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LA PIEZA DEL POLACO Imprimir E-Mail
Escrito por Alberto Barroso   
domingo, 01 de septiembre de 2002

El capitán Peralta, alias el Perro, se había despertado a las cuatro de la mañana, si eso fue dormir. Tenía un departamento en el centro, en donde dormía solo o con mujeres de una noche cuando estaba de servicio. A su familia la veía en su casa quinta. Como siempre, no tenía nada para desayunar y fue al cuartel a reunirse con el “grupo de tareas”. Eran todos del arma, menos un sargento de la Federal que se había destacado por su efectividad y venía como invitado. Hacía frío y un poco de acción caería bien. Con su asistente revisaron las carpetas en las que se concentraban últimamente, recorrieron el organigrama con los nombres claves que pensaban que aún estaban en el país. Luego trazaron el recorrido que harían esa madrugada. En eso estaban cuando llegó un grupo que había trabajado de noche. Traían tres individuos, dos del sexo masculino y uno del femenino, ya en muy mal estado. El Perro intercambió información con el jefe de los nocturnos y demoró la salida para interrogar a uno de los hombres que podría hablar. Lo trabajó casi media hora mientras tomaba unos mates más, se cansó y decidió no perder más tiempo. Salió con veinte hombres en tres Falcon y un camión.
La ciudad dormía, o lo simulaba, no había nadie por las calles. El día se anunciaba en el aire fresco, pero el cielo seguía oscuro. Se cruzaron con dos colectivos vacíos y un verdulero a quien pararon y le revisaron los cajones. Todo bien rápido porque tenían varias direcciones para visitar. Pararon frente a un edificio hollinado de tres pisos. El capitán mandó tres hombres a cada esquina de la manzana y entró con el resto por un pasillo que enseguida se hacía escalera. En el segundo buscó el 6, faltaban todos los números pero con la linterna encontró la marca sin pintura. Sólo silencio y olor rancio. Pero ya habían hecho demasiado ruido en los escalones de madera y el Federal, de un hombrazo, abrió la puerta que los años y la humedad habían debilitado. El Perro entró primero, con la reglamentaria hacia adelante. Lo sorprendió encontrarse en una pieza casi vacía con una bombita que apenas daba para la penumbra. En el medio había un hombre sentado en una silla y, por instinto, le apuntó al pecho. Era un individuo gastado, en un grueso traje negro, de piernas blancas y con los pies metidos en una palangana con líquido azul. El Perro había demorado mucho en hablar y prefirió zafar haciéndole una seña a su asistente. Este le mostró una foto y le preguntó a los gritos por un nombre. El hombre respondió tembloroso en un idioma foráneo.
-Es polaco- dijo el asistente.
-¿Cómo sabés?
-Porque en mi barrio vivía uno. Son todos parecidos.
El Perro enfundó la pistola. Cuatro apuntando al infeliz era suficiente. Empezó inspeccionando un ropero de pie, destartalado, con una sola de sus dos puertas, con cinco perchas, tres en uso. No había cama. En un rincón, un pila de diarios de más de un metro se amarilleaba hacia la base, que era marrón-suciedad como las tablas del piso. En una mesita había un calentador eléctrico, un paquete de yerba, uno de azúcar, un mate y un frasco con pedacitos de galletas. Debajo de la mesa, tres libros viejos. Uno parecía de matemáticas, los otros, plena escritura, posiblemente en polaco. De la pared colgaba un reloj de bolsillo con una cadenita que parecía de plata, lo descolgó y se lo guardó. La ventana estaba cerrada pero no tenía traba y alguien podía haberla cerrado desde afuera. Daba a un techo de chapas; más techos, luego cables y árboles. Comenzaba a aclarar.
Desde su posición, el capitán giró su cuerpo y le dio un cachetazo de revés al polaco, quien cayó de espaldas siempre pegado a su silla. Ahí se quedó, desmayado o fingiendo. El Perro le arrebató el FAL a un soldado y se lo puso perpendicular sobre la frente. El polaco no se movió; entonces lo pateó en las costillas y el hombre vomitó una sustancia blancuzca.
-¿Lo llevamos?- preguntó el asistente.
Todo podía ser sospechoso o, simplemente, miseria.
-Naaa... Empezamos mal el día- dijo el Perro y pateó la palangana para su propia desgracia. Ø

 
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