubos de tela gris yace un cuerpo que parece femenino por los vivos colores del tejido que lo cubre. La cámara sigue su “travelling” hacia la derecha y recorre el resto del local sin encontrar otro humano. Vuelve al grupo redondo de personas que no muestra mayores cambios. La lente se aleja pero la cámara mantiene automáticamente el foco. Baja rápidamente a grabar el suelo de baldosas marrones, luego una franja de metal que corresponde a resto del marco de la puerta de salida. Todo al mismo tiempo que el cuerpo de Matías, ahora desconectado de las imágenes de la Pentax, gira y se apoya en la puerta con su hombro derecho empujando mientras los impulsos emitidos a todos los músculos producen más fuerza y velocidad. La puerta gira hacia la derecha. Un fuerte zumbido comienza y se transforma en una vibración general del aire confundiendo su punto de origen. La pierna derecha avanza describiendo un semicírculo, se apoya en la vereda, la izquierda ya viene con otro semicírculo, se apoya en la vereda, la derecha larga su próximo semicírculo sobre el suelo pero no termina donde estaba programado sino que el movimiento sigue al no toparse con la superficie sólida y termina algo más abajo contra la dureza del asfalto. El pie que esperaba el contacto en el tobillo baja la parte anterior e impacta de costado y la masa que viene cayendo desde atrás y arriba produce una rotación sobre el metatarso que hace que el cuboides y el calcáneo se muevan sobre el astrágalo rompiendo varios de los ligamentos que los unen. La mano libre desciende instintivamente y los tres dedos más largos se incrustan en la rugosidad de la calle, las uñas se rajan, las yemas estallan en cruces y la sangre fluye instantáneamente. Un borde de plástico corta horizontalmente la sien izquierda de Matías y sigue hasta crear una fisura en el cráneo. La cámara que golpea contra el suelo sigue registrando en perfecto foco una superficie blanca, una barra de metal con barro adherido, y las figuras de una rueda de caucho sintético que termina cubriendo todo el panorama del objetivo mientras sube sobre un obstáculo en un corto semicírculo para bajar muy rápido a restablecer el contacto con el asfalto. Ø
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