Hablar de Corea-Japón 2002 es hablar de fútbol y algo más. Pero ese algo más puede ser la fiesta inaugural, los simpatizantes que hacen turismo en los países organizadores del torneo, el marketing montado alrededor de unos pocos jugadores afamados o la forma con que opera una Multinacional que hace de un deporte-industria el negocio más redondo que pueda imaginarse. Este último aspecto es el que hace del periodismo deportivo una actividad honesta o una continuidad complaciente de las agencias de publicidad que explotan y operan en virtud de intereses particulares.
La re-elección presidencial de Joseph Blatter en la FIFA, el incumplimiento de las reglas en la insignificante “sanción”(más bien indulto) a Rivaldo en el debut de Brasil frente a Turquía o la falta de progreso real en la actualización de las reglas de juego del fútbol son temas que bien pueden explicar por qué corrupción o administración fraudulenta gozan de buena salud, tanto en Argentina como en Suiza, frente a los ojos de renombradas instituciones de todo el planeta. Todo el mundo mira la FIFA y, al mismo tiempo, nadie ve la FIFA.
Los gastos de Japón para esta edición de la copa triplican los números de Francia en 1998. Junto a Corea construyeron veinte nuevos estadios. Muchos de estos nuevos colosos arquitectónicos van a depender de la venta de entradas a los encuentros de fútbol para pagar sus millonarios costos de mantenimiento. Se ha dicho a través de la prensa que el mundial le agrega poco y nada a la productividad y resta dinero a otras obras de infraestructura. Pero FIFA no se preocupa por aspectos externos al negocio del fútbol. Las autoridades de los países anfitriones son las responsables de la gigantesca inversión y en medio del carnaval mundialista nadie parece advertir los contratiempos financieros que parecen llegar.
En cuanto al nivel de juego, ya entrados los cuartos de final ningún periodista lograba convenir con sus colegas próximos que equipo brillaba en canchas japonesas y coreanas. Mucho menos, quien era la figura del mundial. No se trata de aducir falta de talento entre los grandes jugadores que animan las ligas más renombradas del planeta. Más bien, debiera buscarse respuestas en lo ajustado de los calendarios y la falta de actualización del reglamento. Los organizadores de ALEMANIA 2006 ya se están ocupando de ampliar el tiempo entre la finalización de las ligas locales y el puntapié inicial de la Copa del mundo en tierra germana. Es que en el estado actual, la posibilidad de ver un espectáculo agradable, con los mejores en condiciones físicas óptimas es casi impensable. También puede que se reduzca el número de jugadores de campo (en vez de diez y el arquero, nueve y el arquero), a fin de dotar de mayores espacios a los equipos.
Finaliza el Mundial. Por los estadios, ahora en silencio, pasaron desde presidentes (siempre en campaña) hasta los nuevos desempleados globalizados (¡esos que aún no saben que ya lo son!). Como la canción que canta Serrat, vuelve el rico a su riqueza, vuelve el pobre a su pobreza y el señor cura a sus misas. Habrá que esperar otros cuatro años para ver por televisión tanta injusticia perfecta, que sólo la maravilla de un juego como el fútbol logra opacar. Ø