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Lo que fue novedad hace cinco minutos ya es noticia vieja. Lo que puede pasar mañana no lo sabe ni Dios. Aquí el presente nunca existe. Todo es pasado y futuro. El presente es una estación donde el tren bala de los sucesos argentinos nunca se detiene. Lao-tsé, Krishnamurti y tantos maestros y seguidores del “vivir de instante en instante” enloquecerían si estuvieran vivos y residiendo en la Argentina. Acá, el que medita muere aplastado. Quien quiera reflexionar se expone a ser destruido por el tornado de la ansiedad colectiva. Los hechos se suceden a velocidades fantásticas, de ciencia ficción, el género más adecuado para clasificar al país. Y todo el mundo habla y opina, especialistas y dirigentes emiten declaraciones, formulan anuncios, escriben, debaten, polemizan, mienten, juzgan, simulan, venden, sonríen, seducen, los escrachan, huyen, se esconden, manipulan, hacen pactos, alianzas, fundan movimientos, se dividen, se contradicen, se traicionan, se perdonan, desaparecen y reaparecen, van presos y salen en libertad y todo sigue igual y nada cambia y ellos se defienden o se atacan según los intereses del momento. Todo sucede a una velocidad de cohete espacial para llegar a ningún lado o terminar en el tacho de residuos gigantesco de la nada. En Argentina, el tiempo no existe. Corre tan rápido que parece que estuviera quieto. Muerto. Sin embargo, si se acerca el oído al corazón del país, que es la gente con corazón y conciencia, da la impresión de que está latiendo. N. de la R.: Este párrafo llegó a Los Angeles pero no estaba originalmente destinado a EL SUPLEMENTO. Agradecemos al señor Talesnik por autorizar su publicación. Ø
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