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"Tenemos fe en Dios, en los hombres, en los valores, y en el futuro de América Latina" II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Medellín, 6 de septiembre de 1968. En agosto de 1972 regreso a mi pueblo, Avellaneda, Santa Fe; habían pasado diecisiete años desde el verano de 1955, cuando ingresé al seminario franciscano de la ciudad de San Lorenzo, Santa Fe, para ser misionero.
Allí terminé la primaria y la secundaria: luego seguí con filosofía, latín, griego, francés e inglés, terminando los últimos años de teología sistemática, en el Colegio Máximo de los jesuitas, en San Miguel, Buenos Aires; allí cursé algunas materias con el actual Cardenal Mario Jorge Bergoglio. Después del Concilio Vaticano II (1962-1965) y de Medellín (1968), empezamos a tener una nueva visión desde la teología sistemática y dogmática hacia la realidad social; desde la espiritualidad franciscana se instaba a la inserción en los barrios, creando pequeñas comunidades abiertas, buscando un modo de vida más testimonial y comprometido con la realidad social, siguiendo el mandato de San Francisco. Como hijo de obrero entendí bien la consigna y, a partir del Cordobazo de 1969, entré en una profunda crisis de identidad y afectiva. Descubrí que mi vocación era de servicio y no necesariamente pasaba por pertenecer a una orden religiosa; felizmente, fui bien comprendido por los superiores de la Orden Franciscana. Así dejaba la institución franciscana, pero no la formación que durante tantos años nos habían inculcado pacientemente los frailes: el amor al prójimo, los principios de justicia, de solidaridad, de honestidad, de vivir en libertad y dignidad, de paz y bien. Estos serían siempre mis ideales y mi identidad de cristiano y franciscano. Ya en mi pueblo, en agosto de 1972, empiezo a trabajar en la Cooperativa Unión Agrícola de Avellaneda, en el departamento de Personal, y me envían a la planta fabril para la liquidación de sueldos de los operarios, en donde enseguida tomé contacto con el mundo de los obreros; no fue extraño para mí, porque mi padre había sido un obrero de fábrica. Frecuentaba la parroquia en mis horas libres y, con un grupo de jóvenes, nos reuníamos con frecuencia para analizar la realidad y “volantear”. A veces un padre de la parroquia me pedía que fuera a dar una charla a algún grupo de jóvenes. Todo iba bien con el padre hasta que un día planteamos el tema de las injusticias que había en la relación laboral, especialmente con los más pobres, causada por personas que frecuentaban -y colaboraban- con las actividades de la iglesia local. Pero la visión del padre era intransigente, pastoralmente alejada de la realidad social; nos dijo, lisa y llanamente que no teníamos fe. Como cristiano, sabía que la fe es un don de Dios y no se pierde por tomar un compromiso social. Como teólogo reaccioné y le di mis argumentos, desde el misterio de la encarnación de Cristo, pasando por el Vaticano II y Medellín, con el compromiso por los pobres. Pero no llegamos a conciliar las ideas: él era italiano y había cursado sus estudios antes del Vaticano II; estaba muy cómodo en su parroquia y se relacionaba, preferentemente, con las familias de mejores recursos. Se cerraba una puerta y se abrían otras; fiel a mis principios de ver, analizar y actuar, tomé contacto con un grupo de jóvenes que militaban políticamente en el peronismo de base, dentro de una línea reivindicatoria de los derechos de los obreros y la justicia social. En mi entorno de trabajo había muchas injusticias, una ancestral discriminación hacia los obreros y los "cabecitas negras" desde el directorio, la gerencia, los empleados administrativos y los jefes de personal; todos con un fuerte delirio de superioridad hacia los obreros. Esto me dolía mucho porque mi padre fue, toda la vida, un obrero excelente y una buena persona. En 1973 me casé con Berna; nos unían el amor y los mismos ideales. Al año siguiente nacía Anahí, nuestra primera y única hija, era la felicidad plena. El Instituto de Servicio Social Juan XXIII de Reconquista me pidió que realizara una suplencia en la cátedra de Teología durante un semestre, gratuita; lo hice con mucho empeño y con respeto por el alumnado, pero con un nuevo enfoque, buscando, desde la teología, iluminar la realidad social; ya tenía alguna información de la Teología de la Liberación, pensamiento gestado en el Perú por el teólogo Gustavo Gutiérrez, contrapuesta a la teología europea y, que más tarde tendría otro referente, el franciscano Leonardo Boff, en Brasil. En el trabajo todo iba bien, pero había una mano negra que revisaba los cajones de mi escritorio durante mi ausencia; era la época de los volantes, único medio de información que no podía controlar la dictadura del Gral. Alejandro Agustín Lanusse (1971-1973). Todas nuestras actividades sociales nos iban marcando y enfrentando al sistema instaurado y nos calificaban con las famosas palabras de "zurdo", "comunista", "marxista", "subversivo", "extremista", "guerrillero". Así se empieza a gestar, en las pequeñas comunidades o pueblos, la dictadura social con mentes retrógradas e intransigentes que ven amenazado su poder por un cambio de justicia social; es el primer eslabón de la dictadura militar. Los empresarios, gerentes, jefes, compañeros de trabajo, vecinos, obispos, sacerdotes, políticos y sindicalistas burocráticos, silenciosamente resisten el cambio y denuncian en las comisarías a las personas que, a su criterio, son sospechosas, las que con su accionar se rebelan o tienen un pensamiento opuesto al rígido sistema de injusticia social instaurado a lo largo y ancho de la Argentina. La dictadura militar llega para defender a las corporaciones económicas, a los grandes empresarios, a los mandamases, a los políticos y sindicalistas que golpean las puertas de los cuarteles cuando sus intereses están en peligro, y a otras instituciones, como nuestra Iglesia Católica, que recibe prebendas del Estado. Pero la dictadura también cuenta con abundantes colaboradores: médicos, obispos castrenses, capellanes militares, ingenieros, periodistas, alcahuetes de turno. De esa forma se hacen de una base fuerte en la sociedad que teme el cambio social. Es verdad que había guerrilleros y violentos que querían cambiar la sociedad con secuestros, asesinatos, asaltos, bombas; pero se debería haber actuado como se hizo en Italia, en donde aplicaron la ley para disolver a las Brigadas Rojas, aún a costa de la muerte de Aldo Moro (1978). El Estado Argentino tenía la ley y los medios. En cada comisaría se confeccionaron las listas de los subversivos y las pasaron al PEN. Durante los primeros días de febrero de 1976 empieza la cacería y salen a buscar a los “subversivos” del pueblo con un policía que va señalando la vivienda de las personas que estaban en la lista. Ese mismo policía en su infancia había sido compañero nuestro. Con Berna y Anahí, de dieciocho meses, estábamos en el Paraguay, en la casa de mis suegros, disfrutando de unas vacaciones. Cuando llegamos a Reconquista, un sábado al atardecer, nos dicen que me buscaban y que todos nuestros compañeros de la militancia ya habían sido llevados a la cárcel, unos a la de Coronda y otros a la Alcaldía de Santa Fe capital. El domingo, temprano, nos rodearon la casa y requisaron todo; lo único que encontraron fueron mis libros de estudiante, un comentario sobre las cartas de Pablo a los Romanos, de un gran biblista de la gregoriana, el Padre S. Lyonnet, sobre el pecado y la liberación; otro: "En el Corazón de las Masas" de René Voillaume, un retrato de Charles de Foucauld; una novela, "Acosados como perros", sobre un ghetto judío y un ejemplar de la revista Mensajero del Corazón de Jesús, dirigida por el jesuita Mario Anzorena, director nacional de Apostolado de la Oración. Con ello me labraron un acta que me hicieron firmar. Luego me llevaron detenido a la jefatura de Reconquista, que ese día estaba a cargo de un primo mío, quien al verme quedó asombrado y después me dijo: no puedo hacer nada, porque estás arrestado por el PEN. Al día siguiente, me esposan y trasladan a la alcaldía de Santa Fe en una camioneta custodiado por dos policías con armas largas rozando mis costillas, uno a la derecha y otro a la izquierda. Estuve alojado en una celda de dos por dos e incomunicado unos veinticinco días; lo que vi allí es terriblemente dantesco. Mientras Berna, como una leona herida y digna hija de la bravía raza guaraní, sobreponiéndose con su coraje y su fortaleza de mujer a la soledad, ya que por temor nadie quería ni saludarla, y al seguimiento constante e intimidatorio de algún represor, a la angustia e impotencia frente a los poderosos, iba y venía de Reconquista a Santa Fe, buscando localizarme. Después recurrió a los medios legales para conseguir mi libertad, asistiendo a la audiencia de un juez federal, recibiendo hospedaje en Santa Fe en la casa de unas religiosas, contando con el apoyo incondicional y toda la información de la situación que les trasmitía el padre Armando Yacuzzi a todas las esposas de los detenidos y de algunos familiares más comprometidos. Una mañana me llevaron a dar un “paseo” por la ciudad de Santa Fe y me bajaron en una comisaría en donde me interrogaron; previamente me vendaron los ojos, la presión psicológica fue muy fuerte, pero no lograron que me haga cargo de lo que ellos querían. Por último me preguntaron si tenía una hija: fue como si me amasijaran el corazón. Esa misma noche me liberaron, pero me hicieron firmar un prontuario por supuesta vinculación con extremistas. Regresé a Reconquista y me reencontré con Berna y Anahí; después con mi papá y mis hermanos. A los pocos días nos vinimos a vivir a Buenos Aires, hace hoy treinta años. Parece inverosímil lo que vivimos con la dictadura militar: secuestros, torturas, desaparición de treinta mil personas, apropiación de niños recién nacidos y de propiedades, la guerra de Malvinas, y el país sumergido en la miseria. Así también es incomprensible la hipocresía de aquellas personas que, aún hoy, quieren justificar a la dictadura militar con el simplismo del "algo habrán hecho", y “a mí no me hicieron nada”. A las Isabel, los Videlas, los Masseras, los Agostis, los del directorio de la Cooperativa, gerentes y alcahuetes subalternos, y a los que nos dieron la espalda, hoy les puedo decir: no nos vencieron. Ø
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