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Escuchando al gran Don Alberto y sus “Cien barrios porteños” me entró, junto con la nostalgia, una inyección de filosofía barata. Me puse a pensar en que los cien barrios porteños, sobre los que tan bien cantaba Castillo, pese a ser todos parte de una inmensa, cosmopolita y maravillosa ciudad, no se parecen en nada unos a otros. Dejemos de lado el centro, casi todo oficinas y la zona de Barrio Norte y Palermo Chico, sede de un estrato social que desconoce la existencia de otro mundo fuera de la órbita de sus actividades (hay que aclarar que ese desconocimiento se iluminó un poco cuando “los chicos bien” se enteraron que existía algo llamado tango y se fueron a bailarlo a los piringundines de Laura y de Hansen). Como nota al margen, cuando se armaba la rosca en esos bailongos, los niños bien generalmente llevaban la mejor parte, ya que la mayoría tenía sus profesores de boxeo y esgrima. De allí la frase del tango “Corrientes y Esmeralda” que dice: “Cuando un elegante lo calzó de cross”. La cosa cambiaba, sin embargo, cuando salían a relucir los “fierros”. A lo que quiero referirme es a los barrios porteños tradicionales: Almagro, Floresta, Mataderos, etc. Barrios que podrían ser considerados de clase media baja, trabajadores, en donde muchos de sus habitantes hablaban el italiano “cocoliche”, o el gallego que a veces se confundía y le metía un “eu” en vez de yo. Mi barrio estaba en la frontera. Dentro de la Capital pero apenas a seis cuadras de la Av. Gral. Paz, la que limitaba con la provincia de Buenos Aires. Era uno de los pocos barrios en la Capital con calles de tierra y terrenos baldíos. La composición económica y cultural del barrio era ecléctica. En mi cuadra vivían, en la vereda de enfrente, un zapatero, un sastre, un sargento de bomberos y un mecánico, entre otros. Y en mi vereda había un camionero, un juez retirado, un peluquero, un taxista y también unos matrimonios retirados. Además había cinco mujeres cincuentonas, que tenían una particularidad: se las arreglaban para ir al almacén a la misma hora y a la salida se paraban en la esquina para contarse las noticias de ayer, de hoy, de mañana y las que nunca existirían. Las habíamos apodado “Radio Belgrano”, pero cuando en la escuela empezaron a enseñarnos Shakespeare, les cambiamos el apodo a “Las alegres comadres de Windsor”. En las cenas era mandatorio que todos estuviesen en la mesa, y allí nuestros padres conversaban de todos los temas con nosotros, los chicos; todo, incluyendo política internacional, pero excluyendo sexo. En esos tiempos no se discutían esos temas con chicos de doce años. Pero eso no hacía ninguna diferencia. Cuando caía el sol y ya no se veía para jugar a la pelota, la barra se juntaba en la esquina hasta que las voces estentóreas comenzaban a gritar desde las distintas puertas: ¡A comer! Durante ese tiempo, sexo era el único tema y se agregaban al grupo los hermanitos mayores, entre 17 y 19 años, que volvían de la secundaria o del trabajo. Ellos sabían, como dice el tango, “…y el amor escondido en un portón” (Un pedazo de barrio allá en Pompeya), todo lo que había que saber y eran nuestros maestros en ese tema. Por eso nuestras mentes y nuestros ojos estaban preparados cuando llegó Angelina. Alquiló una casita a una cuadra de la mía, hablaba únicamente portugués y nunca llegamos a saber si era portuguesa o brasileña. A los treinta años confesados, era una mujer hecha, vibrante, con un hermoso cuerpo y un andar de princesa. Con esos atributos y sola, fue blanco perfecto e inmediato para las “comadres”, que comenzaron a inventar toda clase de rumores. No tenía ninguna clase de amigos, solamente la barrita nuestra, que estaba siempre jugando algún picado en el potrero; cuando ella pasaba por la vereda hacia el almacén, se le iluminaba la cara con una sonrisa resplandecientemente blanca en su cara color café con leche. “Como vai” nos decía agitando la mano. El partido se paralizaba y respondíamos con lo único que habíamos podido aprender de su lenguaje: “tudo beim”. El partido continuaba paralizado con una docena de pares de ojos, abiertos como platillos fijos en vaivén de sus caderas, hasta que desaparecía de nuestra vista. Un día, como a las once de la mañana, Coco, el Pocho y yo estábamos sentados en la vereda contra el paredón, cuando cayó “el judío” Pedro, uno de mis mejores amigos (cantábamos folclore a dos voces en las fiestas de la escuela), con la noticia de que Hitler acababa de invadir Rusia y nos dijo que toda la culpa era de los aliados, que habían tolerado a Hitler con la esperanza de que destruyera a Rusia (el sastre Don Abraham, padre de Pedro, era medio zurdo). Aquí me pregunto: ¿Cuántos de Uds. que tienen hijos o nietos aquí han escuchado a chicos de doce años sentarse a discutir política internacional? De todos modos la conversación se interrumpió cuando miramos hacia la vereda de enfrente: de la derecha venía doña Manuela, la jefa de las “comadres” volviendo del almacén, del otro lado venía Angelina, que iba hacía el almacén. Un suspenso de Hitchcock flotaba en el aire: se enfrentaron y se dijeron algo que no podíamos escuchar. De pronto, Doña Manuela, que era gorda y alta y le llevaba una cabeza a Angelina, se quitó una chancleta y levantó el brazo para dar un cachetazo con la suela. Para explicar lo que sigue debo decir que nuestros padres nos llevaban al cine todas las semanas y estábamos familiarizados con el boxeo profesional por los noticiosos “Movietune”. Angelina movió una pierna hacía atrás para darse balance, retorció el torso hacia su derecha al tiempo que recogía el brazo derecho. Después revolvió el torso en dirección opuesta y estiró su brazo derecho, con el puño cerrado de modo que los hombros y el brazo formaron una perfecta línea recta. Doña Manuela se desplomó, no como una bolsa de papas, sino como un flan que un cocinero descuidado desmoldó muy lejos del plato. Fue un cross digno de cualquier profesional. Angelina miró la pelota vestida de negro que yacía en la vereda de la misma manera que uno mira una cucaracha después de haberla pisado, sonrió y siguió camino al almacén. Esta vez nuestras miradas no la siguieron, sino que mirábamos preocupados los esfuerzos de la mamá de Pocho, que había traído una palangana de agua fría y estaba tratando de revivir a Doña Manuela. Por fortuna no hubo problemas. Angelina se mudó unos meses después, pero durante el tiempo que estuvo, “las comadres” no hablaron más de ella. Y yo, cada vez que escucho el tango “Corrientes y Esmeralda” me acuerdo de aquel “cross”. Ø
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