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LA POETISA DEL PUEBLO Imprimir E-Mail
Escrito por Alberto Barroso   
martes, 01 de octubre de 2002

Los inviernos de Miramar parecían hacerse más largos con el paso de los años, al menos con nuestros años, los del Negro, Adolfo, el Galleta, Saverio y los míos. Después de cada verano nos quedaba la nostalgia de venturas de temporada y la certeza aprendida de que nunca se repetían. Veíamos las tardes gastarse en el oscuro mar encrespado y los días irse con el viento del Sudeste. En el Coruña pasábamos muchas horas en las mesas que daban a la calle o en los billares del fondo. Los que estudiaban, trabajaban o no hacían nada, tenían los mismos horarios. En otras mesas, otras barras: adultos, casados, con oficios, profesiones o comercios, o jubilados en su invierno final, o jugadores indefinidos de cartas. Nosotros, sobre todo con el Negro y el Galleta, éramos los que a menudo cerrábamos el bar. Medio dormidos y aburridos, tomábamos el último café casi de madrugada después de haber estirado inútilmente otra noche más.
Ella aparecía siempre tarde, pedía un té que no tomaba y escribía en un cuaderno. No se vestía mal y su ropa era nueva y variada. Tampoco era fea. Era extraña. Nunca miraba de frente, sus ojos buscaban estrellas fugaces aun en el cielorraso del Coruña, y sonreía; sonreía como los ciegos, fuera de tiempo.
Algunas veces la invitábamos a la mesa para tomarle el pelo, a veces se invitaba ella. Hablaba de poesía y trataba de contestar muy rebuscadamente las preguntas tramposas que le hacían los muchachos entre risas disimuladas. Sin embargo nunca quiso leer ni recitar sus poemas en nuestra mesa. No me causaba gracia divertirme con esa criatura de lucidez oblicua, pero a los otros les cortaba la monotonía de las horas. Y era el Negro el más feroz en sus cargadas.
Sara vivía en una casona rodeada por murallas, conocíamos a su hermano, un flaquito escurridizo y huraño que salía muy poco; su padre era un gran abogado en la capital y su madre un misterio. Ella era la figura solitaria que surcaba la arena en la playa desierta, que se paraba en la punta de la escollera con riesgo de ser arrastrada por una ola o que en los días de neblina se disolvía en la costa. Me tocó a mí, sin querer, en una pensativa caminata, descubrir al Negro siguiéndola para después de hablar un rato llevársela del brazo. Me guardé el dato por varios días, mas una noche en que el Negro estuvo particularmente agresivo contra ella le largué lo que había visto, delante de los otros. Para mi sorpresa, lo tomó a risa, o quizá ya se había preparado sabiendo que en un pueblo chico no hay lugar para secretos grandes. Contó cómo la llevaba al corralón de su tío para usarla sexualmente mientras ella le recitaba sus poesías, y que no era el único, por lo menos dos trabajadores y el sereno de ese galpón hacían lo mismo.
Tuvimos otro verano en el cual nos desparramamos como de costumbre y al reorganizarse la barra a mediados de marzo circuló la noticia de que el Negro y la poetisa se habían ido a la capital y allá se habían casado. Ninguno de los dos volvió a Miramar. Luego llegaron noticias de que el Negro tenía otra mujer y de que la poetisa se había suicidado. Ø

 
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