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VIAJES ASTRALES Estuve hace poco en un país llamado Argentina por un alucinado que vió un ancho estuario del color de ese metal pasado de moda. Mi otro yo nació allá, por eso hice varios viajes relámpagos en los últimos meses. El motivo principal: la nostalgia, mi otro yo cree que se pueden rememorar algunos momentos, (los buenos), vividos en mi ciudad con mis seres más queridos. Varios ya no están, algunos fueron arrancados sádicamente de esta vida. Las calles ya no tienen aquella inocencia, ni la gente las mismas sonrisas. La comida que tanto saboreaba, así fueran grasas o frituras, ahora me cae pesada. Mis amigos ya no tienen el humor ni la energía de antes aunque nos queda una fuerte amistad, difícil de medir, cimentada, aislada, galvanizada por la corrupción moral que nos rodea. Y cuando hablo de moral no me refiero a la hipocresía parroquial que sólo condena las minifaldas o el sexo libre entre los jóvenes, me refiero a la ley de la jungla que ha hecho perder nuestra condición humana para volvernos una cruel especie de animales en busca del confort individual. El segundo motivo fue la vuelta del país ganadero por excelencia. Mi familia que nunca tuvo campo ahora tiene “corralitos”. Varios de ellos jubilados, recibieron la última bofetada, ellos, que trataron de llevar una vida honesta y digna. Por estar allí, por acompañarlos, es que voy a la Argentina con mi otro yo o con los dos, en avión o cuando me meto en la cama para tratar de dormir. En uno de mis viajes me encontré caminando en una las kilométricas villas miseria que rodean Buenos Aires, era de noche y había llovido. El barro trepaba por mis pantorrillas y sentía mojado hasta el calzoncillo. Por supuesto en la oscuridad casi total, no había luna ni estrellas, es muy difícil pisar donde corresponde, y las tenues claridades que se filtraban de las casuchas fabricadas con desechos no alcanzaba. Escuchaba un murmullo uniforme de voces televisivas, llantos de niños, peleas, quizás suspiros de amor, perros y motores generadores. Estaba perdido. Era lo mismo caminar en cualquier dirección. A veces percibía movimientos en las sombras o chapoteo de pasos y me dio mucho miedo. De pronto tuve una epifanía, se me apareció una figura luminosa de mujer. -¿Quién sos?- le pregunté. -Soy la Virgen la de Villa 111. -(Sí, claro, pensé) Mirá, estoy perdido, quiero salir de aquí. -Por eso vine, lo que tenés que hacer es caminar sin pensar. Yo voy a cuidarte para que nada te pase. -Muchas gracias. Ya que estás, ¿no me podés dar algo para que mis amigos me crean cuando les cuente? -Yo no doy nada. Si no tienen fe que se jodan. Y desapareció. Caminé hasta sentirme barroso. Y llegué a una ruta. Y tuve otros viajes. En definitiva me siento como Mahoma: “Si no voy a la Argentina, la Argentina viene a mí”. Ø
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