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Míster Sterling se levanta en la mitad de la noche para conectarse con los mercados de Oriente, especialmente los de Tokio, Singapur y Hong Kong. Una mucama, disponible en su mismo horario, le lleva su desayuno al escritorio. Su trabajo consiste en mover inversiones de una compañía a otra o de un país a otro. El administra su propio capital y también el de una corporación de la cual es integrante. Ha amasado una fortuna gracias a su habilidad en anticipar las fluctuaciones económicas leyendo indicios que otros no prestan atención. Su agudeza en leer estadísticas se combina con su intuición para detectar flaquezas humanas. Su cuerpo medio paralizado pareciera mandar toda la energía que no usa a su cerebro y así puede manejarse con tres líneas telefónicas al mismo tiempo, con televisores que transmiten en vivo los movimientos bursátiles, con Internet y con faxes. A veces interrumpe su actividad y en su silla de ruedas da un pequeño paseo por el balcón que conecta su despacho con el dormitorio. Abajo hay un enorme jardín lleno de flores y árboles durmiendo, pero la mente de míster Sterling sigue funcionando implacable-mente con los mágicos números que representan muchísimos dólares, y pronto está de vuelta en su escritorio. Todos los miércoles vienen Tsunetaro, el jardinero, y su ayudante a cortar el césped y cuidar las flores. Llegan a las siete y limpian los yuyos, recortan ramitas, remueven plantas mustias y siembran nuevas. A las ocho encienden las máquinas que usan exactamente cuarenta minutos. Estos tiempos fueron controlados por míster Sterling que inconscientemente está alerta de todo lo que pasa en la mansión aún cuando sus pensamientos se encuentran en lo que pasa en Asia. Los pasos en la escalera, los motores de sus autos cuando el chofer los mueve para lavarlos, las puertas que abre y cierra el mayordomo y por supuesto cualquier ruido de los jardineros u otros trabajadores que hagan mantenimiento, todo queda registrado. Un miércoles que el Nikkei cayó un 6%, míster Sterling estuvo en el balcón más tiempo que de costumbre y notó que era la época en que amanecía más temprano. En esos momentos llegaron los jardineros y recorrieron los canteros observando los cambios ocurridos en la semana. Enseguida se arrodillaron a trabajar con tijeras y palitas en los rosales. Parecían no hablar pero cada tanto Tsunetaro llamaba la atención de su joven ayudante para enseñarle algo. Después de mirarlos con cierta incredulidad el financista volvió a sus números. El ruido de la cortadora a las ocho de la mañana sacó a míster Sterling de quicio. Salió de su despacho a toda la velocidad que el motorcito de su silla daba. Al lado de la amplia escalera de mármol hay un montacargas adaptado para lisiados. Su armazón de hierro negro rompe la calculada decoración palaciega de estatuas, cuadros y gobelinos. Por allí bajó a los gritos. Cuando llegó a la puerta de entrada, la mucama de la noche y el mayordomo ya iban detrás de la silla. Bajó la rampa, dio una peligrosa curva y se atrancó en la tierra blanda. -Paren eso. Paren eso. Tsunetaro apagó el motor y quedó tieso. Los empleados desencajaron la silla arrastrándola al camino de lajas mientras míster Sterling seguía gritando insultos al jardinero japonés. Este se acercó humildemente con las manos atrás y lo mismo hizo el joven ayudante. -Basta, no quiero escuchar más esa máquina. Yo tengo en juego millones de dólares y no puedo ser torturado con estos ruidos. El miércoles siguiente varios bancos japoneses reportaron balances negativos y el yen bajó a 114 por dólar. Pasadas las ocho míster Sterling recuperó la realidad que lo rodeaba y se extraño de no escuchar ningún ruido en el jardín. Se asomó al balcón y vio a Tsunetaro cortando el césped con una guadaña. Sin explicarse por qué se irritó al punto de clavarse las uñas en las insensibles piernas. Descendió al jardín a media máquina. Allí pudo escuchar la hoja de filoso acero cercenando el alfombrado verde. Millones de personas decapitadas cruzaron por su conciencia en una fugaz procesión. Cuando el jardinero lo vio se detuvo y sonrió con arrugas sin edad. Como míster Sterling no reaccionaba, dejó la guadaña y dijo: -Gracias, míster Sterling. Usted tenía razón. Yo empecé a usar estas máquinas ruidosas para ahorrar tiempo pero perdía algo más importante que me transmitió mi padre: el sonido de las plantas, el susurro de las flores, el hablar de las hojas con la brisa, hasta el roce de los insectos. Míster Sterling no le contestó, subió a su despacho y apretó el botón del mayordomo. Cuando éste entró le dijo: -Cuando el jardinero termine le paga todo y lo despide. Consiga otro para la semana que viene. Ø
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