Imaginen Buenos Aires en la década del 20. La inmigración de 1914 había terminado de completar el cuadro de Crisol de Razas. Elegante y sofisticada, la ciudad miraba a París como cuna de la moda y el conocimiento, las ideas libertarias y el glamour. Las chicas dejan atrás el pelo recogido y largo y se lo cortan a la Garçon; el Charleston desplaza definitivamente al Vals, aman a Rodolfo Valentino y desean ser Greta Garbo. Se animan a conducir entre los 6.800 autos que circulan por la Capital, casi siempre los Ford, pero las bonaerenses aún lo tienen prohibido. Hasta ese momento las mujeres eran consideradas como menores adultos, sujetas -primero- a la autoridad paterna, y luego a la del cónyuge que era quien fijaba el domicilio, administraba sus bienes y ejercía la patria potestad. Por entonces estas mujeres sabían del lema Gobernar es poblar; ergo, decidieron casarse más tarde. En los años locos comenzaron a casarse entre los 20 y los 25 años; también parieron menos hijos. En 1895 el promedio por mujer era de 5 hijos, para 1936 no se tenían más de dos. En 1920 surge un término técnico para este fenómeno llamado denatalidad. En una revista de 1930 se puede leer este título ¿Sabés qué es una madre? Una cosa que el niño ama. Las mujeres se fueron avivando. El modelo de mujer virginal, higiénica, nodriza y amorosa, tuvo un enemigo: el trabajo. Producto de la guerra, las mujeres salieron a cubrir los puestos de trabajo. Al principio sólo se les daba lugar a las viudas, huérfanas o abandonadas. Era el imperio del trabajo no calificado, domésticas, textiles en la confección de ropas, de sombreros o como aparadoras de calzado. Siempre con más de 14 horas por día. En la Capital Federal había unas 200.000 trabajadoras en estas condiciones. Pero lentamente entre 1907 y 1920 comienzas las primeras normas laborales para ellas, prohibiendo a las mujeres trabajar dentro de las industrias peligrosas o jornadas de más de 8 horas. En 1924 llega la ley -aún en vigencia- que prohíbe el despido de las mujeres embarazadas, el laburo nocturno en los espectáculos -este aspecto -a las grelas- les produjo sólo una sonrisita seductora- y el trabajo a domicilio. En los años locos se veía a la mujer trabajadora como una amenaza al salario obrero. Por ende, la docencia y la enfermería fue lo que ellas eligieron para posicionarse en el mercado. Ya para 1920 el 9 % de los estudiantes universitarios eran mujeres, de percal o de batón. ¡Abran cancha que pasamos! Ø